Arte en el buzón

Ana Pérez Martín

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Comunicarse también es un arte. Dejarnos caer en un buzón con nombre y apellidos. Compartirnos, expresarnos. Ser capaces de sentarnos a charlar, aún cuando la simultaneidad espacio-temporal no existe. Romper la ilusión de soledad que crea el hecho de ser la única persona en una habitación y dialogar en formas, colores, recortes, garabatos y letras con un futuro receptor con el que, de alguna forma, compartimos una burbuja con un tiempo que no entiende de relojes y calendarios.

Estoy hablando de arte postal. De la creación que viaja para colarse en la casa de otra persona. Una obra en la que intervienen, al menos, tres pares de manos: las del artista que da rienda suelta a su creatividad para luego estamparle un sello, las del receptor, que no sólo la inspira sino que completa con su presencia, su mirada y su reacción el proceso creativo y las del mensajero que la cuida (o descuida) garantizando (o no) su existencia. Una arte en el que, quizá de manera más explícita que en ningún otro, se entiende la intención de transmitir de un mensaje, la comunicación.

Aunque algunos defienden que el arte postal apareció en los 60 y los 70 con los planteamientos de vanguardia, sus propios supuestos creadores decían que lo que hacían no era innovador. Más bien reivindicaban la consideración del envío postal (que existe desde que lo hace el correo) como un arte, y esa fue su aportación. Hablo del movimiento Fluxus y Ray Johnson al que se considera el primer representante (oficial) de este tipo de arte. Johnson llegó a crear, incluso, la New York Correspondance School of Art, una escuela dedicada al arte postal.

Los vanguardistas hacían arte postal para evitar el sistema corrompido del mercado y las galerías. Buscaban salir del circuito que hablaba más de números que de creatividad, más de rentabilidad que de emociones. Según escribió Isabel Lázaro, doctoranda en la UB, en su tesina sobre mail art, aunque sus principales defensores lo entendían como un arte abierto donde el artista tuviera una libertad total, hay algunas características que lo definen:

– Prima la comunicación por encima de la valoración estética

– Está abierto a la creatividad de todo individuo, sin diferenciación entre amateurs y profesionales ya que toda persona es potencialmente creativa.

– Se mantiene fuera de los mecanismos de mercantilización

– No se puede juzgar ni devolver

– El proceso postal (transportes, anotaciones de carteros…) forman parte de la obra.

Los vanguardistas enviaron piezas muy interesantes, y otros artistas, como Manoel Bonaval  lo siguen haciendo. Eso se encuentra en google y es de recomendada visita. Las fotografías que exponemos hoy soy postales de artistas profanas, anónimas, desconocidas, que a lo largo de los últimos meses nos han ido llegando a través de Arte Profano e Indiscretos. Sus historias irán apareciendo en facebook y seguiremos abiertos a recibir más, incluso… puede que nos atrevamos a empezar algún proyecto profano. Pero eso lo dejamos para la semana que viene. Disfruten de esta discreta muestra de mail art y envíen postales creativas, levantan sonrisas.

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