Economía bolivariana for dummies

La muerte del presidente venezolano Hugo Chávez ha desatado aquí un maremágnum de comentarios paternalistas que vaticinaban un “cambio de era” para los castigados ciudadanos sudamericanos. Escritores y economistas rojeras han denunciado en múltiples ocasiones el escaso conocimiento que hay en este país sobre lo que pasa realmente en Venezuela. Vamos a intentar arrojar algo de luz entre las tinieblas edificadas por los medios de comunicación patrios, dejando al margen cuestiones diferentes a las económicas que tampoco se libran de la polémica.

El líder bolivariano llegó al poder en las elecciones de 1998, seis años después de su fallido golpe de Estado. Venezuela deambulaba por la década de los 90 con tasas de crecimiento plano o incluso negativo y cerca del 65% de la población viviendo por debajo del umbral de la pobreza. La política de privatizaciones desarrollada por Carlos Andrés Pérez y Rafael Caldera no generó las oportunidades de trabajo que había prometido (el paro rondaba el 15%) pero había convertido el país en un suculento caramelo para grandes multinacionales.

(Campaña electoral 2012)

(Campaña electoral 2012)

Chávez ganó sus primeros comicios con un proyecto de nación justa e igualitaria y la promesa de que daría voz a los que siempre habían sido ignorados. Sin embargo, sus pomposos compromisos se fueron perdiendo entre soflamas revolucionarias y líbelos contra ‘el imperio’ estadounidense –debe ser el primer político que no cumple sus promesas electorales-, lo que le costó varias huelgas generales y un intento de golpe de Estado en 2002.

El ‘gorila rojo’ dedujo que no estaba haciendo las cosas muy bien y empezó a sentar, ahora sí, las bases de la economía bolivariana. El cambio llegó en 2003 con la nacionalización de la producción de petróleo. Venezuela tiene las mayores reservas de crudo conocidas en el mundo, y la expropiación permitió al Estado ingresar unas cantidades ingentes de dinero que antes se repartían las grandes petroleras como Exxon o Chevron.

(Campaña electoral 2012)

(Campaña electoral 2012)

Con los ríos de petrodólares que desembocaban en Caracas, Chávez inició su política socialista –ojo, no confundir con psoecialista-, basada en la intervención estatal en la economía para desarrollar una redistribución más equitativa de la riqueza. Según el profesor de la Universidad Pompeu Fabra, Joan Benach, el gasto social se ha incrementado un 60% en los últimos 10 años. Los objetivos prioritarios han sido reducir la pobreza, crear empleo y extender la educación y la sanidad públicas (las denominadas ‘Misiones’). De este modo, se estableció la educación gratuita hasta la universidad, se crearon subsidios para alimentos y carburantes, se desarrollaron programas de construcción masiva de vivienda pública, se mejoró la asistencia médica gratuita –sigue sin ser universal- y se fomentó la creación de puestos de trabajo a través de grandes obras públicas, más expropiaciones y una reforma agraria antiterratenientes.

Este sistema redistributivo ha supuesto que la mitad de la población (14 millones de ciudadanos) accedan cada día a alimentos subsidiados y a gasolina prácticamente regalada (menos de 10 céntimos el litro de sin plomo). En los últimos 13 años se ha conseguido erradicar casi por completo el analfabetismo. Venezuela es el quinto país del mundo con mayor tasa de estudiantes universitarios. Se ha duplicado la cobertura de la Seguridad Social, especialmente a pensionistas, y el salario mínimo (541 dólares contando con el subsidio alimenticio de 188) es uno de los más altos del continente. Salvo en 2009 y 2010, el crecimiento económico se ha situado siempre por encima del 4% del PIB y el paro ha caído por debajo del 7% -la tasa que teníamos en España en nuestros mejores momentos-. Como consecuencia de todo ello, la pobreza se ha reducido drásticamente. Según un informe del Center for Economic and Policy Researchs, desde 2004 ha caído un 49,7% (un 70% en  el caso de la extrema pobreza). Además, es el país con menor desigualdad de ingresos (coeficiente Gini) de Sudamérica. Con “tiranos” así, ¿para qué queremos “demócratas”?

