Los dedos de Bebo Valdés

Foto Madoz

Cesó para siempre la brisa rítmica que orquestaban sus dedos finos a lo largo de un piano infinito. Bebo Valdés terminó de tocar su partitura. Y el silencio es más silencio. Y la música es un poco más ruido.

En estos tiempos vertiginosos sólo los obituarios parecen recordarnos que antes que nosotros hubo alguien que ya escribió eso que ahora sentimos. Que ya tocó lo que lloramos en el baño aquella noche. Que ya cantó lo que ahogamos hoy entre el ruido de la gente.

Pero creemos saberlo todo. Creemos haberlo llorado, sentido y ahogado todo. Tendemos a darlo todo por sentado. Estamos convencidos de que nadie puede aportarnos nada nuevo. Nadie tiene el matiz que nosotros tenemos. Tampoco tenemos la necesidad de pedir ayuda.

Y todo esto, además, en un mundo que sacraliza la eterna juventud. La mirada fresca, joven, única es la que manda. El resto es antiguo, viejo, manido. Ideas que huelen a naftalina.

Esa primera mirada es oro puro. La creatividad como llanto de niño es un tesoro. Y al principio todo va bien. Estamos rodeados de un consumo instantáneo que tiene en estas primeras chispas su producto estrella. Pero esa luz se apaga cuando aparece la primera ráfaga de viento traicionero. Entonces todo está oscuro y a tientas buscamos un nuevo interruptor que haga volver la luz.

Pero, de repente, alguien mira a la fría Estocolmo y resulta que allí, educado y callado, hiberna un cubano que convierte las teclas de un piano en genuinas lágrimas negras. Que descubre en cada nota que interpreta una enciclopedia de la vida. Que enseña como los buenos maestros, sin dar lecciones.

Hace tiempo que yo empiezo a tener esa necesidad de buscar a alguien que me traduzca el camino que tengo ante mí. Necesito un café largo y tendido para interrogar a esas personas que ya han escrito, tocado y cantado lo que yo me encuentro, ahora, entre el pecho y la garganta.

Creo que este mundo está asesinando a los maestros, a los ejemplos. A la voz grave de quien lo ha sentido dos veces. Al tacto de esos dedos que acariciaron el vértigo. Y eso nos hace, inevitablemente, más pobres, más huérfanos de libertad. Sin maestros nos quedamos ciegos del pasado y tuertos del futuro.

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