El colmo del postureo

Juan Haro    @Haro Juan

Es conocida por todos la creciente tendencia a posar y retratarse con cualquier ente digno de ser compartido con la comunidad. No es nuevo y no nos sorprende. Disculpen el exceso de anglicismos, es moderneo: el café del Starbucks, el mojito o el gin-Tonic en la terraza,  el mendigo simpático, el jersey  de mi abuelo hipster, el pósit cariñoso en la biblioteca, la noche de sólo chicas, las gafas de intelectual, los reservados de discotecas, las cañas “afterwork”, las 345 fotos con caras la mar de divertidas, posar con la cabeza doblada a la altura del esternón…como veis el abanico de posibilidades es muy amplio y divergente, pero hay una premisa inexorable,  el susodicho ha de aparecer siempre con las misma sonrisa falsa y la misma mueca entrenada frente al espejo.

No obstante, no es mi intención ofender a la comunidad de modernos, tan solo se propone invitar a la reflexión.  No hay perjuicio en guardar el recuerdo de lo que para cada uno pueda ser algo especial. Y si se quiere hacer público, está en su pleno derecho. Pero a diferencia de las fotos de Instagram, conviene establecer filtros. Vivimos en un país libre, en el cual las personas se respetan entre sí, o al menos eso dicen. Por ello, digo lo que pienso.

El último episodio de postureo exacerbado lo encontramos esta vez en Turquía y viene a ser la plena motivación de este artículo. Aquí os lo dejo:

Fuente: New York Times

Fuente: New York Times

¿Qué os parece? A mí me recuerda a las fotos en la jaula de los tigres del zoo de Madrid. O a la foto con la family en el autobús turístico de Disneyworld. O a las fotos de la primera semana del Erasmus dónde todo es guay. Pero no, no se confundan, esta foto no es sino la de un autobús destrozado por la ira de los manifestantes turcos en los alrededores de la plaza Taksim en Estambul. La brutal represión de la policía turca, la mala gestión de espacios públicos naturales por parte del gobierno turco y la lucha unida de un pueblo que sale a la calle en defensa de sus derechos,  han motivado el primer movimiento ciudadano contra el Primer Ministro turco. Pero eso, al que posa, no le interesa.

Aunque no aparezca en las guías turísticas de Estambul, es una oportunidad de oro para fotografiarse en el “Autobús de la revolución y el amor” y contar que estuvimos allí como uno más, dando el callo con mi Iphone en mano.

No sé quién es Erdogan, ni quién le vende gas lacrimógeno a Turquía (es España), ni si quiera sé si el país otomano es ya miembro de la Unión Europea. ¡Pero es una foto chulísima! Probablemente estas jóvenes, no sean del todo culpables de la enfermiza necesidad de posar para que todo aquello que hacemos en nuestras vidas tenga algún sentido en ellas y en la red.

La influencia de las redes sociales, la evolución de tecnología móvil, los deseos de popularidad y el abandono progresivo de la naturalidad y la sencillez son en parte los culpables de la ansiedad fotográfica.

Muchos hemos sido víctimas y verdugos en algún momento del postureo. No es algo que vaya a afectar a nuestro estigma y pundonor, pero si sería conveniente implantar límites y regresar a un estado de cordura humana. O al menos tener presente, que si posamos, que sea para una revista o como lo hace Olvido Hormigos. Sean indiscretos.

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One response to “El colmo del postureo

  1. Sólo hay que estar alerta unos días, prestar atención, y observar.

    Sí es cierto, como apuntas en el artículo, que todos somos víctimas del postureo, de las tendencias, de aquello que todo el mundo sigue porque tiene buena prensa a los ojos de las masas. Hay veces que es inercia, otras en las que los “cazatendencias” ven un filón en un nicho todavía no explotado (que ya conocido por alguien previamente ve como se vuelve lo más chic) , pero casi todos somos seguidores de algun tipo de “postureo”.
    Ahora bien, lo que es bastante triste, es que lo extraordinario, lo llamativo, lo que marca muchas veces la diferencia, sea ser natural. Es contradictorio ya en su definición. No me gusta ver que la gente cambia de gustos como yo cambio de ropa interior simplemente porque lo dicten los 40 principales, por ejemplo. O esa necesidad que se apuntaba en el artículo de parecer los más felices y molones del mundo en una discoteca (por supuesto de moda) para, acto seguido, pasarte la noche haciendo cosas que probablemente se te olviden no por borrachera, sino por banales.
    Pero lo que prima hoy, lamentablemente, es la apariencia, las primeras impresiones. No obstante, yo creo que cuando uno es como es y no le importa mostrarlo al mundo, la vida se lo acaba devolviendo con creces, aunque sea a largo plazo.

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