El maná petrolífero dio a Chávez el poder para nacionalizar y expropiar a su antojo, para gran regocijo de sus acólitos. Con la gracia mesiánica que le caracterizaba, confiscó más de 900 empresas que, a cambio de indemnizaciones pactadas –concepto que otros célebres expropiadores como Argentina se pasan por el forro de los cojones-, pasaron a ser propiedad del Estado. Esta política del “to pa mi” hizo que los inversores/especuladores huyeran despavoridamente del país, generando una fuga de capitales que se ha intentado compensar con más nacionalizaciones. Una de las últimas fue la del oro en 2011, cuando el metal se situaba en el máximo histórico de 1.700 dólares la onza (nuestro brillante ministro de Economía, Pedro Solbes, vendió buena parte de las reservas en 2006 a 600 dólares, gajes del régimen psoecialista). Lo malo es que los delirios estatalizadores del líder bolivariano, unidos a las dificultades burocráticas, han hecho que Venezuela se haya convertido en uno de los peores países del mundo para crear una empresa, según el índice Doing Business.

(Campaña electoral 2012)

(Campaña electoral 2012)

El principal problema de tanta nacionalización es que al reducir la competencia, los incentivos económicos pierden importancia y se merma la producción. La industria venezolana es sumamente ineficiente. La inversión en I+D ha sido prácticamente nula estos años, y su tecnología se ha quedado obsoleta. Por ello, el país se ve obligado a importar una gran cantidad de bienes, muchos de ellos de primera necesidad, pues la estructura productiva nacional es incapaz de abastecer a la población. La mala gestión también ha hecho que muchas infraestructuras, una vez construidas, se hayan quedado en el olvido y ahora se caigan a trozos.

En el caso del petróleo, la empresa estatal PDVASA ha visto reducida su producción de 3,2 millones de barriles al día a 2,4 millones. De hecho, tiene que exportar la mayor parte del crudo a Estados Unidos, donde las refinerías son mucho más modernas, para después volver a comprarlo en forma de gasolina. Y es que, pese al discurso antiyankee, el vecino norteamericano es uno de los principales socios comerciales de la revolución bolivariana. Chávez incluso ha establecido programas de ayuda energética a familias y colectivos estadounidenses con pocos recursos.

Por otro lado, las políticas de subvenciones a productos básicos inciden directamente sobre la el precio de las cosas, una de las principales lacras de las economías sudamericanas intervencionistas. La inflación en Venezuela está completamente desbocada y quienes más lo sufren son los que menos tienen. Un litro de leche o un kilo de filetes pueden encarecerse más de un 30% cada año. Además, Chávez ha devaluado en 5 ocasiones el débil bolívar (moneda) para estimular las exportaciones, encareciendo al mismo tiempo las importaciones. Esta medida, por cierto, ha generado un mercado negro de dólares donde la divisa norteamericana se paga hasta 3 o 4 veces por encima del tipo de cambio oficial. Teniendo en cuenta que la mayoría de esos productos primarios son importados, las devaluaciones combinadas con la inflación han reducido significativamente el poder adquisitivo de los venezolanos, que cada vez necesitan más dinero para comprar lo mismo.  Según el índice Big Mac, que mide el “valor real” de una moneda atendiendo a la teoría de la Paridad del Poder Adquisitivo, la nación bolivariana es el país donde necesitas más dinero para poder comprar la hamburguesa.

(Campaña electoral 2012)

(Campaña electoral 2012)

En resumen, Chávez se ha servido del ‘oro negro’ para engrasar su revolución. Cogió el cañón de petrodólares con el que antes se bañaban las petroleras y sus accionistas y lo inyectó en las capas más bajas de la población. Y ese fue su principal logro, utilizar la riqueza del país no para el lucro de unas pocas corporaciones, sino para sacar de la pobreza a gente que ni sabía leer ni había visto un médico en su vida. Ello le granjeó una sincera devoción, no como otras, entre las clases populares. El problema es que, si se hubiera gestionado mejor, todo ese dinero también podría haberse empleado en construir industrias lo suficientemente eficientes como para que el país no penda de los designios del txapapote. En cualquier caso, planteó un modelo distinto en el que los desfavorecidos se convirtieron en la mayor prioridad económica, justo lo contrario de lo que sucede en las ‘libres’ y ‘democráticas’ economías occidentales.

Daniel Vega

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