Los límites de la paranoia

En un sistema regido por la voluntad popular, como en una democracia (teóricamente), el debatir es un bien excepcional que debe fomentarse desde tempranas edades. Normalmente, alrededor de un tema, unos se posicionan en torno a una opinión y otros, casi siempre, en la radicalmente opuesta. Quedarse en el medio es peligroso, pues matizar y otorgar razón a ambas partes significa que hostias te van a llover desde ambos lados. Pero eso no es lo más peligroso. El riesgo verdadero viene cuando el parecer general es homogéneo y a alguien se le ocurre señalar las incoherencias de dicha visión. Si no, hagan la prueba: vayan a cualquier bar y apunten con algún criterio que los jugadores de la selección española no son una suerte de semidioses y que a dicho equipo también se le puede criticar. Bueno, no, no hagan la prueba. Hay ciertas “verdades inviolables”, y eso de la libertad de expresión se ve rebajado a masonería o conspiración comunista y antisistema.

Por ejemplo, a ningún demócrata de partido político español se le ocurriría decir que la democracia de este país es a veces de muy baja calidad. El foso de los leones solo sería su primera parada. Pero es verdad, y las verdades hay que asumirlas. Tampoco hay por qué asustarse, treinta y cinco años son una nimiedad histórica con un pasado cargado de dictaduras, ruidos de sables y militarismos varios, pero poco a poco vamos tirando. Haciendo las cosas, grosso modo, en la dirección correcta. Con patinazos significativos casi a diario, pero tirando. Nos gusta mirarnos en el espejo de nuestros vecinos de vez en cuando. pero todos tenemos nuestros problemillas, y al otro lado de los Pirineos también, como en cualquier casa.

Uno de esos pequeños contratiempos que hay en España es que no nos gustan los díscolos. Si las cosas se hacen así, no te empeñes en hacerlas asá. Y si la opinión imperante es una, y además prefabricada, acátala o atente a las consecuencias.

En el artículo 578 del Código Penal se regula, por ejemplo, el enaltecimiento y la apología al terrorismo. A grandes rasgos, prohíbe que se justifiquen las acciones terroristas, puesto que a parte de que socavan el orden constitucional, hieren la sensibilidad de las víctimas que han perdido a un ser querido. Es una traba más a la libertad de expresión, una vallita más que demarca sus límites, amparándose en el dicho universal de que nuestra libertad acaba donde empieza la del otro.

La Asociación de Víctimas del Terrorismo, (AVT), se ha encargado celosamente de vigilar que este artículo se cumpla, y la música ha sido uno de sus frentes de batalla más reconocidos. Fermin Muguruza tiene el honor de ser uno de sus enemigos públicos número 1. El cantante guipuzcoano escribía en 1985 la canción “Sarri, Sarri”, donde celebraba junto a su grupo Kortatu que un peligroso etarra (escritor, poeta, traductor y filólogo también, que las biografías deben ser completas) se escapase de la cárcel escondido en los altavoces llevados a la prisión de Martutene con motivo de un concierto de Imanol Larzabal el día de San Fermín. Decía Muguruza en una entrevista que quería captar la explosión de júbilo euskaldun que se vivió aquél día, y es que el dicho Sarri -Joseba Sarrionandia- era un galeote poco común, ganando tres premios literarios (dos de poesía y uno de narrativa) el mismo año que lo encarcelaron. Un prolífico escritor de esa lengua satánica llamada “euskara” que desde entonces anda por el exilio escribiendo y ganando premios. Ambos, tanto Muguruza como Sarrionandia, se han servido de la libertad de expresión para crear obras artísticas que a algunos le parecerán deleznables, pero que a muchísimos más no. Libertad de expresión como las que estos simpáticos silbadores ejercieron cuando Muguruza a la hora de recoger un premio lo dedicó a los trabajadores de un periódico. Periódico con anécdota, fíjense, pues pese a ser la prensa el espejo de una sana libertad de expresión fue cerrado por un juez (la AVT era una de las acusaciones particulares) para venir a demostrarse años más tarde que los delitos que se le imputaban no eran tan ciertos. También han cargado contra grupos como Soziedad Alkohólika, Banda Bassoti o Berri Txarrak. Estos últimos, navarros de origen, cuyas letras están cargadas de poesía, tienen una canción extremadamente proetarra en la que dan voz a la historia de Maravillas Lamberto Yoldi, una niña de 14 años del pueblo de Larraga que en 1936 acompañó a su padre al ayuntamiento tras una simpática invitación de los requetés. Allí fusilaron al padre, la violaron a ella y echaron su cuerpo a los perros. Ya ven, panfleto de ETA por todas partes. Otro que sufrió en sus carnes que lo detuviesen por enaltecimiento fue un rapero leridense llamado Pablo Hásel, por enaltecer la figura del que fuera secretario general del PCE Manuel Pérez Martínez (que está en la cárcel, por cierto), en una canción que tituló, el muy indisciplinado, “Democracia su puta madre”.

