Graffiti en venta vol. II

Ana Pérez Martín

Sigamos por donde lo dejamos: especulación. Ya hemos visto que el alma del graffitero se corrompe un poco con los ceros a la derecha (sí, esos que no encontramos en nuestras indiscretas cuentas corrientes). Pero si de verdad queremos hablar de falta de ética (y queremos) hay que mirar a los que se dedican a la compra-venta de los graffitis: los galeristas, los magnates del mundo del arte.

El graffiti subastado

El graffiti de Banksy "robado" que pretendían subastar

Retomemos el caso del alcalde británico que quiere su Banksy de vuelta y empecemos por el principio. En mayo del año pasado, que se conmemoraban los sesenta años de la Reina de Inglaterra en el trono, el artista quiso hacer una denuncia a la explotación infantil en la fachada de una tienda de “todo a una libra”. Hace unas semanas, en febrero, desapareció el graffiti y apareció en Miami, como una de las piezas de una subasta. ¿Cómo ha ocurrido esto? No sabemos los detalles, pero yo me lo imagino más o menos así:

Música de tensión, algo oscuro va a suceder en las calles del periférico Londres. Un encapuchado, no lo vemos pero debajo de su camuflaje lleva un traje de Armani. Se coloca frente a la pared de una tienda cutre bajo la luz de una farola al borde de la extinción. Coloca algo parecido a un gran pliego de papel sobre el graffiti de Banksy, luego frota con algo por encima pero no podemos reconocer qué es. Quita el papel y, como si de un fresco rupestre se tratara, el graffiti ha desaparecido del muro y ha quedado estampado y en manos del hombre del pasamontañas (algo así como las calcomanías que lucíamos de pequeños pero en proceso inverso). Enrolla su adquisición y desaparece sigiloso. A los pocos días otro hombre de Miami exhibe en el lote de la subasta que ha organizado un graffiti de un niño tejiendo banderas británicas.

Alto. Basta de ficción, volvamos a los hechos reales. En febrero se anuncia que el graffiti será subastado. Keszler, el responsable de la venta, es acusado de estar comercializando algo robado. Y aquí viene una de las paradojas del street art, ¿a quién pertenece el graffiti? Al dueño de la pared donde fue hecho. Si no le gusta tendrá que gastarse dinero en volver a pintar su fachada, pero, si le gusta y lo quiere conservar… ¡es su casa! ¡Que se lo quede! El señor Keszler lo decía así: “Banksy no pregunta si estás contento con el trabajo que ha hecho en tu casa. Es tu propiedad y puedes hacer con ella lo que quieras sin preguntar a Banksy, así que, mucha gente lo destroza, pinta sobre ello. Pero hay alguna gente que ve que vale cientos de miles de dólares, así que están intentando sacarlo de la pared y venderlo”. Además alegaba que la pieza le había llegado de un coleccionista londinense cuya identidad se mantiene oculta (nosotros sabemos que viste traje con pasamontañas) y que lo que él hacía era sólo preservar el arte para que no fuera destruido.

Lo oscuro no termina aquí. Al final no se subastó el graffiti. ¿Si es legal por qué no lo hicieron? Quizá por la presión del alcalde británico. ¿Por qué ese interés repentino en Banksy? El graffiti  se estimaba que alcanzaría entre los 500.000 y los 700.000 dólares en la subasta. ¿Para quién iría el dinero? Quizá entraron en juego los representantes del artista. Aquí volvemos a lo antisistema que es Banksy: hace un año el graffitero vendió en Bonhams diecisiete de sus obras en una subasta de street art que recaudó un total de 900.000 euros. Seguro que su representante está conmigo en afirmar que con lo que se embolsó le ha dado para comprarse unos cuantos sprays y pasamontañas de varios colores.  ¿Alguien sigue pensando que reclamar de vuelta el Banksy es una cuestión cultural? ¿Qué se hizo porque los vecinos lo consideran parte de la identidad del barrio? ¿No se nos han corrompido un poquito los encapuchados del spray?

Píntame un graffiti, pero que no sea contestatario

A los galeristas de repente el graffiti les parece arte y no vandalismo y por eso organizan exposiciones de street art y quieren que sus fachadas estén pintadas con spray. Vayamos con un caso curioso de esos que demuestran que el señor dinero está por encima de todo y que lo reivindicativo está muy bien si llena el bolsillo pero no si hace tambalear la estabilidad político-económica. Enero de 2011, MOCA organiza una exposición de street art en Los Ángeles. Para que todo vaya en sintonía con lo graffitero deciden encargarle a Blu, uno de los artistas, que diseñe un mural para la fachada del museo. Dado el contexto, el edificio está en frente del hospital de veteranos de guerra y de un monumento en honor a los soldados japo-americanos que lucharon durante la Segunda Guerra Mundial, a Blu se le ocurrió hacer un mural recordando la gente que falleció por culpa del ataque estadounidense.

El museo quería un mural, pero algo bonito, no algo que pudiera cuestionar la política exterior estadounidense y su gusto por el gatillo o, también se puede leer, que esos japoneses americanos tan heroicos mataron a su propia gente. Sea cual sea su significado, lo que está claro es que era desestabilizador y el museo decidió, después de haberlo encargado, deshacerse de él porque era “inapropiado” ya que “el MOCA es un invitado dentro de la comunidad japo-americana” según el director. Lo curioso de todo esto es que ni desde el hospital, ni desde el centro cultural creado a raíz del monumento protestaron, según Los Angeles Downtown News. Pero el museo no quería arriesgarse.

A mí me da rabia que los principios se acaben donde empiezan los millones. Que lo que parecía un arte para el disfrute de la ciudadanía que esquivaba el circuito mercantilista se sustraiga de la pared y se coloque en casa de un coleccionista. Que el periodismo de los grandes medios (el que tendría más poder para cambiar las cosas) ya no critique, ni a políticos ni a empresas. Que el graffitero lo permita y se lucre. Que el periodista lo permita y se lucre. Quizá lo que más rabia de todo me dé es que, al final, todos hemos cambiado un titular porque no procedía, o hemos visto cómo en un artículo uno de los partidos políticos se veía más o antes que otro, dependiendo de la ideología, o hemos cubierto un tema porque lo patrocinaba nuestro medio. Pero mejor un graffiti que denuncie una injusticia y luego se venda por cientos de miles de euros que la ausencia de denuncia en el arte. Mejor periodistas que alguna vez han agachado la cabeza ante el poder que ninguna voz que ponga en el punto de mira la injusticia. Todo para decir que, aun con sus sombras, el street art (y el periodismo) no se ha olvidado del todo que está del lado de la ciudadanía.

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