Dime lo que comes y te diré cómo nos joden

Precioso, ¿verdad? Ahora imagina un mundo en el que la comida es alterada genéticamente. Un mundo de personas, animales y plantas deformes. Imagina un mundo en el que una maquiavélica corporación extermina campesinos y cultivos para monopolizar el control de los alimentos con el apoyo del gobierno más poderoso. Este planeta no aparece en ninguna novela de Philip K. Dick, ni es una metáfora distópica engendrada por las mentes privilegiadas de los hermanos Wachowski. Es tu mundo, y el mío. Es el mundo de Monsanto.

El sábado pasado se produjo una protesta mundial convocada en 250 ciudades contra esta compañía que, como la mayoría de las noticias verdaderamente importantes, pasó sin pena ni gloria por los grandes medios españoles pero, ¿qué es exactamente?

Monsanto surgió hace más de un siglo como empresa dedicada a la venta de sacarina, pero con el paso de las décadas fue enfocando su negocio hacia los pesticidas químicos y entre 1990 y 2005 utilizó 6.000 millones de euros para comprar 50 de las mayores compañías de semillas –clave para el control de la cadena trófica- del mundo. Hoy es la mayor firma de biotecnología agrícola y productos transgénicos (alterados genéticamente introduciendo parte del ADN de otra especie, por ejemplo inyectando elementos del lenguado a un tomate para que aguante mejor el frío). Sus insecticidas (60% del mercado global) y sus semillas de maíz, algodón, trigo, patatas o legumbres biomodificados arrasan en los cultivos de América y Asia. En la primera mitad de este año fiscal ha facturado nada menos que 8.411 millones de dólares, un 17% más que en el mismo período del ejercicio pasado.


Esta carrera hacia la cima de la industria alimenticia ha estado plagada de escándalos. En 1935 creó el PCB, un químico que fue prohibido 35 años después cuando la ONU lo incluyó entre los 12 productos más contaminantes creados por el hombre. Su uso en industria y agricultura generó disminuciones psíquicas a miles de bebés estadounidenses, además de desarrollar varios tipos de cáncer a largo plazo. Solutia, filial de la firma, fue condenada a pagar 700 millones de dólares en 2001 como indemnización a 20.000 habitantes de Anniston (Alabama) por “haber superado de manera suprema todos los límites de la decencia”. Sin embargo, un año antes del veredicto la filial se vendió a Pfizer, por lo que sólo tuvieron que pagar la mitad y ningún directivo de Monsanto fue juzgado.

Durante la guerra de Vietnam, fue una de las compañías que suministró el “Agente Naranja” al gobierno yankee, un brutal herbicida que causó 400.000 muertos –incluyendo a soldados norteamericanos- y generó deformaciones monstruosas a medio millón de bebés vietnamitas, una aberración de la que también ha salido impune.


En 1976 lanzaron su producto estrella, Roundup, un herbicida más efectivo que el caballo de Atila que vendían como biodegradable hasta que dos condenas (en Francia y Nueva York) les obligaron a dejar de mentir –al menos en esto-. Los dos informes del Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS) de Francia que demuestran las posibilidades de generar cáncer mediante la modificación de las células no han impedido que sea el pesticida más vendido del mundo. El estudio del Earth Open Source que lo relaciona con malformaciones en el nacimiento de animales tampoco. Además, su uso influye directamente en la desaparición de la población global de las abejas, agentes cruciales en el proceso polinizador. Años más tarde desarrollaron los genes Roundup Ready (RR) para crear las únicas semillas resistentes a su propio veneno, un negocio que les ha llevado a controlar el 90% del mercado mundial de las simientes transgénicas.

Entre sus obras más célebres también se encuentran las hormonas de crecimiento bovino (rBGH). Esta joya genética inyectada en las vacas para que produzcan más leche genera en las reses mastitis (infección de las ubres) y esterilidad. Diversos estudios certifican que cuando se transmiten a los humanos pueden provocar cáncer (mama, colon y próstata), motivo por el que han sido prohibidas en la Unión Europea, Japón y Canadá –en este último país intentaron sobornar a tres científicos en 1998 para que no revelaran sus tétricos descubrimientos-. En otros países como Argentina o Estados Unidos –donde trataron de comprar a los periodistas Steve Wilson y Jane Akre– se siguen usando profusamente, amparados en las toneladas de informes contrarios financiados por la propia Monsanto.

Y es que la salud no es una de las mayores –ni menores- prioridades de la compañía, pese a que hasta hace poco su irónico lema era  “Food, Health, Hope”. En un artículo publicado en el New York Times el 25 de octubre de 1998, el director de comunicación, Phil Angell, reconocía que “Monsanto no debería tener que avalar la seguridad de los alimentos biotecnológicos, lo que nos interesa es vender el máximo posible”. Como debe ser.

¡Sabor mutante!

¡Sabor mutante!

Las proezas de este gigante no se limitan al terreno sanitario. Su actividad exterminadora condena a campesinos y cultivos de todos los rincones de Gaia. El caso más flagrante es el de la India, donde hace 11 años adquirió la mayor empresa de semillas de algodón para sustituir las simientes tradicionales por la variedad transgénica Bollgard, cuatro veces más cara. La resistencia de las plagas a los insecticidas junto con otros factores (supresión de subsidios públicos, adversidades climatológicas, etc.) han llevado a la quiebra a miles de agricultores que, desesperados, se han quitado la vida bebiendo los propios pesticidas –lo que se ha denominado “genocidio GM”-.

