¿Qué fue del Psoecialismo?

Juan Haro    @HaroJuan

En la última semana el nombre de Beatriz Talegón se ha colado en la primera plana de la actualidad política. La razón por la cual la secretaria general de la Unión Internacional de Juventudes Socialistas ha recibido una dosis considerable de cobertura mediática es su discurso crítico con el partido en el que milita durante el Congreso de la Internacional Socialista.

Desde que Talegón hizo pública la opinión de los jóvenes socialistas, exigió una renovación en las filas del PSOE y criticó la política individualista ejercida por los líderes del partido, varios medios han filtrado información sobre su vida personal. A través de estas informaciones hemos podido saber que la UIJS ha financiado los viajes de Talegón a diversas conferencias internacionales, además de costosos viajes en barco y otras comodidades poco propias de una jacobina de izquierdas. Tras esta filtración, el mito de la revolucionaria socialista que tuvo las “agallas” de ponerse delante de un micro y afirmar que le sorprendía pretender “la revolución desde un hotel de cinco estrellas”, parece haberse apagado lentamente. Y no sólo se ha ido apagando sino que se ha generado en muchas esferas de la sociedad un sentimiento de rechazo hacia la política.

No se trata de juzgar a estas alturas a aquellos que poseen atractivos honorarios dentro los innumerables puestos de los partidos, es probable que Beatriz Talegón no sea de las señaladas a dedo para ocupar su puesto y haya sido ella quién se lo haya ganado, aunque no le ha ido nada mal. El eje central del asunto no gira en torno al hecho de si se hizo una foto en El Cairo con su pareo de Pierre Cardin, si se tomó siete gin tonics en un congreso en Palestina o si en el barco a Suecia se apretó un filete de reno con salsa de arándanos, todo ello con el dinero de su partido.

Fuente: Hispaniainfo.com

Fuente: Hispaniainfo.com

Lo que realmente importa de estas “valientes” palabras es el fondo del reconocimiento popular que éstas han generado. Me hubiera gustado aplaudir enfervorecido su discurso, sentirme orgulloso, identificado y optimista con el curso de la lucha de clases, pero no ha sido así. No se merece que nadie le quite su parte de mérito y a buen seguro la buena labor que en algún momento haya podido hacer. Pero cuán rápido se olvidan las bases y los orígenes de lo que un día fue el Partido Socialista Obrero Español y no en lo que lo han convertido. El hecho de que esta militante salga en  público para dar un toque de atención a los líderes de su abúlico grupo parlamentario no es un hito inédito al que tengamos que venerar como oasis en el desierto. La apatía de las juventudes de los partidos provoca que, cada vez que algún rebelde dentro de la estructura interna se revela y dice lo que toda la sociedad que se manifiesta piensa, su figura es tratada como la de los antiguos revolucionarios. Y esto es un error, lo que verdaderamente sucede es que a lo que antes se llamaba la izquierda, ya no es izquierda, y el PSOE, ya no es socialismo.

Poco queda del partido que Pablo Iglesias fundó como una organización de carácter socialista-marxista, que colaboró con el PCE en la resistencia contra el franquismo o que lideró la política de izquierdas en los primeros años de democracia. El PSOE ha pasado de renunciar a esos preceptos marxistas, a apoyar el liberalismo económico, la privatización de servicios públicos, atesorar la corrupción en sus filas y ahora ser víctimas de una merecida y profunda crisis de identidad y de apoyo social al frente de la oposición. Es obvio que los tiempos cambian, las políticas internacionales y nacionales evolucionan y los partidos han de renovarse como lo ha hecho el PSOE. Pero no sólo el partido se ha renovado a peor, si no que ha renunciado de manera tácita e incuestionable a los valores que un día le hicieron un partido serio dentro de la doctrina socialdemócrata. Esto tiene sus consecuencias y es que si discursos como el de la “agitadora de conciencias” son bautizados como “revolucionarios”, la realidad es que se ha perdido la noción del concepto revolucionario.

No obstante, algunos han cometido el error de rivalizar y obstruir el libre derecho a la manifestación de las personas. Beatriz Talegón acudió a la manifestación para reivindicar la dación en pago retroactiva y los alquileres sociales y el resultado fue su abandono obligado de la manifestación escoltada por la policía. Si su nombre no hubiese copado las noticias de los medios, nadie la habría intimidado al grito de oportunista, pero bien es cierto que Talegón no estuvo atinada dejándose ver por la movilización en un momento en el que su figura está en el ojo del huracán y en el que la gente está tan sumamente iracunda que no quiere saber nada de partidos y políticos en manifestaciones. Talegón debe saber que no puede ir a una manifestación y querer representar a su persona como individuo, si acude lo hace representando a un partido, un partido que también es culpable de la lacra de los desahucios, y eso se paga.

Esos miles de manifestantes de los que Talegón habla son los verdaderos héroes y revolucionarios de este mundo. Los que se merecen el aplauso de una clase política atocinada. Los profesores que llenan de verde las calles en defensa de la educación pública, los médicos y sanitarios que no desesperan en la salvación de la sanidad para todos, los estudiantes y parados que reciben la crítica de un gobierno que no se molesta en escucharlos, los pensionistas que sufren desahucios criminales abanderados por la entidades bancarias endeudas hasta las cejas. Ellos, con sus discursos en las plazas, sí son revolucionarios.

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