Sólo lo haríamos nosotros

“Cuando el lobito aúlla al cielo

imagínatelo en día de lluvia, luna llena y suave pelo,

con cierto recelo al maldito

Humano hijo de puta causante de tanto grito”.

Rapsuskley

Cuando me mudé a Madrid hace ya unos cuantos años había algo que no me terminaba de convencer. Tardé en darme cuenta: llevaba aproximadamente dos años sin escuchar ladridos. Ladridos de verdad, de perro. En cambio, rebuznos, cada vez que salía a la calle o sintonizaba mi canal televisivo favorito que empieza por “Inter” y termina por…Bueno, termina, a secas. Por fin.

Criarse con animales marca a la persona de por vida. Quien pasa su infancia observando largo rato los movimientos y hábitos de insectos ínfimos, se convierte en paciente y analítico. Por su lado, quien se cría viendo como matan a un toro para algarabía general, imita los gruñidos de sus semejantes, grita, bufa y entona finos cánticos como “Lo-lo-lo, oe-oe-oe”. Aquél que tuvo la fortuna de haberse criado bajo la sombra del pollo imperial sabrá golpearse el pecho como un gran gorila (esta última relación, aunque no parezca lógica, está avalada por multitud de estudios científicos sobre el Homo Neanderthalensis). Entre los animales de ganadería doméstica, como cerdos o vacas, también hay muchas diferencias. El acto de cuidarlos, irremediabalmente, moldeará al humano, pues seguir a una vaca por verdes prados vírgenes y libres no es lo mismo que encargarse de quien se revuelca entre la mierda y encima disfruta. Ustedes observen e imaginen en qué situación colocarían al siguiente sujeto:

Yo creo que su señoría, las cosas que dice, no las dice queriendo. Le salen solas como cuando te caga una paloma que va volando alegremente. Lo exculpo. El mundo animal también nos demuestra que un perro pastor, por ejemplo, puede guiar él solito a un amplio rebaño de ovejas, una matriarca elefanta se hace cargo ella solita de una manada de toneladas paquidérmicas y papá mono no come plátanos verdes. Entonces si los referentes éticos de Cantó son Savater y su jefa Rosa Díez, pues el pobre hombre puede llegar a hacer cualquier cosa que sus buenos guías quieran: Hala, Toni, vete al Congreso, suelta algunas perlitas y luego vienes para despiojarnos todos juntitos. Errar es humano, no utilizar el raciocinio, no. Piensa el señor Cantó que los animales no tienen deberes (y por ende no deben tener derechos), pero se olvida que cualquier animal tiene como deber su propia vida, mantener vivo y regulado un ecosistema puro y limpio, para que venga algún chorizo a reventarlo con residenciales donde el inteligente humano pueda producir basura y leer filosofía. Y aprovecho para recordar, que si nosotros tenemos derechos, también tenemos deberes:

Con respecto a este tema siempre le queda a uno la satisfacción de saberse animal, igual que quien se sube al estrado de un Congreso con su ética, y a todos los animales nos pasa lo mismo. En la aldea seguiremos considerando que cualquier animal debe ser respetado, y que el respeto viene de la educación. Así que, aquí va el regalo de esta semana.

 

 

 

 

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