La puta austeridad y los tres monos

Para explicar la política económica del Gobierno no hace falta recurrir a complejas terminologías que parecen engendradas por alguien que pretendía que se le entendiera menos que a Sergio Ramos hablando en inglés. De hecho, basta con ver una película de Tim Burton. Guiado por las órdenes de Angela Merkel -el hombretón en el que Rajoy siempre se quiso convertir cuando se hiciese mayor-, el Ejecutivo se ha propuesto recortar todo lo que toque. Todo, salvo los impuestos, que por lo visto eran demasiado bajos y nos estábamos malacostumbrando.

Según dicen, la austeridad es el único camino para que la economía se recupere porque hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. No los políticos que dedicaban el dinero público a construir infraestructuras tan necesarias como un aeropuerto en Albacete o una línea de AVE a Huesca, ni las cajas de ahorros que organizaban cada año viajes a otros continentes para fomentar las buenas relaciones entre los miembros de la comisión de control, no. Los que derrocharon inmoralmente y ahora deben pagar las consecuencias de sus fastuosos pecados son los jóvenes que osaron emanciparse antes de los 40 y las familias que se hipotecaron hasta el fin de los días para comprarse una casa de verano en Marina D’or. Ellos son los culpables. Por eso,  mientras la lacrimógena vicepresidenta recurre a eso del “esfuerzo solidario para salir de la crisis” como justificante de la dureza de los recortes, los directivos de las cajas hundidas se llevan indemnizaciones millonarias y los sacrificados diputados reciben tabletas, smartphones, 3.000 euros en taxis y jugosas nóminas en reconocimiento a su gran labor. Pero ese es un tema del que hablaremos otro día.

Lo peor de esta dieta de los recortes es que, en el año y pico que llevamos de mandato de Mariano Manostijeras, ha resultado tan efectiva como los controles antidopaje del Tour de Francia. Se exprime a la ciudadanía pero el país sigue hundido (el año pasado el PIB cayó en torno a un 1,5%) y la tasa de desempleo (superior al 25%) es la más alta de Europa. Ni siquiera el déficit fiscal (la diferencia entre lo que el Estado gasta e ingresa), máxima prioridad del Ejecutivo popular, mejora lo suficiente. Bruselas impuso un techo del 6,3% del PIB para 2012 y, aunque aún no se conoce la cifra exacta, el desfase rondará el 7%. No es necesario tener el cociente intelectual de Punset para darse cuenta de que algo se está haciendo mal.

El pasado jueves, la ONU publicó sus Perspectivas de la situación económica mundial en 2013, en las que afirma que “la crisis de deuda en la zona euro y los programas de austeridad fiscal siguen siendo las fuerzas dominantes que deprimen el crecimiento en la región”. Según el dossier, las políticas de recortes en países como España o Grecia, unidas a las dificultades de financiación (el alto precio que el Estado paga en los mercados para obtener dinero líquido) han favorecido “la recesión que han llevado al desastre a los mercados laborales”. Es decir, que las medidas implantadas para reducir el paro y generar crecimiento son precisamente las que incrementan el paro e impiden el crecimiento. Así las cosas, no es de extrañar que nuestro ministro de Economía se haya granjeado un enorme prestigio internacional.

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Portada de la revista ‘The Economist’

No se trata, ni mucho menos, de la primera crítica que recibe la política de la austeridad. La novedad radica en que, después de ver nuestro desastre nacional, hasta sus propios paladines  comienzan a admitir que la cagaron. Olivier Blanchard, economista jefe del FMI -la institución que predica el calvinismo económico mientras se gasta 500.000 dólares en una cena de navidad donde no falta ni el caviar-, publicó un informe a comienzos del año que exponía “el incremento en el desempleo y la caída en el consumo privado y la inversión asociados a la consolidación fiscal”. La propia directora del organismo, Christine Lagarde, esa mujer que en su juventud, allá por el Pleistoceno, se quedó encerrada varios días en una cámara de rayos UVA convirtiéndose en una pasa andante de por vida, ha dicho en varias ocasiones que España debería moderar el ajuste por sus efectos negativos.

Ante las evidencias del fracaso, nuestro ilustre Gobierno, en un alarde de una sabiduría y una  profesionalidad sólo equiparables a las del Ejecutivo anterior, ha tomado la determinación de ‘los tres monos sabios’ (no ver, no oír, no hablar). La postura oficial culpa a la coyuntura europea de la mala situación y asegura que la recuperación comenzará en la segunda mitad del año. Ciertos ministros particularmente espabilados, dotados de una clarividencia que ya quisieran los adivinos televisivos, ya detectaban “señales esperanzadoras” desde el año pasado, como Fátima Báñez (Empleo y Seguridad Social). Pues bien, la mayoría de los organismos internacionales pronostican que, mientras la Eurozona tendrá un crecimiento plano en 2013, la economía española caerá este año lo mismo que el anterior. Algunas entidades como Analistas Financieros Internacionales o Intermoney agravan dicha contracción hasta el 2%. Además, el Instituto de Economía Mundial alerta en un informe publicado hace dos semanas de que el paro puede llegar al 28% y se espera que el endeudamiento público siga subiendo y se acerque a un peligroso 100% del PIB. Vamos, que no hace falta decir de qué planta son los ‘brotes verdes’ que se ven en Moncloa. Disculpad la indiscreción.

Daniel Vega

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