Secuelas de un estado de bienestar ficticio

Juan Haro      @HaroJuan

A menudo tendemos a obviar el sentido que otorgamos a nuestras vidas. La rutina del día a día se convierte, de lunes a viernes, en un viaje continuo de casa al trabajo y del trabajo a casa. Durante el fin de semana, algunos, aprovechan para hacer la compra de la semana, preparar la comida familiar, retomar el trabajo acumulado en casa y si hay tiempo, hasta se echan una siesta el domingo. Los peor parados, prosiguen con su jornada laboral sábados y domingos.

Kibutz israelí

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Vivir por y para trabajar no es sino un ritmo de vida que genera estrés, depresión, mal humor, ansiedad, apatía… Para una inmensa cantidad de personas, este es su modo de vida. ¿Es esta la dirección y el significado que queremos dar a nuestras vidas?

Muchos se responderán a sí mismos: “No es esta la vida que yo he elegido, pero sí la única que me han dejado”. Desgraciadamente, para muchos, es así. Sin embargo, ¿quién ha traspasado los límites del falso “Estado de Bienestar” en el que sobrevivimos? Nosotros.  El propio ser humano, sumido y preso de la codicia, del ser y tener más que el prójimo. Y son las empresas las que mayor beneficio han sacado de ello. Exprimir al trabajador con sueldos incoherentes de acuerdo con las horas trabajadas, es la mejor receta para ser productivos y competentes en un mercado de tiburones.

Según el último estudio elaborado por la OCDE y publicado por Instituto de Estudios Económicos,  los españoles trabajaron una media de 1.690 horas durante 2011. Estos resultados le sitúan por debajo de la media internacional, pero por encima de Alemania con un 19,6% menos que el índice español. Estos datos dan mucho que pensar. ¿Trabajamos más pero producimos menos?

Lo cierto es que dedicamos una cuantiosa cantidad de horas de nuestras a vidas al trabajo y eso no parece ser suficiente para ser lo que se denomina “un país eficiente”. Volvemos a desembocar en la misma reflexión: el falso estado de bienestar creado a conciencia por nosotros mismos nos niega valores que nos han hecho durante siglos ser más humanos. La vida en familia, el desarrollo de una estructura ética humana, la libertad para decidir, crecer como personas… Conceptos simples y manidos, pero que han sido relegados a un segundo plano a favor de otros privilegios.

ghandiDe acuerdo con el Convenio Colectivo aplicable, el máximo de horas semanales es de 40 computables anualmente. Empresa y trabajador pueden negociar jornadas inferiores, pero nunca superiores. Esto se traduce en que el trabajador tendría una jornada laboral diaria de aproximadamente 8 horas. Hecho que no se cumple. La crisis ha aumentado el miedo al despido entre los trabajadores y ya nadie pone reparos en acumular horas extras sin recibir compensación económica. Estar sin empleo hoy en día supone estar muy cerca de la delgada línea del desahucio o de cruzar el umbral de pobreza. No es dramatismo, es la querida realidad.

Parece complicado interiorizar el cómo estos valores pueden compatibilizarse con jornadas laborales de 9 horas y con personas que llegan exhaustas a sus hogares. El ser humano nace como tal, pero eso no es suficiente para aprovechar el tiempo que se nos ha dado. Todo depende de las metas y objetivos que uno se plantee en la vida y qué entendemos por la consecución del  éxito en la misma.

La solución es más sencilla de lo que parece. El cambio pasa por reflexionar y preguntarnos a nosotros mismos si todo cuanto poseemos, nos rodea y es parte de nuestro día a día, es realmente necesario para vivir una vida en paz y armonía con uno mismo y con los que le rodean. La revolución empieza por uno mismo, por los pequeños detalles.

  explotacion-laboralCada vez son más los que abandonan la urbe, en busca de la paz y libertad prometidas. La vida en el campo o cerca de las costas no urbanizadas, guardan placeres para el ser humano, sólo alcanzables sin los lujos a los que nos hemos acostumbrado y sin el derroche del que nos surtimos en la actualidad.

 ¿Merece la pena vivir así? Sobrevivir para poder pagar el seguro, el coche, la hipoteca, la luz, el agua, la gasolina, la educación de los hijos, la comunidad de vecinos, el ordenador… A esto hemos llegado, son secuelas de un estado de bienestar ficticio. Apoyar esta teoría no significa ser un holgazán, pecar de indolencia o gozar  de la desidia. Que nadie se confunda. El trabajo enriquece, nos hace progresar, pero en su justa medida.

Los expertos y algún que otro político, aseguran que somos la sociedad más avanzada del mundo. Probablemente así sea. Tenemos las mejores infraestructuras jamás diseñadas, proyectos presuntuosos de transporte, edificaciones arquitectónicas de asombroso nivel, servicios públicos de alta calidad (no para todos),  una seguridad social digna (no en todos los países de occidente), carreteras fruto de ambiciosos proyectos, etc.  Pero, ¿a qué precio? ¿Qué costo debemos asumir, más allá del económico, para poder consumir todo el desarrollo creado? Ese costo, está por encima de nuestras posibilidades, nos ha rebasado. Hemos dejado de otorgar importancia a otras facetas vitales que generan igual o mayor felicidad que todo ello a menor coste.

 Todo se resume en que ya son las 8 y cuarto de la tarde y apenas queda luz. Entré a las 9 de la mañana a trabajar, tenía que recuperar horas. Ya no tengo ganas de nada más que llegar a casa y salir a correr. Para mí es un día inusual. Para muchos de los que no levantan la vista  de la pantalla a mi alrededor, es su día a día, su rutina, su vida. Y todavía no se han ido, siguen ahí. El trabajo nos consume y absorbe el sentido de nuestras vidas. Evitémoslo en la medida de lo posible. Nunca es tarde si la dicha es buena.

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