Autorretrato. Accidente, 1936.

Museo Reina SofíaEs cierto que las cosas pueden pasar por azar pero si la casualidad no tiene tu carta en su baraja es imposible que formes parte del juego. Los pellizcos que esta sección abriga y recopila son, la mayoría, fruto del juego caprichoso de variables que hacen que, por ejemplo, las hojas de un libro recuerden su otoño y caigan en mis manos justo en este momento y no en otro.

Hace unos días, en un museo, paseaba por las diferentes salas como quien quiere escuchar el eco de sus pasos rebotando en las paredes. Con la única presión de mis ojos. Ellos mandaban sobre mis pasos. Ellos eran el timón que decidía dónde virar, dónde desembocar, dónde varar. Y como si hubiera una equis imaginaria en el suelo, justo en frente de un cuadro, dedicada para mí, mis ojos llegaron a puerto.

La leyenda de cuadro decía lo siguiente:

‘Autorretrato. Accidente, 1936.

Alfonso Ponce de León(1906-1936)’

Nunca había oído hablar de ese artista que se retrata de una manera tan original e irónica. La escena es un accidente de coche, con la cara del conductor, la del propio autor, en primer plano con una fuerte brecha en la frente. Completan el lienzo un trozo retorcido del coche, parte de la matrícula y un faro que ilumina la escena nocturna en un zarzal.

De colores vivos, la obra recuerda a los carteles de ese cine primerizo y exuberante de los años veinte y treinta del pasado siglo XX. En cualquier caso, el cuadro rebosa personalidad, humor, ironía y abre el camino a un universo muy poco transitado por el Arte español. Pero no le dio tiempo a seguir ese camino. En septiembre de 1936, el artista madrileño fue asesinado por ser un conocido militante falangista, fue cofundador de la Falange Española e incluso fue el dibujante de su emblema. En esos meses de confusión, donde cada bando se tomó la justicia por su mano, Alfonso Ponce de León fue señalado a las primeras de cambio. Y a partir de ahí, el silencio más absoluto.

Nada se volvió a saber de un artista que en esos sus primeros años buscaba su universo, su punto de vista. Viajó a París, conoció a Picasso pero no le atraía ese nuevo mundo que se abría con el nuevo siglo. Buscaba otras cosas. Inquieto y curioso, Ponce de León colaboró con el cineasta Edgar Neville en varias producciones e incluso diseñó escenografías para el proyecto de teatro itinerante de Federico García Lorca, La Barraca.

Lo que la guerra, los bandos y el sectarismo se encargó de arrinconar y etiquetar durante las décadas posteriores se ve plasmado en esos primeros pasos. La libertad de crear, de relacionarse unos con otros desde su propia visión política y cultural sin perder de vista el objetivo principal: El Arte.

Emociona ver ese primer y último cuadro. Inicio y fin de una mirada ya consistente que sólo podía crecer y que ya únicamente podrá avanzar en la imaginación de cada uno de los que como yo, se quedan quietos sobre una equis imaginaria mirando, con una media sonrisa, el retrato de un pintor accidentado.

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