El lado kartoffel del milagro

Alemania… La tierra de personalidades tan ilustres como Heinrich Himmler, Ernesto de Hannover o los Tokio Hotel. La sede de eventos tan importantes como las reuniones mensuales del Banco Central Europeo o el Oktoberfest. La economía por la que suspiran los gobiernos mediterráneos y no precisamente por sus reformas bancarias, sino por sus cifras de paro.

Uno de los términos favoritos de los medios germanos afines a su lideresa es el ‘milagro alemán’, el imparable crecimiento del mercado laboral. Incluso cuando la economía se contrae (-0,6% en el cuarto trimestre de 2012), la ocupación continúa su escalada hasta el récord histórico de 42 millones de empleados. En medio de la crisis de deuda europea, Alemania ha registrado su menor tasa de desempleo (inferior al 7%) desde la reunificación de hace 20 años pero ¡achtung! No es cerveza todo lo que reluce.

En el año 2002, cuando el paro alemán rondaba el 12%, el canciller Schröeder aprobó la Agenda 2010, una batería de medidas que buscaban flexibilizar el mercado laboral. La reforma, fuente de inspiración de nuestro excelentísimo Ejecutivo, se sustentaba en cuatro pilares: abaratar el despido para estimular las contrataciones, incentivar el trabajo temporal con ‘jobcenters’ que ofrecen empleos de un único día, reducir las prestaciones por desempleo para motivar la búsqueda de trabajo de los parados y la joya de la corona, los ‘minijobs’, empleos a tiempo parcial –en teoría- con una remuneración máxima de 400 euros.

La mano que mece a Europa (lavozlibre.com)

La mano que mece a Europa (lavozlibre.com)

Parece que las brillantes cifras de ocupación dan la razón a la actuación germana. Los costes laborales se desplomaron a la misma velocidad que Lopetegui, la competitividad se disparó y las exportaciones se multiplicaron. Sin embargo, la Agenda 2010 también tiene sombras más oscuras que una kartoffel en vías de putrefacción. La primera consecuencia es que se ha producido una drástica dualidad en el mercado entre los contratos fijos y bien remunerados, un chollo cada vez más difícil de encontrar –fuera de las cúpulas directivas-, y los contratos basura.

El número de trabajos temporales, con remuneraciones más bajas y carentes de estabilidad, se ha triplicado en los últimos años. Uno de cada cuatro trabajadores tiene subsalarios (aquellos inferiores al 66% del salario medio, ya que no hay salario mínimo). La mayoría de ellos –entre 7 y 9 millones- son relativos a los miniempleos, la fórmula que serviría como puente para los estudiantes que se iniciaran en la vida laboral y para los jubilados que quisieran hacer algo más productivo para el país que alimentar patos. En la práctica, los ‘minijobs’ han permitido a los empresarios sustituir a los trabajadores caros por otros a precio de esclavos de ojos rasgados, que se ven atrapados en una espiral de salarios ridículos sin posibilidades de mejorar. Según el Instituto Alemán para el Mercado Laboral y el Empleo, sólo el 7% de este tipo de trabajadores han conseguido después un trabajo fijo. La verdad es que estos salarios sirven para poco más que cubrir las necesiadades básicas de un estudiante Erasmus (bebidas alcohólicas y profilácticos) pero proporcionan al Gobierno un maquillaje espléndido para la tasa de paro.

Esta política de nóminas bajas y el recorte de prestaciones a parados ha generado un impacto deflacionario en los salarios. Esto significa que,  aunque el precio de la vida sube mes a mes, los salarios de los ciudadanos -exclúyase políticos, directivos y deportistas de éxito- bajan. Mientras que a medio continente se le cae la baba viendo las cifras de crecimiento de la locomotora europea, lo cierto es que el poder adquisitivo de los Klaus, Günther y compañía se ha ido mermando año a año. De hecho, en torno a tres millones de trabajadores hacen funambulismo día a día  por el delgado umbral de la pobreza. Alemania es el tercer país de la OCDE –el club de las naciones desarrolladas- donde más ha aumentado la brecha entre los salarios de los ricos y los del resto. Como afirmó Isabell Koske, economista de la organización, “los pobres han perdido claramente la clase media”.

La otra gran secuela del modelo instaurado por Schröeder y perpetuado por Merkel es la explotación. La flexibilización se ha traducido en aspectos como la pérdida de derechos o la prolongación ilegal de la jornada. En los últimos diez años, el número de bajas por agotamiento físico ha pasado de 33,6 millones de días a 55,5 millones. O los trabajadores alemanes se están volviendo unos cuentistas o las condiciones laborales se están endureciendo hasta la extenuación.

Esta semana saltaba a la palestra pública el buen funcionamiento de los centros de la tienda online de moda Amazon en el país de los hermanos Kalkbrenner. Unos 10.000 ciudadanos europeos disfrutan de las idílicas condiciones que la multinacional ha puesto a su servicio: hacinados en barracones de inspiración oriental, los dicharacheros trabajadores se emplean a fondo en eternas jornadas laborales en naves más allá de donde Cristo perdió el mechero, vigilados por una empresa de seguridad que lleva por nombre el apellido de uno de los lugartenientes de Hitler. Una auténtica ganga laboral.

El sistema alemán, que empina y humedece a nuestra casta política más que el vídeo de Olvido Hormigos, ha instalado de manera irreversible el concepto de que la única alternativa al paro es la precariedad. A la pregunta de si esa es la sociedad a la que nos dirigimos, Jüergen Donges, asesor económico de la cancillería, contestaba sabia y lapidariamente a Jordi Évole: “¿Cuál quiere usted? ¿Acaso hay otra?”.

Daniel Vega

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