La Gaceta o: cómo aprendí a amar el periodismo

Corren malos tiempos para esta profesión. La crisis nos conduce hacia una catarsis que está dejando a su paso varias defunciones y muchos despidos. Cadenas, revistas, agencias y periódicos certifican con su muerte la obligada transformación de un sector embarrancado.

Como ya adelanté hace algunos meses aquí, el diario La Gaceta es uno de los muchos medios que deambulan diariamente cerca del precipicio que separa la supervivencia de la desaparición. Tras sellar su segundo ERE en menos de un año, la cabecera se ha quedado con los pies colgando al borde del abismo.

La Gaceta de los Negocios nació unos meses antes que yo, en 1989, como un diario de información económica que aspiraba a hacer la competencia a Expansión y Cinco Días. En 2009, el presidente de Intereconomía, Julio Ariza, un ex-político del PP catalán que pretendía convertirse en el Polanco de la derecha, compró la empresa editora del rotativo, Grupo Negocios de Ediciones y Publicaciones S.L., gracias a un crédito de Caja Madrid de 16 millones de euros.

Con el nuevo director Carlos Dávila, un rottweiler periodístico de los de la vieja escuela, La Gaceta vivió sus mejores momentos. Reconvertido en un diario generalista, sus feroces hachazos a Zapatero y a todo lo que oliese a izquierda le granjearon tiradas superiores a los 80.000 ejemplares (las ventas de El País y El Mundo rondaban los 300.000 y 200.000 ejemplares respectivamente) y un espacio relevante dentro de lo que ellos denominan “la derecha sociológica española”. Si en 2008 el rotativo presentaba un ERE por las constantes pérdidas, en 2010 sus cuentas arrojaban un beneficio bruto de 415.325 euros.

El punto de inflexión vino a finales de 2011. El cambio de gobierno dejó al periódico sin su principal diana. Pocos meses después, Dávila abandonaba la dirección. Ya sea por los incidentes judiciales o por diferencias religiosas, lo cierto es que su salida dejó al diario descabezado. Esta orfandad directiva, unida a la crisis de los medios impresos, hizo que las ventas se despeñaran.

En mayo del año pasado, Intereconomía presentó un ERE para 140 trabajadores que impregnó la redacción de un pútrido olor a pufo. La Gaceta, cuya tirada se acercaba por entonces a los 20.000 ejemplares, echó a 42 trabajadores –que siguen esperando parte del dinero de su indemnización-, un tercio de su plantilla. Entonces, se creó una cuenta de Twitter que se ha convertido en el peor azote de los acólitos de Ariza. Un mes después de aquello, una camada de 30 becarios entró para sustituir a los despedidos.

El principio del fin

En septiembre, Eduardo García Serrano fue nombrado nuevo director. Este veterano periodista, cuya vida profesional había transcurrido sin pena ni gloria hasta que una noche llamó a la consejera de Sanidad de la Generalitat “zorra” y “puerca”, llegó al cargo con la fatua premisa de “ganarnos a los lectores de El Mundo”. Lo cierto es que las ventas siguieron desplomándose día a día. García Serrano se vio abrumado por la titánica tarea de revivir a un diario en coma y fue sustituido por José Javier Esparza, ‘el pirata’ para los amigos.

Un corsario de los medios

Un corsario de los medios

‘El del parche’ es un gran historiador, sin embargo, sus aptitudes como periodista son más bien limitadas, y como director, nulas. Mientras que Dávila alardeaba constantemente de las personalidades con quien comía cada día (no olvidemos que en esta profesión las relaciones públicas son tan importantes como saber escribir o tener un buen par de tetas), contactos que proporcionaban entrevistas o información privilegiada, los mediodías de Esparza como patrón de La Gaceta le encuentran en su despacho de lunes a viernes, acompañado de un tupper y un zumito.

La ineptitud, en cualquier caso, es un denominador común en el equipo directivo. La mayoría de subdirectores se preocupan más de copiar a El Mundo y contestar con un servicial “sí buana” a cada antojo del presidente que de crear un periódico en condiciones. Y eso los lectores, que pese a lo que muchos piensan, no son retrasados, lo notan. De poco sirve un rediseño si los contenidos vendidos son poco más que un volcado de los teletipos que vomitan las agencias.

Además, desde que llegó al poder, el PP se ha olvidado de uno de sus principales aliados en la trinchera antipsoecialista. La Razón y ABC acaparan las entrevistas y exclusivas que los intereconomistas esperaban recibir a cambio de su fiel entrega durante los años de Rajoy en la oposición. Esta amnesia ha sido determinante en la configuración de una táctica basada en dar palos a todo lo que se mueva. Instituciones otrora intocables como la Iglesia o el propio PP han sido foco de la furia gacetera recientemente. La estrategia suicida que apelaba a la independencia de la que el grupo siempre presumió también ha sido un completo fracaso.

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Mientras tanto, los trabajadores siguieron desempeñándose en sus puestos de la mejor forma que sabían. Cada mes, los retrasos en los pagos se hacían más estridentes, pero ello no fue óbice para que mantuvieran el tesón de sus primeros años como periodistas. En una plantilla en la que a los becarios se les adeuda cuatro nóminas y al resto de trabajadores cinco o seis, lo lógico es que cunda el desánimo y el mal humor. Pues en el edificio alquilado del Paseo de la Castellana la gente aguantó el tipo, haciendo de tripas corazón y confiando en que el temporal amainaría pronto.

