La cagada de Obama

En las promesas electorales de la primera candidatura de Obama, el conflicto árabe-israelí se perfiló como una prioridad en el calendario del Presidente de EEUU. Creó enormes expectativas con respecto a la realización de un plan de paz para el conflicto y dedicó dinero y esfuerzo en viajes y discursos para acercarse a Oriente Medio y al mundo islámico. Sin embargo pasó por alto seguir mimando a uno de sus mejores y más importantes aliados en la zona, Israel.

En 2007, Jonh Mearsheimer, un importante científico político, sacó a relucir en un estudio la existencia de un “lobby judío” que a lo largo de los últimos años había motivado una actitud en la vida cotidiana de los judíos que impulsaba a que la política exterior de EEUU fuese favorable a Israel. No es de extrañar, fue el primer país en reconocer el Estado de Israel hace ya 65 años, y la población judía y sus magnates tienen en la economía americana un peso ineludible que además se consolida con más de cinco millones de judíos, apenas 300.000 menos de los que viven en Israel. A pesar de eso, desde 2008 las relaciones diplomáticas y el buen trato entre ambos países se vieron mermados por la decepción que causó en Israel el incumplimiento de la promesa de Obama de concentrarse en el conflicto. A lo que se sumó que exigiera a Netanyahu detener la expansión de los asentamientos ilegales en Cisjordania y Jerusalén, y que eludiera visitar Israel durante todo su primer mandato (a pesar de viajar a países que además de ser árabes, estaban cerca). Ante el enfriamiento generado, Obama ha reaccionado despertando de nuevo su papel de mediador. No llevaba consigo un plan de paz, sino la intención de reafirmar el compromiso de América con la seguridad de Israel y consolidar la histórica (a la par que económica) alianza que los une.

Barack Obama y Benjamin Netanyahu. “Yo te cubro la espalda, Benjamin”
IMAGEN: Gary Mc Coy (Cablecartoons.com)

Obama aterrizaba el miércoles en Tel-Aviv en su primer viaje oficial como Presidente, ya en su segunda legislatura, y “no es casualidad”, confesó en cuanto tuvo la oportunidad. Se bajó del avión saludando sonriente y relajado al Presidente de Israel, Benjamin Netanyahu. Desde que pisó la pista del aeropuerto de Ben Gurion, Obama se esforzó por mejorar la mala relación que en los últimos cuatro años ha tenido con el que es su mejor  cómplice en Oriente Próximo. “EEUU está orgulloso de ser el aliado más fuerte y el mayor amigo de Israel”, decía en su discurso de llegada, “veo esta visita como una oportunidad para reafirmar los lazos inquebrantables entre ambas naciones”. Netanyahu sonreía, se dieron palmadas mutuamente en la espalda y santas pascuas. “Aquí paz y después gloria” pensarían, pero ni paz, ni gloria. El conflicto entre Israel y Palestina sigue haciendo que tanto los judíos como los árabes vivan en una angustia constante, acechados por la amenaza del eterno peligro y el infinito lastre de la discriminación y el miedo.

En un esfuerzo por poner un punto y aparte a la “guerra global contra el terror” iniciada por su predecesor G. Bush, en los últimos años Obama ha conseguido acercarse a la comunidad islámica intentando echar abajo años de desconfianza. Apoyó a la primavera árabe, intervino en Libia y viajó a Turquía, Irak, Arabia Saudi y Afganistán (dos veces). En 2009 pronunciaba desde la Universidad de El Cairo uno de los más afamados discursos en su carrera como presidente. “EEUU no ha estado ni estará nunca en guerra contra el islam” dijo con claridad dirigiéndose a una gran audiencia de confesión musulmana que lo escuchó con respeto a pesar de que también habló abiertamente de sus lazos con Israel y defendió su derecho a una existencia en paz y seguridad. “He venido hasta aquí para buscar una nueva relación entre EEUU y los musulmanes del mundo, que esté basada en el interés muto y el respeto”. Aquel día en Egipto, Obama sacó el Hussein que lleva dentro y habló de la democracia en el mundo árabe como algo a lo que había que llegar siguiendo el camino de los principios y valores del islam, y no de aquellos que impusiera EEUU o cualquier otro miembro de la comunidad internacional.

Su viaje a Oriente Próximo era “para escuchar”. Obama se ha reunido en tres ocasiones con Netanyahu. Discutieron sobre la intervención de la comunidad internacional en Siria, sobre las armas nucleares en Irán y sobre la necesaria convivencia en paz entre Palestina e Israel. También hizo lo propio con Mahmud Abbas, con quién se vio en Ramala (Cisjordania). A ambos les pidió que hablaran, en lugar de exigir condiciones previas al propio diálogo.

“La paz no comienza en los planes de los líderes sino en los corazones de la gente”

Se dirigía a los jóvenes que han colocado a Israel en la primera linea de la economía internacional y no a los políticos ausentes. Defendió el sionismo y a la par, demandó un estado Palestino soberano y libre, e instó a Israel a entender que la expansión de los asentamientos ilegales es contraproducente en la búsqueda de la paz. Aunque en un ambiente distinto, en Cisjordania invitó a los Palestinos a negociar con los israelíes, y con la misma claridad con la que apoyó a los árabes en Israel, lo hizo con los judíos en el territorio palestino. “Nadie puede poner en duda el derecho de Israel a existir y defenderse”, les dijo.

Manifestación contra Obama en Ramala. Enseñar las suelas de los zapatos es en el mundo árabe, una señal de desprecio.
FOTO: Ammar Awad (Reuters)

Lejos de las ovaciones populares y los aplausos en Israel, en Gaza y Cisjordania han recibido al Presidente de EEUU decepcionados por el progresivo abandono de EEUU como mediador en Oriente Próximo, y a pesar de los esfuerzos por reconciliar América con el mundo árabe, la Autoridad Palestina se ha mostrado molesta. Sin banderas ni himno, sin abrazos, sin palmadas en la espalda y sin rodeos. Sienten que fue a hacer negocios sólo con Israel, y le piden a Obama que luche por que se cumplan las resoluciones de la ONU y los acuerdos de paz y que se retiren los colonos judíos y las tropas israelíes en la ciudad de Hebron, donde el conflicto es especialmente traumático.

Su viaje terminaba ayer en Jordania, después de visitar la ciudad de Petra y de cenar con el Rey Abadalá II. Hablaron de Siria hasta que llegaron al postre. Debió de ser después de los orujos de hierbas (u otros digestivos propios del lugar) cuando Obama le donara al monarca los 200 millones de dólares que recibirán para ayudar al país a solventar la atención que necesitan los 460.000 refugiados sirios que ahora viven en Jordania.

Ésta ha sido la primera visita oficial que el Presidente dedica a su mejor aliado en el mundo árabe y también la que ha hecho a los Territorios Palestinos y a Israel. Tres pájaros, demasiados tiros.

Laura Amate.

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