El lance de Armstrong

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Diego Alonso
El otro día me quedé viendo la entrevista a Lance Armstrong. Reconozco que yo soy uno de esos jóvenes, en ocasiones incomprendidos, que se ventila las etapas del tour desde el sofá. Es herencia paterna. A él le flipa y yo, pues eso, a base de tragarme etapas le cogí el gusto. En esta ocasión estaba frente a la tele y sentía una sensación inversamente parecida (si es que eso existe). Era ese tipo al que admiraba. Tenía el mismo rostro, pero su cara era otra.
Hay cosas que uno se imagina pero hasta que no se le presentan pruebas de ello prefiere no creerlas. Algunos hechos calan tanto que incluso sin saber la verdad  los defendería. Las leyendas molan, nadie lo niega. Hay diferentes gustos, pero las bonitas y épicas nos agradan a todos. Eso sí, cuando se vienen abajo nos dejan con un vacío sustancial.
Mientras veía el programa recordaba  como si fuera ayer la fascinación que me producía Armstrong durante su etapa gloriosa. Inconscientemente esperaba expectante a ver si de un momento a otro se levantaba de la silla y lanzaba un ataque al que Oprah Winfrey (la cual, por cierto, estuvo magnífica) no pudiese responder y le terminase por sacar 3 minutos y medio en meta. La verdad que de aquella cuando se drogaba el tipo ese era la ostia. Era un ejemplo de superación. Un tipo invencible. Él mismo lo reconocía durante la entrevista. Gracias a los intereses que suscitaba su figura alrededor suyo, tenía el toro cogido por los cuernos Afirmaba ser el un líder que lo controlaba todo. El mundo era suyo. ¡Volaba!.
Lo cierto es que la leyenda era un fraude. Un héroe de hojalata bañado en un maillot de oro. Un producto de la ciencia desarrollado a golpe de talonario, EPO, transfusiones sanguíneas, cortisona y testosterona. Vamos, que iba drogopropulsado a más no poder.  Y la ambición por alcanzar la gloria con su correspondiente parte de poder no era solo suya, sino que llevaba delante organización, a su lado a un ejército de ingenieros biológicos y detrás un séquito de rémoras. Todos dispuestos a chupar de su bote de ciclista. Un autentico ejemplo de cómo el éxito lo justifica todo. Pero resultó que tan solo era un perfecto castillo de naipes, que al perder los pilares en los que se apoyaba terminó por derrumbarse. Y así fue.
El tramposo que se arrepiente de lo que ha hecho una vez que ya no puede esconder su farsa es, a mi juicio, más tramposo aún. Alguien al que no le queda otra que mear toda la culpa y dejarse patear el culo hasta tal punto que al final la gente se compadecerá de él. Y eso hizo la entrevistadora por mí y por todos mis compañeros. Con mucha suavidad, pero con mucha intención.
Al ver su actuación en la pantalla intuí que el fundamento de su actitud derivaba de un estudiado proceso de volver a ganarse el cariño de la gente a través de su aflicción. Es una suposición, pero viendo los antecedentes prefiero pensar mal. Su vida de ídolo de masas se ha convertido en un infierno, no lo niego, pero mientras estuvo arriba debía tener presente que vivía una farsa y nos hizo a todos participar de ella. Y vivía muy bien gracias a ella. Por eso que el titular que dejó entre lágrimas del pobre hijito que no puede defender ya a su papá estuvo a punto de hacerme vomitar. Su hijo ha recibido la mayor lección de su vida, y ojalá aprenda de ella que las trampas no se deben hacer, porque al final siempre sales perdiendo, aunque ganes gracias a ellas. La excusa de que “todos lo hacían” no es para engañarnos a nosotros, sino para engañarse a sí mismo.
La fundación Livestrong es la gota que colma el vaso. Marketing y cortina de humo en una misma pulsera que casi todos llegamos a ponernos alguna vez . La ilusión que muchos sintieron en su día reaparece hoy también, pero con un significado distinto. El del espejismo de un superhombre que finalmente resulto ser de carne, hueso y mentiras
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