Epifanios

dedosSiempre imaginamos o leemos sentencias que califican la vida de algún muerto reciente, ilustre o conocido la mayoría, a modo de epitafios.  Yo propongo otra cosa. Dar la vuelta a ese concepto.  Por qué no imaginar una frase que, en vez de epilogar prologue nuestra vida, que la presente, que incluso nos pueda guiar. Sí, y en vez de llamarlos Epitafios, los llamaremos Epifanios. Breves frases que aparezcan por sorpresa como mensajes en las galletitas de la fortuna.

Por ejemplo, ese niño que nada más nacer, le cogen de sus piernecitas y le dan el clásico cachete en el culo. Lejos de llorar o quejarse, la criatura se pone a reír como sólo los niños saben reirse,  sin miedo. La doctora, desconcertada pero con la sonrisa en la cara, procede a cortar el cordón umbilical. Sin embargo, nota que le cuesta seccionarlo, como si algo lo obstruyera.  El enfermero advierte que hay algo dentro del tubito cartilaginoso. Los dos, la doctora y el enfermero sacan un trozo de papel, lo desenrrollan y leen lo siguiente: “Solo existen dos cosas importantes: El amor, en todas sus formas, con mujeres bonitas y la música de Nueva Orleans o de Duke Ellington”. Ambos se miran y no pueden parar de sonreir contagiados por las risotadas de la nueva criatura que mueve los pies al ritmo de una música que no se oye pero sí suena.

En otro lugar del mundo, una madre, dolorida pero satisfecha, recibe a su niño ya limpio y dormido, y lo acuna sobre su pecho. En la diminuta pulsera identificativa del hospital que lleva el bebé, la madre advierte su nombre: ‘Ángel’. Pero justo al lado lee una frase que no suele aparecer en ese tipo de pulseras: “Si vas deprisa, el río se apresura/ Si vas despacio el río se remansa”. Con ese lema, la madre se queda dormida pensando quién acaba de nacer, puede que un marino o quizás un poeta.

Creo recordar que un amigo mío me contó que después de recoger la documentación al juzgado de la recién formada familia, en el tren camino a casa, revisó el certificado natal y tras los datos de rigor, leyó en el apartado ‘Observaciones’: “Desdeñar a la parásita hiedra, ser fuerte como la piedra, no pretender igualar al roble por arte o dolo, y, amante de tu trabajo, quedarte un poco más bajo, pero solo, siempre solo“. Intranquilo por la sentencia, mi amigo la leyó una y otra vez y al llegar a su parada, guardó los documentos y pensó: “Este niño quiere ser libre desde que nació”. 

Si rebuscamos entre nuestros recuerdos, fotos y cajas de zapatos seguro que por ahí andará nuestro epifanio. La presentación de nuestra vida. Un prólogo que como la mayoría de los que preceden a novelas, poemas o ensayos, se queda sin leer.

 

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