El Día del Libro Final

Presumo de haber cosechado a lo largo de los años un facil alcance a maravillosas bibliotecas a través del obligado trámite de asentar primero amistades con sus respectivos dueños. Les he succionado la sangre a todos: “préstame este libro“, “oye, ¿y este de qué va? ¿Me lo dejas?“, “devuelve este libro a tu madre hazme el favor (con guiño y sonrisa pícara) que vete a saber cuando la vuelvo a ver, anda“.

Confieso que tras asentar los azarosos ladrillos de la amistad, también he tenido la oportunidad de haber ampliado mis horizontes musicales, pictóricos, fotográficos, o incluso de escuchar atento a unas y a otros para poder trazar las rutas más maravillosas para recorrer cualquier museo. Pero, paso. A mí me gustan los libros.

Reitero que he tenido suerte. No sólo por poder cazar al vuelo de un estante lo que quisiera, con la mirada entre divertida, asustada y un tanto paternalista del correspondiente propietario de estantes por los que he planeado, no sólo por eso.

Recuerdo a profesores, padres y a los mayores de turno en definitiva, recalcar en la niñez compartida con mis queridos y olorosos compañeros de fatigas primarias, que era bueno leer. Sólo bastaba eso: “es bueno”. No había que añadir nada más para que yo entendiera que abrir un libro, al ser considerado por mis guías morales como la mayor bondad de todas las bondades, no podría esconder prohibiciones, inquinas, envidias, maldades y demás cosas que se vivan en cualquier casa, pueblo, ciudad donde habiten una o más pareja católicas. Un ángulo muerto que no respondía a convenciones, reglas o etiquetas sociales. Simple y llanamente páginas de papel con una historia dentro para consumir en el metro cuadrado que más me apeteciera de este ancho mundo (que para la intelectualidad divina, era plano). Pero me equivocaba.

Comienzo a asumir lo que viene. Es la crónica de una muerte anunciada (y utilizo la frase no por el profundo respeto que le profeso al interior de la senil cabeza de García Márquez, sino por las barbaridades que tanta gente ha decidido titular así, sin más ni más, como si fuese de uso público. La “democratización del arte”, y a tomar por culo. Más anchos que Pancho, han conseguido que yo también desvirtúe al héroe que admiro).

Recuento los primeros síntomas: corrientes literarias que llevan la palabra noveau delante, cafés literarios donde es de obligatorio uso un determinado (y desmesurado) milimetraje (tirando a muy grueso) en las monturas de las gafas (la obligatoriedad no incluye que esas gafas lleven cristales), librerías en las que el “diseño” de la colocación de sus libros es más importante que éstos, personajes muy delgados con unos pantalones estrechos (ojo a la calidad del esperma que garantizará las nuevas generaciones de mañana) y sombreritos que se dan paseos con un libro en la mano, como dando a entender que de verdad piensan leerlo…

Escucho algunos de sus discursos de cuando en vez, porque no me queda otra.

Intento sonreír y parecer educado. Tiendo a sentirme a veces apabullado por todo lo que saben mis interlocutores y que yo desconozco. Me cuentan los recorridos apasionantes de los pensamientos filosóficos y literarios a través de la historia “desde Platón hasta Huxley”, apoyados en una férrea lectura de extractos de Platón adaptados a libros de texto de enseñanza media y en un rápido vistazo a los primeros capítulos de la novela de turno de Huxley que la Casa del Libro tuviese en el escaparate. ¿Sólo los primeros capítulos?, me alarmo. “Obviamente no, pero quiero leer su final desde una perspectiva del mesianismo erótico-marxista del anarcorrealismo de Jean-Pierre…”. Sopor. “¿No lo conoces? Pues aquí todos somos muy fans de Jean-Pierre”.

Asumo, ya no me queda otra, que la generación beat es la que manda, yo soy muy antiguo e inadaptado a los tiempos que me rodean, Tom Wolfe es Dios y tienes más probabilidad de llevarte a tu cama a alguien si te presentas en una cita con un libro de Jack Kerouac o de Allen Ginsberg que con uno de Herminio Almendros.

Sentencio que quien diseñase los e-books cometió un mayúsculo error al obviar que una parte amplia de consumidores en el mercado editorial compran para que en el metro el resto podamos ver que leen a “indispensables” como Nietzche o Alfonso Ussía.

Admiro, por cierto, a quien pide prestado un libro y lo devuelve.

Suspiro cuando recomiendo un libro y me declinan el ofrecimiento porque el autor cae mal o es un fascista.

Muero lentamente de agonía cuando oigo decir que es mejor leer en inglés o en francés porque en castellano o español tampoco hay tanto escrito. Cuando los noveaux neoliteratos aseguran que no copian, sino que se sienten poderosamente influenciados por.

Termino sin encontrar una fisura por la que huir de la posmodernidad, la modernidad o el nombre que ellos mismos han dado a tanta idiotez, acatando que sus más fieles correligionarios no sólo se han apoderado del cine, la música, las galerías de arte, las plazas públicas, los bares, las calles, las tiendas de ropa y los programas radiofónicos de mayor audiencia. Decidieron también marcar el rumbo en lo que es bueno (moderno) leer y lo que es (añadir la etiqueta que más le guste al lector de este artículo).

Recuerdo: “somos lo que comemos”. Añado “y lo que no leemos”.

 

 

 

 

Fuente de la imagen: http://www.ucm.es

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