Vuestro hormigón, nuestro arte

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Ana Pérez Martín

El Poblenou era un barrio de casas bajas y modestas con balcones que invitan a geranios. Eso se descubre callejeando cerca del mar. También era un barrio industrial que quisieron reconvertir en… el paraíso de la arquitectura exhibicionista (sí, esa de “yo más grande”). La Torre Agbar es seguramente el mejor ejemplo (además brilla en la

Los grandullones de Poblenou

Los grandullones de Poblenou

oscuridad), pero no el único. La mole verde y plateada que parece venida del espacio exterior de MediaTic y el mamotreto de acero y vidrio de la Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones son otros de los edificios que ha “vomitado” el plan 22@ de Barcelona, dispuesto a modernizar áreas grises.

Querían construir mucho pero se explotó la burbuja y el Poblenou se quedó con solares desiertos sin edificios supersónicos y con unos altos muros que dejaran claro que ese trozo de nada tenía un dueño, y no era el barrio. La crisis va despoblando, además, lugares que antes tenían vida y dejándolos derrumbarse poco a poco, avergonzados tras la maleza y detrás de altas vallas. Así, paseando por las calles de Poblenou no es raro encontrarse antiguas naves que no se desploman porque aún conservan su orgullo pero hace tiempo que nadie las usa, comercios que cerraron sus puertas y se abandonaron al olvido. Un barrio con tendencia al gris y las paredes desconchadas, pero con altos edificios de arquitectos famosos.

Vomitando hormigón. Artista: Jabunda Foto: Ainamar

Vomitando hormigón. Artista: Jabunda Foto: Ainamar

Los artistas profanos de Barcelona “trabajan en este barrio con la idea de la apropiación del espacio humano y mental” contó la artista Annamaria Muscaridola en el tour de street art organizado ayer por Niu espai artístic contemporari dentro del ciclo From the street. Unos denuncian la invasión del hormigón, otros luchan contra los muros que separan el barrio de sus habitantes saltándolos y reivindicando su lugar.

Ante un enemigo fuerte lo mejor es unirse. Jabunda hace esculturas de hormigón,  “el material que está matando las ciudades”, explica Annamaria. Utilizando las mismas armas de la deshumanización del barrio, sus obras se camuflan en los muros para vomitar especulación hecha cemento y denunciar que se han quitado espacios a las personas para cedérselos al vacío. “Sirve también para que permanezca más tiempo”, aclara la guía, las esculturas de hormigón son más difíciles de “limpiar” que las pegatinas o las pintadas.

Entre rejas. Escultura hecha con celo. Anónimo Foto: Ainamar

Entre rejas. Escultura hecha con celo. Anónimo Foto: Ainamar

En un antiguo restaurante, ahora devorado por la maleza, un hombre de celo se aferra a la valla gritando a la libertad de un lugar que muere por no poder ser usado. El gobierno no tiene dinero para seguir construyendo, pero tampoco quiere permitir que los artistas de la calle le den color a un barrio ensombrecido. Las leyes cada vez son más estrictas y mantener la ciudad “limpia” se ha convertido en una obsesión. “Se creen que tener las paredes limpias es un símbolo de mejor administración” protesta Annamaria. Recuerda a las flores del tiempo en que Gallardón era alcalde de Madrid y las fuentes del ovetense Gabino de Lorenzo: expertos maquilladores de ciudades.

“Dicen que así las paredes no son de nadie, son de todos, pero no es verdad, son del comercio”. Annamaria denuncia la hipocresía de la “limpieza” de las calles que multa a los artistas y da vía libre a la publicidad que empapela cada rincón. Cuenta además que los artistas urbanos han empezado a quejarse al ver que el Ayuntamiento utiliza sus pinturas para hacer publicidad institucional; y no es sólo que no les pague por utilizar su obra, sino que les multa por hacerla. Otra vez el comercio.

La persecución del graffiti hace que cada vez los artistas tengan menos tiempo para realizar su obra –antes podían pintar a plena luz del día y durante horas- y aparezcan “trabajos sin alma” según Annamaria. Para ella es toda una maniobra institucional “Los artistas no tienen tiempo –y hacen trabajos incompletos- a la gente lo que ve le parece feo y así el Ayuntamiento tiene una excusa para prohibirlo”. Habla de los “tags” o firmas, la base del graffiti, la reivindicación del espacio a través de la estampación de un nombre, a lo que queda muchas veces reducido el street art, incapaz de detenerse a elaborar un buen dibujo.

Arte detrás de los muros. Foto: Ana Pérez Martín

Arte detrás de los muros. Foto: Ana Pérez Martín

Llevar el graffiti a las galerías es otra de las maneras de “disminuir la fuerza del movimiento”. Annamaria no está en contra de que los artistas de la calle expongan en galerías, “tienen que mantenerse para vivir”, pero denuncia la política de la galería que convierte esas muestras en “eventos de moda más que de arte, el street art es cool, trendy, se venden las obras no porque interese el artista sino porque es guay comprar street art y así se pierde la fuerza expresiva del movimiento”.

A pesar de las trabas que se ponen al arte profano,  Annamaria piensa que “lo bueno del street art es que no se puede parar, no van a dejar de hablar”, que se empezó estampando manos en las cuevas de la prehistoria y que la reivindicación del yo en los lugares públicos seguirá estando presente; aunque haya que saltar muros e inventar formas cada vez más rápidas de dejar huella.

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