Cartas

wildebesosNecesitamos verdad. No es la primera vez que sale esta afirmación por entre estos párrafos. A veces es mucha la verdad que demandamos. Llega un momento en que ya no vale que la ficción recreada emocione como si fuera real. Un día deja de ser suficiente ese engaño tácito sobre el que sustenta el teatro o la literatura. Ese velo, ese prisma sobre el que se coloca el Arte debe ser rasgado, desplazado para ver lo que hay detrás.

Es entonces cuando llega la necesidad de investigar en la vida de aquellos autores que emocionan y consiguen sintonizar con nuestros sentimientos. Y aquí aparece un género literario-biográfico realmente rico y lleno de matices: Diarios y cartas de escritores.

He descubierto que en mi biblioteca cada vez hay más libros dedicados a las relaciones epistolares de mis autores favoritos. Incluso de alguno de ellos he indagado más esa vía que la estrictamente literaria. Digo estrica porque los diarios y cartas son un paso intermedio antes de adentrarse en las biografías de dichos autores. El texto biográfico puro pierde, a mi juicio, el pulso, el latido concreto, la tensión del instante recogido en esa pequeña entrada del diario o en esa carta escrita en una noche en vela a un amor efímero.

Un conjunto de cartas, por ejemplo, es como subir a una vida en marcha. Normalmente es una vida ya pasada, ya muerta, ya parada. Sin embargo,  te vuelve a enganchar, una y otra vez, con la locomotora de una existencia muy concreta y determinada. Y con la calidad literaria o, al menos, el universo de cada autor intacto en cada línea.

Una de las primeras cartas que yo leí fue el De Profundis que Oscar Wilde escribió en la cárcel de Reading a su novio y gran amor Lord Alfred Douglas. La redactó en un momento muy concreto, lleno de ira, de desprecio. Ya sabemos que después matizó ese sentimiento y al salir de presidio se volvió a ver con él en Italia. Quizás por eso tiene más fuerza aún. Pensar en ese Wilde abatido, derrotado, sentado frente a un papel y escribiendo cosas como que “el recuerdo de nuestra antigua amistad me abandona raramente, y siento honda tristeza al pensar que mi corazón, antes henchido de amor, está ya para siempre lleno de maldiciones, amargura y desprecio” es algo que me agarra la garganta sin soltarla.

Las cartas que, por ejemplo, se cruzaban Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre desgranan una relación tan compleja como emocionante incluso más allá de los libros que cada uno publicó. O conocer los miedos cotidianos que tenía Virginia Woolf o Emily Dickinson da una dimensión más humana, real, de porqué estas escritoras escribían  como lo hacían. Que las impulsaba y que las detenía

Es un viaje delicioso coger ese tren lleno de paradas rutinarias, de lugares comunes que los acercan al lector y a la vez encontrarse con nuevos paisajes y nuevas estaciones por las que jamás habíamos pensado pasar.

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