Cuarenta metros de vacaciones

Ana Pérez Martín

Son casi las 10 de la noche; delante, el último transbordo del día. Pesan en los párpados las horas de pantalla y llevo el paso acelerado y la mente fija en la conquista del sofá. La escalera mecánica, a la que me parece deberle la vida, termina y escucho, en mis piernas que se niegan a volver al ritmo de carrera, las primeras notas. La voz ligeramente rasgada de Arnold Gumbs invita a un momento de pausa en este pasillo que podría estar en cualquier lugar. Cruzo una primera vez, siguiendo su rasgueo con mis pies y paro al final: alguien me está cantando relax y buenas vibraciones y no tiene sentido dejarlo pasar. Lo mismo le ocurre al chico de la guitarra, que ha pasado en dirección opuesta a mí y ha quedado atrapado delante del artista que parece querernos llevar de vacaciones. Pasa el tiempo, la cadencia no cambia, la respiración se acompasa. El chico vestido de reggae se ha parado hace tiempo al lado del maestro, “are you coming to jam?” escucho que le dice sin perder el ritmo. En respuesta desenfunda su guitarra, copia con sus rodillas el vaivén de Arnold y empieza a improvisar notas de compañía. “Nos conocimos hace unos días por aquí” me cuentan más tarde, no son los primeros que veo que juntan sus músicas en este subterráneo de vías y minutos de espera. Arnold Montrose Gumbi Igumbi the Umeweist, es su nombre artístico, lleva un año tocando en el metro de Barcelona. Su salud no es demasiado buena, pero eso no lo sabe su música. La gente cruza de línea 5 a línea 4, 40 metros de Jamaica que rompen con la rutina de caras largas del final del día. Una chica baila (minuto 3:55) y es miércoles y es marzo en el metro. “¿Cuál es la razón de que lo encuentre aquí?” “Si no puedes conseguir un gran escenario, te conformas con este” me dice con  un toque de frustración que no roba energía a sus acordes y me recuerda que su música se puede comprar en Amazon y iTunes. “¿Qué tal te trata Barcelona?” le pregunto, “me gusta, aquí la gente sonríe más”. Es lo de menos, pienso mientras me alejo. Pesan mis zapatos, como si se hubieran llenado de arena de esta playa de baldosa y megafonía chirriante, para no perder el ritmo de las vacaciones inventadas de Arnold.

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