Supeditados a la incompetencia de sus superiores, la redacción emuló a la orquesta del Titanic, tocando los instrumentos y manteniendo la calma mientras el capitán dirigía el buque derecho al fondo del mar. Pese a que las deudas y los problemas se acumulaban en casa, los periodistas sacaron fuerzas y motivos de donde apenas quedaban para intentar mantener la nave a flote.

Lidiando con los impagos y con las chorradas editoriales habituales de la casa, la gente siguió haciendo su trabajo dejándose los huevos. Personas a las que se les debían cantidades superiores a 10.000 euros siguieron matándose en cada artículo, saliendo de la redacción mucho más tarde de cuando deberían e incluso pasando varias madrugadas buscando información para escribir temas propios, algo, como poco, loable.

El insomnio voluntario, los esfuerzos extraoficiales y la dedicación exhaustiva de la plantilla no sirvieron para remontar el vuelo. En enero, con las ventas en torno a los 15.000 ejemplares –la mitad de las de diarios provinciales como La Nueva España o La Verdad de Murcia-, la empresa declaró el pre-concurso de acreedores (plazo para renegociar las deudas con bancos y proveedores antes de que se declare oficialmente la suspensión de pagos) y en marzo presentó un plan de viabilidad que incluía el despido de 70 de los 98 trabajadores.

En ese momento, el hastío de la redacción, que había permanecido latente entre los ordenadores y las impresoras, explotó en forma de huelga indefinida. La incertidumbre se había convertido en indignación, en la sensación de que la empresa había tomado a sus empleados por imbéciles y se había aprovechado gratuitamente de su sacrificio. Gente que dedicó la mitad de su vida a una compañía se encontró con el ostracismo más cínico a cambio.

Los talibanes de la casa y los cobardes que temen más al paro que a un empresario moroso fueron los únicos que no secundaron la protesta. Día tras día, los trabajadores se concentraron a las puertas de un edificio custodiado por una efigie de Juan Pablo II reclamando lo que legítimamente era suyo.

La postura oficial parida desde arriba asegura desde hace medio año que no hay dinero y que las malas ventas obligan a un nuevo despido colectivo, una versión que contrasta con el hecho de que el presi participe en, al menos, 17 sociedades mercantiles y se acabe de comprar otro chalet en Mirasierra.

El bueno de Ariza

Cuando cerró la edición de papel de Público, el propio Ariza graznó a los cuatro vientos que Roures, el magnate que controlaba al diario rojeras, debía utilizar su riqueza para impedir el despido de decenas de trabajadores. Dos años después podemos comprobar que la “catadura moral” del fundamentalista presidente de La Gaceta es poderosamente similar a la de sus más acérrimos enemigos ideológicos. Lo peor de todo es que si un juez declara la empresa en quiebra y decide liquidarla para pagar a los trabajadores, no hay nada que vender porque todos los activos (licencias, edificios, etc.) son alquilados salvo los bolis y unos teclados y ratones de escaso valor.

Además, Ariza ya se ha encargado de poner sus posesiones a nombre de sociedades y testaferros para que, en caso de que se le exija la responsabilidad patrimonial (que el dueño de la empresa pague las deudas corporativas con su dinero), se pueda declarar insolvente -táctica habitual de otros empresarios de su misma alcurnia, tales como Gerardo Díaz Ferrán o José María Ruiz Mateos-.

El "humanismo cristiano"de Ariza (Prnoticias)

El “humanismo cristiano”de Ariza (Prnoticias)

Esta semana se ha cerrado el segundo ERE con la cifra final de 55 despidos (en el conjunto del grupo se echará a 140 personas) y el aniquilamiento del comité de empresa y de varias secciones enteras. Entre ellas, Economía, núcleo original del diario y leitmotiv primigenio del grupo ultraderechista (no se llama ‘Interpolítica’ o ‘Interfachas’, sino Intereconomía).

En teoría, los trabajadores cobrarán una indemnización de 24 días por año trabajado –antes de la última reforma laboral la indemnización debía ser de 45 días- así como todas las nóminas que se les debe, promesas de las que se desconfía después de tantas semanas escuchando que “el próximo lunes cobráis, en serio”. Los becarios que entraron tras el primer ERE y resistían en plantilla han sido cesados, posiblemente para ser sustituidos por otros aprendices que acepten el insulto de trabajar gratis.

De este modo, La Gaceta inicia la que seguramente será su última etapa –al menos en papel-  con cuarenta profesionales y demasiadas sillas vacías. Los despedidos nos enfrentamos ahora a un futuro laboral enigmático, sabiendo que nuestra mayor recompensa es la profesionalidad que hemos mamado de quienes han currado a nuestro lado, pero consicientes de que la suerte que acecha a aquellos que no son tan jóvenes no invita a ponerse muy optimistas. Una historia repetida demasiadas veces en este puto país y en esta puta crisis. Justos pagando por pecadores en la enésima crónica de una muerte anunciada.

Daniel Vega

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3 responses to “La Gaceta o: cómo aprendí a amar el periodismo

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