Primavera caduca

La mecha se prendió en Túnez, las bombas aún se escuchan en Siria. En estos días se cumplen dos años de aquella revolución que se llamó “La primavera árabe” y que se terminó pareciendo más a un otoño olvidado. Es cierto que las protestas alcanzaron a derrumbar a algunos de los más fuertes, y alzaron la voz de un mundo árabe que clamaba unánime por la democracia. Consiguieron también que en occidente se mirara a los árabes desde un prisma muy distinto al que hasta el momento habían querido mostrar los medios de comunicación, empeñados en expandir la imagen del árabe con turbante y metralleta. Por primera vez, se vio a esta sociedad como a un pueblo sin libertad que luchaba unido por tenerla, y no como a un montón de mercenarios vinculados con Al- Qaeda. En unos meses, la sociedad islámica conseguía contradecir a aquellos que aseguraban que el mundo árabe, por su fuerte vínculo con la religión, estaba condenado a permanecer eternamente bajo el mando de regímenes autoritarios.

El efecto domino de la primavera. LATUFF.

El efecto domino de la primavera. LATUFF.

A estas alturas del solsticio islámico, la historia de Túnez parece que fue como coser y cantar. Es sin duda el país en el que la transición se ha hecho menos traumática, aunque murieron más de 200 personas durante las protestas, en las que a grito de “Fuera Ben Alí” se consiguió derrocar al dictador que gobernaba desde 1987. Unas semanas después de Túnez, Egipto, Libia, Yemen y Siria se unían al levantamiento que azotaría al mundo árabe. El efecto dominó con el que se desarrollaron las revueltas terminó levantando a 19 países en total, de los que en tan sólo cuatro ha caído el gobierno. Actualmente, el país de Mohamed Bouazizi, el famoso vendedor ambulante mártir de la primavera, se encuentra envuelto en la misma dinámica de todos los países árabes en los que los partidos islamistas han ganado en las primeras elecciones democráticas celebradas en años.

En Libia sufrieron ocho meses de guerra sangrienta. La revuelta, militarizada desde su inicio, se saldó más de 30.000 vidas y en octubre terminaba con el régimen, y la vida, de Muamar el Gadafi, al mando desde 1969. A pesar de la existencia de un gobierno provisional, las milicias creadas en la guerra se han hecho con el control de los pueblos y ciudades libias. Según fuentes oficiales, son entre 100 y 300 grupos que cuentan con más de 120.000 hombres armados. Está claro que esta primavera fue en invierno.

Siria parece haber tomado el mismo camino, donde la guerra civil ha alcanzado en estos dos años mas de 60.000 muertos. Bashar Al-Assad, que ha continuado con la política dictatorial que aplicara su padre, ignora las presiones de la Liga Árabe, la ONU y la comunidad internacional que le instan a abandonar la presidencia. Está refugiado en Damasco mientras Siria sangra. Y el tío tan tranquilo. Quizá cuando se canse de sentirse poco a poco abandonado por los que él siempre creyó que le eran fieles, se largue, como todos, a algún paraíso tipo Marina d’Or para dictadores.

Egipto

Sí, es ese, el país de las pirámides que sale en las postales. Desde el 25 de enero del 2011, conocido como Día de la Ira, Egipto se convirtió en el principal protagonista de las revueltas. 15.000 personas se congregaban en la Plaza Tahrir, el epicentro de la primavera, y con el paso de las horas las manifestaciones se hicieron cada vez más multitudinarias. El día 28 la fuerza de las protestas alcazaba a través de las redes sociales a cientos de miles de jóvenes que de forma espontánea salieron a las calles del país. Fue el llamado Viernes de la Ira, que en El Cairo termino con 16 muertos. Tan solo unos días más tarde, el 1 de febrero, la marcha sobre El Cairo era de un millón de personas. ¡Abajo Mubarak!, gritaban, el 11 de febrero Mubarak caía. Tahrir, lleno de júbilo, se despedía de 30 años bajo el mando de un dictador que creyó ser un faraón.

tahrir

Tahrir, El Cairo, Egipto. Andre Pain / EPA.

Pero no todo iba a ser pasión revolucionaria y  jeroglíficos de Cleopatra. Egipto es la potencia principal del mundo árabe y su influencia sobre el resto de los países de Oriente Medio ha sido siempre una de sus armas más fuertes. Su posición geográfica, su gran población y su política económica e internacional la han convertido en una mediadora histórica no sólo dentro del mundo árabe sino también entre éste y occidente. Ahora, es una nación perdida en una encrucijada sin sentido que se arrastra desde que la revolución terminara.