Pero es que el articulito que aquí nos ocupa tiene a veces su guasa. En 2006 y 2007 al mediático Arnaldo Otegi se le enjuició en dos casos muy parecidos por violar el 578 del Código Penal. En uno lo condenaron, en otro lo absolvieron. Fueron sendos homenajes a etarras. En en el primer caso, se desplazó Otegi hasta Arrigorriaga, un pueblo cercano a Bilbao. Allí, en una plaza conocida popularmente como “Plaza Argala” aunque ese no es su nombre oficial, se conmemoraban los 25 años del atentado con coche bomba que mercenarios perpetraron contra el etarra Argala en Anglet, Francia. Se cuenta en la biografía de esta persona que las Fuerzas del Orden tuvieron que actuar de forma contundente el día de su entierro dada la cantidad de gente de diversos pueblos que quería acompañar a la familia en el cementerio, que los mandos de dichas fuerzas se cuadraron en saludo militar ante el paso del ferétro del etarra y que cuando los vehículos policiales se marcharon de allí se encontraron varias botellas de champagne. Total que a Otegi lo condenaron por homenajear a esta persona, pero no lo hicieron cuando se desplazó hacia el camposanto donde se realizaba la ceremonia de sepultar a una etarra de apenas 22 años que murió manipulando una bomba. Los matices de ambas sentencias son los típicos que solo entendería un jurista.

En el caso de la política, entiendo (a medias) que la persecución hacia comportamientos que puedan vulnerar las leyes es la clave democrática, pero ¿y en la cultura? Actuar como policía inquisitorial contra todo aquello que no nos guste queda muy lejos de la clave democrática. Como de aquí a Roma. Cuando a algunos se les ocurre la genial idea de salir a la caza de grupos musicales, deberían tener en cuenta de que el 578 del CP no prohíbe el elogio o la defensa de ideas o doctrinas (aunque éstas se alejen de la constitucionalidad, o la pongan en tela de jucio) y mucho menos prohíbe opinar subjetivamente sobre acontecimientos históricos o actuales. Y aún así, y ahora me van a llover golpes, trastazos, bofetadas (es decir, hostias, del latín hostĭa), vaya democracia tan barata que tenemos. La paranoia sigue intentando hundir a la libertad, que en la mayoría de los casos ha de defenderse sola (¡¡¡sin coacción estatal!!!). Supuestos peligros, si vienen del ejercicio de algunas libertades, no pueden combatirse por la restricción de la libertad (en un Estado racional, ¡qué envidia!). La paradoja de que el Estado diga lo que se tiene que decir y lo que no en una Democracia deja de ser paradoja y se convierte en algo que huele más bien a chufa. Igual deberían fomentar más la Educación y buscar criterios, que prohibir decir esto o aquello. Es una solución más difícil y que entraña ciertos riesgos como tener por ejemplo, Dios no lo quiera, un pueblo culto, que supiera lo que tendría que decir en público y lo que no.

Igual así no habría más enaltecimiento del terrorismo, más aún cuando el/los terroristas en cuestión tienen a sus espaldas cientos de miles de torturas, fusilamientos, secuestros, vejaciones y demás palabras tan bonitas.

Quizás así tampoco el asesino de una estudiante estaría instruyendo a policías, ni la “unidad de la patria” se defendería en la España democrática del siglo XXI con veintiséis bates de béisbol. A lo mejor, sólo a lo mejor, algún día le ponemos límites a la paranoia.

Fuentes de las imágenes:

rcas.blospot.com

m.forocoches.es

yvamostodavia.blospot.com

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