La música es el camino

Rayos entre las tinieblas (viciousmagazine.com)

Rayos de esperanza entre las tinieblas (viciousmagazine.com)

Los años de vacas flacas enaltecen buenas ideas con la misma vehemencia con la que hunden proyectos adultos. En este país, una de esas ideas que mejor está capeando el temporal son los festivales musicales, eventos culturales que congregan a decenas de miles de personas en una localidad que recibe una reconfortante inyección económica durante los días en los que se celebra.

En un momento en que la Industria musical agoniza, los festivales han ido creciendo a medida que la situación económica se recrudecía. Música sempiterna, sol, bebida y buena compañía son los pilares de un negocio que el año pasado vio como el número de asistentes creció un 26% -según los datos de la honorable SGAE- en medio de un derrumbe generalizado del sector.

Con el paso de los años, la oferta temática se ha ido ramificando hasta esculpir un heterogéneo abanico. Noches de rock (Derrame Rock, Aupa Lumbreiras, En Vivo…), techno (Aquasella, Monegros, Dreambeach…), jazz (Barcelona, San Sebastián…) o cositas de modernos (Primavera Sound, SOS, FIB…) aliñan los meses que envuelven al verano peninsular.

En este apogeo, el cambio en las políticas de precios ha sido decisivo. Muchos promotores han decidido congelar o bajar el precio de las entradas pese a la subida de 13 puntos del IVA cultural. El Viña Rock, que ha celebrado su decimoctavo cumpleaños este fin de semana en Villarrobledo y ha contado con la presencia de más de 70.000 personas –incluyendo a buena parte de la redacción de INDISCRETOS-, agotó todos sus abonos antes de que comenzara el evento por primera vez en sus casi dos décadas de vida. Los bajos precios de las entradas, que oscilaron entre los 30 y los 50 euros, dispararon las compras hasta el máximo de 61.000 entradas. Junto a estos asistentes, cerca de 10.000 festivaleros más se citan cada año en el ‘Antiviña’, un enjambre de free parties que sirve de alternativa gratuita a los conciertos oficiales.

El torrente monetario que estas fiestas insuflan a las economías locales constituye una valiosa ayuda en un tiempo en que los puestos de trabajo cada vez son más escurridizos. En la provincia de Castellón, donde el turismo tiende a concentrarse en torno a ese templo del ocio maqueto que es Marina d’Or, los festivales aportan más de 40 millones de euros y generan 7.000 empleos cada año.

Sólo el FIB crea 18 millones y 3.000 trabajos en Benicassim, a los que se suman 12 millones más del Rototom. El Arenal Sound supone otros 3.000 empleos y 12 millones para Burriana, cifras idénticas a las del Viña Rock albaceteño. El Sónar y el Primavera Sound, de Barcelona, atraen 50 y 65 millones respectivamente, y las subvenciones públicas que reciben no superan el 5% de su presupuesto.

Pero no todo son buenas noticias. Algunos no han soportado el peso de la crisis y se han visto condenados a echar el telón, en el mejor de los casos para hibernar. El Extremúsika, el Creamfields andaluz o el burgalés Electrosonic son algunos de los desaparecidos. Tras muchos veranos con la cervecera Heineken como pareja de baile, el FIB declaró en febrero la suspensión de pagos, circunstancia que no impedirá una nueva  reunión de hordas de guiris etílicos en torno al litoral castellonense como cada año.

Al margen de las adversidades económicas, estas fiestas también tienen que lidiar con obstáculos ideológicos impuestos por retrógrados aficionados a esa costumbre tan ibérica de odiar xenofóbicamente lo que no se conoce. La intolerancia del PP expulsa a muchos festivales de sus lugares de nacimiento, que deben huir en busca de otros fueros donde la libertad sea algo más que una socorrida coletilla para los discursos oficiales.

Especialmente flagrante es el caso de la capital, donde todo lo que huela a Euskadi genera ardores intestinales y un pánico gubernamental ensordecido por los gritos de “¡Terroristaaaas!”. Berri Txarrak, Su Ta Gar o Soziedad Alkoholika son censuradas constantemente en los locales madrileños, donde la opresión de un viejo bando todavía derrota con facilidad al hambre de cultura de la mayoría. S.A. fueron llevados a la Audiencia Nacional por la Asociación de Víctimas del Terrorismo, donde la Sala Primera de lo Penal dictó que sus letras no hacían apología del terrorismo. Ello no impidió que su participación en el En Vivo de Getafe provocara la ira de los peperos de la región. Dicho festival y sus beneficios colaterales se tuvieron que trasladar el año pasado a Rivas, donde gobierna IU. El Derrame Rock o el Aúpa Lumbreiras, uno de los pocos que no recibe dinero público, también han ido cambiando de sede por persecuciones institucionales. Hace unas semanas, la Junta de Gobierno Municipal de Alcalá de Henares expulsó a Fermín Muguruza del cartel de Planet Babylon. Y es que la cultura y la libertad están muy bien, pero sólo para lo que la gaviota disponga, el resto es ETA (o Rubalcaba, que es todavía peor).

Lo que está claro es que los festivales pueden ofrecer una significativa inyección de riqueza si se organizan bien. Más allá de los evidentes dividendos económicos, fomentan la protección de la cultura además de servir como plataforma de presentación de la región y sus artistas. Por ello se han convertido en una jugosa alternativa de ocio que las economías regionales no deberían  desaprovechar.

Daniel Vega

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