En mayo del pasado 2012, quince meses después de que el ‘rais’ se rindiera, se celebraba la primera vuelta de las primeras elecciones democráticas en la historia de Egipto. Los colegios electorales eran una fiesta, las papeletas eran la evidencia de que la primavera había dado sus frutos, pero después de las primarias la revolución no había servido para nada. De los cuatro partidos resultantes de las elecciones parlamentarias, dos laicos y dos islamistas, tras la primera vuelta sólo quedaron los dos islamistas. Los comicios pasaban a convertirse en la peor pesadilla de los egipcios, que se debatían entre un islamista, Mohamed Morsi, candidato de los Hermanos Musulmanes, y un viejo hombre del régimen, Ahmed Shafik, el último primer ministro de Hosni Mubarak.

El mes que separó la primera vuelta electoral de la segunda fue especialmente convulso. La Junta Militar levantaba el 31 de mayo el estado de emergencia vigente desde 1981, que permitía al gobierno de Mubarak detener a cualquier individuo sin necesidad de presentar cargos ante la justicia. Fue una de las armas para la perpetuación del régimen, eliminando toda posibilidad de llevar a cabo la oposición. Dos días después se publicaba la sentencia del juicio contra Mubarak, que era condenado a cadena perpetua por ordenar los disparos que alcanzaran a las 800 personas que murieron durante las revueltas. Tahrir clamaba de rabia. Miles de personas volvían a su plaza con un espíritu revolucionario renovado y reclamaban un juicio más duro contra el caudillo, la creación de un consejo presidencial que sustituyera a la Junta Militar y la suspensión de unas elecciones presumiblemente ilegítimas. Con el paso de los días, el numero de manifestantes y demandas insatisfechas aumentaban. Mientras, Mubarak agonizaba en el hospital de la cárcel en la que estaba con una paro cardiaco. Su estado de salud sigue suscitando especulaciones.

La que hasta entonces había sido una transición inestable se convertía a dos días de las elecciones en un auténtico caos. A las protestas se sumaba que el Ejército declaró inconstitucional la ley electoral, asumieron el poder legislativo y disolvieron el Parlamento. Invalidaron también la ley aprobada apenas un mes antes, que impidió que la candidatura de Omar Suleiman, último vicepresidente del régimen, siguiera adelante. Con la anulación de la ley, le daban a Ahmed Shafik luz verde para convertirse, si ganaba, en presidente.

El jaque mate en esta partida de ajedrez entre el turbio pasado y el desconcertante futuro la ganó Mohamed Morsi. El líder islamista a la cabeza de los Hermanos Musulmanes hizo uso del poder concentrado en sus manos en menos de una semana, lanzando la mayor operación militar en décadas sobre el Sinaí. 100 días después de ponerse al mando, le regalaba a los egipcios una amnistía para todos los detenidos desde los comienzos de la revolución hasta el momento de su investidura. Pero la sociedad egipcia quiere sentirse libre.

Hace un año un partido de fútbol de la liga egipcia terminaba convirtiéndose en una batalla campal entre los aficionados del equipo local de Port Said, Al Masry, y los hinchas del rival Al Ahly, un equipo de El Cairo. 74 personas muertas, y otras 248 que resultaron  heridas. Hace unos días, 21 de los detenidos eran condenados a muerte, y las revueltas ocasionadas a raíz de la sentencia han dejado otros 30.

Los disturbios han prendido de nuevo la mecha revolucionaria en Port Said, ciudad situada en el noreste de Egipto en la que se ha levantado el estado de emergencia junto con Ismailia y Suez. Las revueltas coinciden con el segundo aniversario de la revolución árabe y la oposición se ha revelado contra Morsi y miles de personas se han echado a la calle. Luchan por la creación de una Asamblea Constituyente plural y representativa, luchan, de nuevo, por la democracia que creyeron ganar en su más famosa revolución.

El gigante árabe se marchita. El Estado está al borde de la quiebra financiera, la política es inestable, y la Constitución recién aprobada le otorga a Morsi numerosos poderes. La tendencia autoritaria del islamista levanta sospechas y la violencia en las calles se hace insostenible. Son las demandas insatisfechas de la primavera.

Laura Amate  Seguir a @andromedades

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