Gracias a las onerosas subvenciones gubernamentales, Monsanto ha podido introducir sus baratos y pandémicos productos por todo el continente americano. La subida del precio de la soja (“el oro verde”) ha facilitado la implantación de vastos campos de monocultivo en lugares como Paraguay o Argentina (segundo mayor exportador del mundo). Estas plantaciones de ‘soja RR’ acaban con la diversidad vegetal y obligan a cientos de familias a dejar el campo, incapaces de competir con los productos subvencionados, para buscar una alternativa en las periferias marginales de las ciudades. En México, el invasivo maíz transgénico contamina las variedades tradicionales y ya ha arruinado a más de un millón de campesinos.

En Estados Unidos y Canadá, por otro lado, la compañía espía los cultivos que no son suyos en busca de sus productos para demandar a los granjeros. Esta “policía de los genes” –como se la conoce en EEUU- utiliza sus más de 11.000 patentes para reclamar indemnizaciones multimillonarias a personas que en muchos casos no sabían que sus tierras habían sido invadidas por engendros de Monsanto. Gracias a la férrea protección judicial de las patentes, cientos de granjas han quebrado en ambos países.

Hectáreas cultivadas con transgénicos

Hectáreas cultivadas con transgénicos

El gobierno estadounidense ha jugado un papel determinante en el éxito de este macabro negocio. Desde la desregulación del sector iniciada por George Bush padre a principios de los 90, la firma ha financiado las campañas de todos los candidatos presidenciales para asegurarse el favor del poder político. Un comunicado interno emitido por la corporación en octubre de 2006 aseguraba que “la biotecnología agrícola tendrá un defensor en la Casa Blanca el próximo año independientemente de quien gane las elecciones de noviembre”.

Por otro lado, sus lobbys controlan la Food and Drugs Administration (FDA) y la Environmental Protection Agency (EPA), los dos principales reguladores del sector agroalimentario, que ocultan y persiguen a cualquier científico que se atreva a denunciar sus atrocidades biológicas. Esto es posible gracias a una práctica que en nuestro país también tiene muchos adeptos: la puerta giratoria. Personajes abonados a los viajes de ida y vuelta desde los cargos públicos a los despachos de Monsanto se aseguran de que a esta fábrica de enfermedades nunca le falte el cariño institucional. Algo así como si un consejero de Sanidad privatiza la gestión de los análisis sanitarios y años más tarde acaba de consejero en la empresa encargada de dicha gestión. Mickey Cantor (exsecretario de Comercio), Clarence Thomas (juez de la Corte Suprema) o Linda Fisher (exdelegada de la EPA) ocupan o han ocupado puestos directivos en la compañía. ¿No te suenan? Bueno, quizás el exsecretario de Defensa, Donald Rumsfeld, o la exsecretaria de Estado, Hillary Clinton, sí.

Estos enchufes le garantizan la ayuda legal, judicial y monetaria de la mayor economía del mundo. Uno de los últimos ejemplos tuvo lugar hace dos meses, cuando Obama ‘el progre’ aprobó la ley financiera H.R933 que, entre otras cosas, retira a las cortes federales la autoridad para prohibir la venta de cosechas transgénicas independientemente de que representen un riesgo para la salud de los consumidores. Por cierto, el senador que la propuso, Roy Blunt, ha recibido 64.250 dólares de Monsanto durante los últimos cinco años según el Center for Responsive Politics. Serían para pagar la iluminación de la boda de su hija.

¿Y a este lado del charco? Pese a que la mayoría de países europeos, con Francia a la cabeza, rechacen este tipo de cultivos, España es una excepción, y es que sólo somos europeístas para lo que Merkel disponga. De hecho, aquí se produce cerca del 75% del maíz transgénico de toda la Unión Europea. Según el ministro de Agricultura y Pesca, Arias Cañete, el cultivo de este Organismo Modificados Genéticamente, prohibido en Alemania, Francia o Polonia, es más respetuoso con el medio ambiente que los tradicionales –Miguelito date una ducha de las tuyas anda-. Y no es el único OMG que puedes comer. Greenpeace elabora desde hace años una guía con todas las marcas que venden esta clase de productos y que puedes consultar aquí. Respecto a la firma que nos ocupa hoy, Cadbury, Coca-Cola, Knorr,  Pepsi, Kellog’s o Procter & Gamble son algunas de las multinacionales que comercializan sus inventos.

Y ahí no acaba la cosa. Unos documentos publicados por Wikileaks en 2010 revelaron que el Gobierno pidió a Estados Unidos que presionara a la Comisión Europea a favor de la biotecnología agroalimentaria. El hecho de que la exministra de Medioambiente, Cristina Garmendia, haya sido presidenta de Asebio, organismo financiado por Monsanto y perteneciente al lobby protransgénicos EuropaBio, debe ser simplemente una simpática casualidad.


Este monstruoso dislate sólo es comprensible en un mundo donde la comida está repleta de agentes químicos que buscan, entre otras cosas, que te enganches a ella pese a que sea una auténtica mierda. Y aunque eso lo sabe hasta una niña de 9 años, seguimos comiéndola y engordando. Ya hay más de 500 millones de esculturas de Botero vivientes en el mundo. Mientras tanto, casi mil millones de personas se mueren de hambre. Y la ONU les dice que coman insectos.

¿Estamos perdidos? ¿No queda esperanza? Por supuesto que sí, pero de eso hablaremos otra semana…

Daniel Vega

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