Opionar

Hay fronteras y límites facilísimos de cruzar. Otros no tanto ya que hay que pasar aparatosos y humillantes “check-points”. En su mayoría, las delgadas líneas que por ejemplo a la estupidez le resulta sencillo saltar, son las que vienen del pensamiento público. En las facultades de Periodismo se enseña la “construcción de la opinión pública”. Se enseña y se ensaña. Cualquiera que durante años se tome a pecho estas directrices teóricas catedráticas se acabará erigiendo como una suerte de cruzado contra la ignorancia, cabalgando en pos de la sacra tarea de encarnar el “cuarto poder”. No ya el contrapoder, que debería ser el cometido principal del Periodismo, sino el cuarto. Así, sin sonrojarse si quiera, como si no hubiesen ya suficientes poderes.

Una de las principales tareas de las que se creen en posesión los adalides de la libertad de expresión (da igual a que tipo de libertad defiendas y des rienda suelta o a cual dejes bien encerradito porque no interesa, serás siendo fielmente un adalid), es la de suministrarle a la ciudadanía todos los ingredientes para que cocine su “opinión pública”. Lo malo es que algunos cultivan, recolectan, trituran, cocinan, se comen y degluten para acabar escupiéndolos en la garganta del ciudadano de a pie esos ingredientes.

Estos días dos tertulianos discutían en televisión. Hablaban, utilizándolas como argumentos fuertes y devastadores, de las opiniones públicas española y alemana. Según uno de ellos, una “gran mayoría” de la población alemana (82 millones de personas) estaba convencida de que Merkel hacía lo correcto castigando al sur de Europa. En la resistencia, “un alto porcentaje de españoles” tiene la conciencia tranquila porque no ha vivido de juerga continua al presunto estilo Bárcenas. Generalizar esta mal, pero convertir a dos pueblos en púgiles enfrentados ya supera delirios como los que en Negro sobre Blanco decía Sanchez Dragó que había vivido puesto de ayahuasca.

La “opinión pública” normalmente se mide o capta con estadísticas. La estadística es una ciencia tan fiable como Rodrigo Rato con cuchillos o un mono al frente de Bankia. Y en su nombre se afirman barbaridades sin igual. Si Belén Esteban no hubiese sido en su día “líder de audiencias” no hubiera aparecido a todas horas dando sustos de muerte a millones de incautos televidentes que encendían la tele no esperando tal desagradabilidad de repente. Las audiencias justificaban estas tétricas apariciones. Los gurús de los medios lo tienen claro: “es lo que la gente ve”. Igual, si hubiese otra cosa verían otra cosa y las estadísticas “contundentes” reflejarían lo contrario que ahora.

Un ejercicio curioso para “entender” la canalización de mensajes que buscan moldear deformemente a la “opinión pública” es el de imaginarse la sociedad actual sin Internet y viendo a diario en la calle las portadas de La Razón. ¡Marhuenda que feliz sería! Un mundo siniestro, sin duda, que ha ido también de la mano del siniestro fanatismo futbolístico en expansión estos últimos años a través de una machacante construcción en los medios de comunicación. Si esto sigue así, Sergio Ramos podrá presentarse a diputado y Del Bosque ya no será solo marqués (algo, por otro lado, naturalmente lógico en un país civilizado: otorgar títulos nobiliarios a entrenadores de fútbol) sino un Borbón más, como mínimo. Los amantes de las cortinas de humo serán dichosos y la “opinión pública” se manifestará viva, iluminada, sagaz, brillante y diáfanamente: “lolololololo”.

Fuente de la imagen: veintelíneas.wordpress.com

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