Colorines

En Europa hay unas dos mil lenguas diferentes con las que decir joder, que puto frío hace hoy. Sumando dialectos, antes de que terminásemos de decir las miles de frases diferentes para expresar el puto frío de hoy, llegaría agosto y estaríamos chorreando del calor. En España sólo, mucha gente lo expresaría variando tonos y colores, gradaciones del habla: ¡hace mazo frío, tron!, ¡vai frío fora, carallo!, ¡fai friu, ho!, ¡chacho, fuerte frío!, ¡hotz egiten du!, ¡fa fred!, ¡jodo que frío, co! y un largo etcétera (palabra no española, sino latina, que significa literalmente “y lo demás, y lo que sigue”. Los llamados cultismos, vaya). Lo que no cambiaría en ningún momento sería el frío. Incluso habría gente que podría decirlo silbando.  Al frío no le importaría. No se “rompería”, eso lo avisamos ya, para que ningún conservador sienta ahora mismo una llamada divina a la cruzada contra las lenguas en pos de la no rotura del frío.

Una riqueza tan amplia y vasta, que ningún Parlamento Europeo podría acoger en su seno. Son 23 las lenguas oficiales con las que trabaja la Unión Europea, y aún así les parecen muchas. Una Torre de Babel institucional, como les gusta definirse. La UE no deja de ser una mueca grotesca, reducida y ridícula  de la verdadera riqueza del viejo continente. Estoy seguro de que Angela Merkel y sus muchachos de seguridad saben como se dice “hija de puta” en italiano, pero si usted se la encuentra por las calles de su barrio podría gritárselo en alguna versión calabresa  mientras baila alegremente una tarantela . Ella sonreirá y pensará que es una muestra de respeto indígena, o una suerte de danza de la lluvia, depende de lo que haya desayunado. Y usted se apunta un tanto. ¡Aupa!, como dirían en una vecina aldea irreductible.

Las lenguas y las culturas que las ven nacer, son un patrimonio de las gentes que las utiliza, y ningún Estado Nación europeo tiene derecho o potestad de acabar con un patrimonio público y probablemente más antiguo que el propio Estado. Menos aún declarándole la guerra. Es más, bien entendidas, dichas pequeñas culturas y sus respectivas lenguas pueden concebirse como arte, unas ventanitas por donde entra aire fresco en una ya viciada Europa. Bagadòus, bertsolaris, rapas das bestas, castellers, peil ghaelach, operas dei pupi son sólo algunos ejemplos de esa creatividad que algunos intentan descalificar llamándolas folclore, y que se enfrentan al estereotipo ruin y vacío de España, toros y olé, de baguete, cruasán y torre Eiffel, de mafia comiendo pizza, o de God save the queen.

Los mapas cambian pero las culturas prevalecen. Los conflictos territoriales no son más que la muestra de que el modelo centralizador y monocultural ha fallado. La convivencia no se nos ha dado bien. El respeto se perdió hace tiempo.

Frente a los aires globalizadores, mientras en cualquier aldea de Asturias todavía se pueda comer un buen plato de fabes y no una hamburguesa del McDonalds, podemos estar tranquilos y sobre todo, disfrutar. Y quién sabe, igual en un futuro el turismo no se haga en aviones o trenes, sino a pie.

Fuente de la imagen: galegosbenavente.webs.com

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