Por qué son buenos

Ana Pérez Martín

EDITO el 18 de febrero de 2013: La excelente y enteradísima redactora de Indiscretos, Andrea E.F.M. me han recordado el nombre de este grupo que yo escribí y guardé en su día y que había perdido tristemente en una mudanza. SWINGDIGENTES. Y los podéis seguir en facebook y en youtube

(Recomiendo la reproducción del vídeo para amenizar la lectura)

Próximo tren llegará en 03 min. Tres minutazos, joder. Llevo prisa, debe ser que llego tarde a algún lugar importante como parece pasarles a todos los habitantes de esta ciudad.

Los escucho desde que superé el puesto de bufandas y monederos de estética cuestionable y empecé a bajar las escaleras que me han traído al andén de la línea 1, dirección: Pacífico. “Qué rabia” – le digo a mi hermana, que ha venido de visita y se muestra muy relajada, aún no se le ha acompasado el palpitar al ritmo del metro madrileño- “me encantaría poder quedarme a escucharlos”. Dos minutos y cincuenta segundos, calculo. Mi pie ya se ha independizado del estrés y se mueve libre. Hay gente sentada. A mi hermana se le empieza a escapar un atisbo de baile. Es como si sintiera de repente que respiro y lo demás es silencio aquí dentro. Dos minutos. ¿Uno? Mis manos tranquilas: pedían cámara desde hacía tiempo. Mi mirada se ha convertido en cálida, como si algo que llevara tiempo queriendo salir hubiera encontrado por fin la forma de hacerlo. Paseo con sus dedos el mástil creyéndome parte de esa intimidad que comparten. Un metro que llega, gente que pasa, un metro que se va. Los pies, las baquetas, la respiración que se convierte en notas. ¿Dónde…? Cada vez somos más los atrapados. Me giro: le sonrío, ese sentimiento común de tener la suerte de compartir este momento. Movemos la cabeza al compás para asegurarnos de que pensamos lo mismo y vuelvo. Como si cada vez entrara más aire en mis pulmones, algo crece dentro pero no molesta (no como esa angustia también expansiva que parece a veces querer ahogarme). Envuelta en una película de… ¿bienestar? Un golpe, otro golpe, redoble y notas de final. Aplauso: aplaudo. Fin: Regreso. Próximo tren pasará en 03 min. Tres minutos. Pues bien.

****

Sencillez, transcendencia, “que me conecte conmigo misma”, cercanía, hecha desde el corazón, sugerente, permite la abstracción: la puedes hacer tuya. El lunes Roger Roca, crítico musical, nos preguntó a nosotros, estudiantes de máster de periodismo cultural y potenciales colegas de profesión, por qué nos gustaban una serie de canciones que habíamos elegido: intentábamos definir qué hace que la música sea buena o mala. Esas fueron algunas de las razones. Hablábamos de música de masas (pop, rock, jazz, funk, heavy, disco, folk…), es decir, de toda aquella que no es (¿era?) considerada alta cultura (música clásica para simplificar). “Le estáis aplicando criterios que antes sólo servían para la alta cultura” decía Roca, haciéndonos ver que la música popular también es arte. Creo que a estas alturas ya se ha visto por dónde voy: ¿no son estos los criterios que he aplicado en el párrafo anterior al grupo de músicos de la estación madrileña de Sol?

Lo que nosotros esbozamos en abstracto lo dice de forma mucho más profesional Simon Frith, sociomusicólogo y crítico musical inglés, en su artículo “Hacia una estética de la música popular”. Él enumera cuatro funciones de la música que hacen que nos guste lo que escuchamos. Las repaso y repaso mi texto. Primera: identidad colectiva. Y recuerdo ese momento en que me giré a encontrar la mirada de mi hermana para saber que formábamos parte de la misma experiencia, y en cuando miré a mi alrededor para comprobar que éramos un grupo de, hoy voy a llamarlo, “fans del arte profano”, personas a las que nos interesa lo que pasa (musicalmente) más allá de la radio y los conciertos de las salas. Frith dice: segunda función: administrar la relación entre nuestra vida emocional pública y privada. Él habla de las canciones de amor y de cómo los artistas ponen palabras a lo que sentíamos y no sabíamos expresar. A mí me recuerda también a la sensación de descarga emocional que al menos yo experimento al escuchar música que “me llega”, al escuchar a estos chicos de Sol. La tercera función es dar forma a la memoria colectiva, organizar nuestro sentido del tiempo. Esta es mi preferida: la capacidad que tiene una canción de hacernos olvidar que vivimos sometidos a un tic-tac. La música consigue “intensificar nuestra experiencia del presente”, plantarnos los pies en el suelo, nos grita que hay un ahora que quizá nos estemos perdiendo por mirar el reloj. Terminan las funciones con el sentimiento de posesión de la música, no sólo como algo materialista y comercial (que también) sino como esa sensación de que forma parte de nosotros, de nuestra personalidad, que si te metes con la canción te metes conmigo (tronko). A mí esto me devuelve un poco al primer punto: el arte profano no sólo me gusta sino que forma parte de mis… ¿valores, creencias? De mi personalidad al fin y al cabo.

Concluye Frith: “de un modo mucho más intuitivo [la música] nos provee de una experiencia que trasciende la cotidianeidad y que nos permite «salirnos de nosotros mismos». La consideramos especial no necesariamente en referencia a otras músicas sino al resto de nuestra vida. Esta intuición de la música como elemento de auto-reconocimiento nos libera de las rutinas y de las expectativas de la vida cotidiana que pesan sobre nuestras identidades sociales”. Unos chicos en Sol recondujeron mi día nueve de febrero de 2012. Me obligaron a olvidarme de la prisa y del rojo de los minutos de descuento. Se incorporaron a mi vida cotidiana al demostrarme que las rutinas las rompe el presente. Ahora son parte de mi recuerdo de vías, pitidos, carreras y abono transporte. Y cada vez que reproduzco el vídeo de penosa calidad que grabé aquel día me brota una sonrisa.

¿Queda claro por qué me parecen buenos?

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