A la inmortalidad comprando arte

Ana Pérez Martín

Cuando muera quiero no estar muerto. La inmortalidad es un deseo tan absurdo como común, las recetas para hacerlo realidad muchas: hay quien lo ha conseguido liderando la lucha contra el apartheid, dedicando toda una vida al cuidado de pobres, huérfanos y malheridos, componiendo sinfonías, escribiendo libros… Pero el capitalismo se ha inventado una mucho más sencilla: comprarla.

Leonard Lauder, conocido por la marca de cosméticos que luce en la cara de miles (o millones) de mujeres cada día, donó hace dos semanas su colección de cubismo valorada en algo más de 1.000 millones de dólares -que contiene 33 cuadros de Picasso, 14 de Gris, 14 de Léger y 17 de Braque- al MET de Nueva York. Es la octava parte de su fortuna, lo que lleva a calcular que aún guarda siete billones de dólares para imprevistos y algún capricho que puedan surgir en los años que le quedan de vida –ahora tiene 80-.

El mundo del arte rendido a los pies del señor de las cremas. Su nombre ya forma parte del museo –estará estampado en la sala donde se expondrá su colección- y lo seguirá haciendo para siempre. Su generosidad -aquí hay que tener en cuenta que gracias a las leyes de mecenazgo estadounidenses desgravará el 100% de los impuestos- ya merece comentarios como este de “JK” lector de The New York Times: “espero que continúe teniendo una vida productiva llena de las innumerables gracias de todos aquellos que nos beneficiaremos de su brillantez y su honestidad”.

La “brillantez” de este señor consiste en haber decidido destinar su inversión en arte sólo a comprar cuadros de la primera etapa del cubismo. Es un coleccionista con buen ojo, ha encontrado un “nicho” –la situación es apropiada para utilizar terminología económica- dentro del mundo del arte y, sobre todo, tenía el dinero para hacerse con los cuadros que, aunque estuvieran a buen precio porque no fueran la moda del momento en las subastas, no creo que fueran asequibles para cualquier ciudadano de a pie.

Leonard Lauder ya tenía asegurado su paso a la historia como multimillonario pero ahora lo hará también como un gran donante, un hombre importante para la cultura. Todas las grandes fortunas deberían tener una gran sombra ética detrás: ¿por qué yo ya ni sé qué hacer con mi dinero y hay tanta gente muriéndose de hambre? Además de esta irremediable culpabilidad, hay algunas que guardan más polvo en su rincón oscuro.

La de Leonard Lauder es una de ellas. La empresa de cosméticos familiar está en la lista roja de Greenpeace por utilizar tóxicos peligrosos en sus productos y exponer diariamente a la población a ellos. La compañía, además, se niega a dar la información que necesita la ONG para analizarlos. Por otra parte, en 2010, a MAC, una de las marcas de Lauder, se le ocurrió lanzar una gama de productos inspirada en las mujeres muertas de ciudad Juárez con nombres como “quinceañera” –por la juventud de las víctimas- o “fábrica” –que es donde trabajan la mayoría de las asesinadas. Una compañía muy comprometida socialmente.

Grant, otro lector de NYT, dice de la donación “es algo feliz, una buena obra, que recordaré cada vez que vea el nombre de Estee Lauder”. Así se crea una opinión pública favorable, así se pasa a la eternidad, con el bolsillo lleno y la conciencia tranquila.

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