La banda sonora de tu vida

Robin Quiroga .  Sígueme en @Tengopluma

Diez son las veces que la música inunda el film. Los movimientos se ralentizan, los roces se intensifican y el mundo se difumina por debajo del humo y los relojes.

Aviso al espectador: In the mood for love no es un melodrama, una historia de amor al uso, ni un lugar en el que exprimir lagrimales. No es una contención sentimental injustificada, ni el quiero y no puedo, ni la cordialidad y el decoro vestidos de tradición japonesa.

Es el sentimiento –el tal mood for love– materializado en códigos escénicos, una auténtica investigación sobre cómo transmitir ese estado a través de todo cuanto el cine ofrece.       

Fotograma In the mood for love

Hong Kong, 1962. “Ella era tímida, bajaba la cabeza para darle a él la oportunidad de acercarse. Pero él no podía por falta de coraje. Ella da la vuelta, y se va”. Una introducción poco usual nos habla en presente, como un aparte teatral.

Ella, Li-Zhen (Maggie Cheung). Él, Chow Mo-Wan (Tony Leung). Dos desconocidos con sus respectivas parejas y sus respectivos anillos del “hasta que la muerte les separe” entran a vivir en una pensión. Un lugar que en ocasiones se muestra cálido, donde refugiar la cara de la soledad, y otras sencillamente da parte de la inestabilidad espacial y temporal en la que se mueven los protagonistas: nada es suyo pero todo es común. El cuarto es el único espacio en el que zafarse del qué dirán, donde llorar de rabia, escribir o compartir un cuenco de fideos. También, un sitio para olvidarse las zapatillas.

Las ausencias prolongadas y repetidas de sus cónyuges -gracias a los viajes de trabajo- hará de lazo entre los protagonistas. Los dos tejerán una relación que se nutrirá tanto de intensidades como de distancias. Esta obra fílmica se define como una pieza sutil, elegante y formal en el sentido más técnico. No es expresiva, no desenlaza sentimientos y deseos, no satisface con un final previsto y lógico. Ni ella ni él dirá jamás qué siente, ni qué piensa y, contra todo pronóstico, el espectador será capaz de percibirles.

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Won Kar-Wai, director y guionista de la película, alimenta la narración de elipsis y fueras de campo. La voz suele empezar antes de llegar la imagen que le corresponde. La cámara recorre los cuerpos de forma indiscreta, de abajo a arriba, de izquierda a derecha. Todo se retiene, nada se desvela. Los rostros de los cónyuges fugitivos no se muestran en pantalla, aunque el protagonista se dirija a ellos, aunque les bese. Las llamadas telefónicas –base del secretismo en el que trabajan su amistad- son frías y tardamos en saber quién habla porque la cámara sigue perdida entre cuerpos y espacios.

El peso de la historia lo sostienen los planos detalles y los gestos. El tiempo subjetivo marca las velocidades, tal como una persona puede percibir su alrededor según el disfrute o el sentimiento al que se someta. Los cigarrillos que se consumen en la mano mientras escriben o en los silencios donde no queda más salida en el callejón que enfrentarse a la verdad, se consumen pausados. El humo asciende denso. Las curvas de Li-Zhen en sus vestidos florales y vivos, se mueven lentas. Las miradas cruzadas, se recorren sin prisa. El tiempo de encuentro se representa con pies que corren hasta casi tropezar con el ansia.

https://www.youtube.com/watch?v=fC7_QdLwcJw

El director nacido en Shangai ofrece unas cuantas piezas para que sea el propio espectador el que monte el puzle a fin de disfrutar en el camino de su ejercicio de estilo.  “Nosotros no somos como ellos”. “Dímelo con toda franqueza, ¿tienes una amante?”. Los juegos de verdad y mentira se repiten entre ellos para forjarse de dureza, para aflojar la pasión, para apagar la llamarada. Interpretan un papel, el de sus parejas, pero huyendo de lo burdo. Se enfrentan a sus verdades cara a cara  con el actor que se supone su cónyuge.

Es tal el grado de estilización alcanzado por el director y guionista Wong Kar-Wai que en numerosas ocasiones ofrece la pura abstracción escénica, se la aleja del sentido común narrativo, se mueve entre saltos mortales dentro del flujo cinematográfico. Es el caso de la imagen en la que ambos protagonistas mantienen una conversación al otro lado de la verja de una ventana: el espectador no puede elegir el punto de vista, se ve reducido a habitar la casa y observar desde dentro a través de unos barrotes que dificultan enormemente la visión real, pero que posibilitan la metafórica: están encerrados en su propia libertad.

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El manierismo formal -ya comentado- incluye cuidadosas técnicas como son la banda sonora producida por Michael Galasso –en la que destaca la voz de Nat King Cole en castellano- y la mimada fotografía del australiano Christhopher Doyle, sin olvidar la ejemplar interpretación de los actores principales, que a pesar de rozar la sobriedad no olvidan un solo matiz.

Noventa y cinco minutos de ambigüedad y retorcido tratado fílmico sobre el secreto, sin más motivación explícita que el experimento narrativo y lingüístico. Un disfrute sensorial que probablemente sea difícil borrar de nuestras memorias. Y, sobre todo, un maravilloso lugar para olvidar las zapatillas, ¿quién sabe cuándo volveremos?

mood-slippers “Él recuerda esos años como si mirara a través del cristal de una ventana recubierta de polvo. El pasado es algo que podemos recordar pero no tocar. Y todo lo que se recuerda es borroso y vago”. (Final)

PD: ‘In the mood for love’ obtuvo el premio a la mejor interpretación masculina para Tony Leung y el Gran Premio de la Comisión Superior Técnica en el Festival de Cannes del año 2000.

Hoy hemos volado lento a base de ralentís y cámaras indiscretas, ¡estad atentos al ritmo de Sobrevolando pajarracos y pajarracas!

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