La triste historia de como el invierno plomizo y el calor brillante vieron morir el corazón de la playa con lágrimas de ballena encallada

Hace ya dos años que se cumplió una década del día que llovió tan fuerte. Aquél día fue viernes en el calendario, pero no un viernes cualquiera, sino el único viernes al año que tiene el privilegio de apellidarse “Santo”. Si a aquél viernes se le tuviera que relacionar con algún escrito de las Sagradas Escrituras sin duda hubiese sido con el Apocalipsis. El ejército tuvo que salir a la calle a auxiliar a unos ciudadanos poco acostumbrados a ver como los fuertes muros de sus casas los disolvía el agua con una facilidad pasmosa. El mar se tragó decenas de vehículos que bajaban livianos empujados por la crecida de los barrancos y la única luz que brillaba fugazmente era la de los relámpagos en el cielo. La isla se quedó patas arriba y el asfalto de muchas carreteras no soportó las inclemencias. El arreglo paulatino de los desperfectos se hizo con la celeridad máxima que la Administración permite. Se arregló todo, menos una pequeña carretera que fue olvidada por todos y durante años conservó no las cicatrices, sino las heridas profundamente abiertas de aquellas lluvias torrenciales.

Para llegar a esta carretera primero hay que serpentear por otra flanqueada por un lado por abrupta roca y por el vacío de los acantilados que descienden en vertical hacia el mar por el otro. Años después de aquellas lluvias, las rocas desencajadas de la ladera habían encontrado una nueva paz en el trazado del camino, y los coches tenían que esquivarlas para no molestarlas. En una curva, como si del mordisco de un monstruo gigantesco se tratase la causa, faltaba un carril. Desaparecido en combate. Sin embargo, la pequeña carretera seguía siendo transitada diariamente, casi siempre por las mismas personas que buscaban el premio en forma de playa perdida en la que aquella carretera amputada terminaba.

Los coches se aparcaban en una explanada de tierra y a pie se recorrían los últimos metros, descendiendo unas escaleras de cemento con la pintura blanca y azul celeste descascarillada, las enredaderas añadiéndole dificultad al paseo y un aire salado sazonado con el aroma de la decadencia, embriagador. Paso obligatorio antes de llegar a la arena era un quiosco rojo de una conocida marca de explotación (también de bebidas “refrescantes”) que de rojo ya poco le quedaba y de cuyo techo varias hojas de caña servían improvisadamente de artesonado donde escapar del sol abrasador sentado en mesas de madera con vistas a cuerpos semi o en completa desnudez. Por los alrededores una mujer con la piel curtida del mar y el sol daba de comer a los gatos que salvajemente domesticados se dejaban caer por allí en busca de raspas de pescado. En el interior, dos generaciones de hombres de la misma familia, uno joven y fuerte, seguro y sonriente, bravo; el otro viejo y cano, avizor, con otra seguridad que sólo se obtiene al haber engañado a toda una vida con trucos y triquiñuelas. Ambos de ojos verdes centelleantes al sol. Charly, era el nombre del mayor, siempre con camisa blanca en fuerte contraste con la piel morena de por vida y cordón de oro al cuello con la imagen de alguna virgen.

– Buenos días Charly
– ¡Charly Brown, muchachones! ¡Tomen unos platanitos para los muchachos de las tablas no se me metan sin desayunar en el agua!

Sin duda con intenciones de darle una imagen de credibilidad y confianza al lugar de cara a los pocos turistas que llegaban perdidos allí, una bandera de la Unión Europea ondeaba siempre con la brisa marina. A los lugareños era imposible engañarlos, la imagen de suciedad e insalubridad era intrínseca al lugar, pero nadie se resistía a los reparadores bocadillos de tortilla de Charly, ni a sus copiosas ensaladas de frutas tropicales jugosas y brillantes, traídas de los árboles y cultivos del único pueblo cercano: aguacates, papayas, mangos… Y mucho menos a unas cervezas bien frías con las que refrescar el cuerpo caliente en verano.

Se erigía aquél quiosco sobre la arena como una suerte de castillo mágico, inexpugnable, rodeado de las flores de colorines que adornaban los peligrosos cactús de alrededor, con espinas como lanzas medievales. Los asiduos de la playa convertidos en una familia multicolor de gentes de zonas cercanas, jubiliados del norte de Europa exiliados en aquella cala expulsados de sus tierras por ese frío que trastoca las mentes de las personas, jóvenes y niños calificados por la generalidad como jipis, y bodyboarders disfrutando de una limpia ola de derecha única y sin la intrusión de tabletas abdominales perfectas y caballeras rubio platino californian style de los surferos, completaban aquél hábitat. Tras la tormenta siempre viene la calma, tras La Tormenta a aquella playa llegó el paraíso.

Un buen día algunos años más tarde, no importa el cuando puesto que ya nadie esperaba que la Administración hiciese nada y, sinceramente, mejor estaba así, no fuese a ser que lo arruinaran todo aún más, en algún despacho se firmaba la orden para que aquella carretera se arreglara. Justo en verano además, haciendo las cosas al estilo que caracteriza la eficiencia de pensamiento del funcionariado en estos casos. Los usuarios lo aceptaron, supeditando los baños ese verano en pos de un camino más seguro. Meses de obras, asfalto nuevo y liso, líneas blancas para dividir el ir y venir de los coches, metros y metros de malla metálica vistiendo las laderas con idea de evitar más caídas de piedras, limpieza de basuras… Un lavado de cara que aunque llegase a destiempo no impedía quitarse la boina solemnemente y exclamar “¡por una vez, lo han hecho bien!”. El tiempo, como siempre consigue, desmentiría tal sentimiento.

Sin previo aviso, declararon la guerra. Primero se decretó el cierre alegando el peligro que suponía que en cualquier cabeza desprevenida cayese una piedra.

– ¡Pero si llevan todo el verano con obras precisamente para que eso no pase!
– Ya, ya, no se altere usted. Ya sabe como son.

Una valla metálica, débil y endeble (una falta de respeto en toda regla, mírese por donde se mire) fue la artimaña que el Ayuntamiento decidió colocar para que nadie osase acceder a la arena. Las caras de los bañistas cuando aquella intromisión apareció en su camino eran una mezcla de estupefacción y burla., pero como la resignación es un don, sólo había que estacionar los vehículos allí y pasar por los innumerables recovecos que dejaba aquella valla. Los tanques de guerra de la policía aparecían y ejerciendo la autoridad que se impone en el absurdo, inventaron armatostes con alambres a modo de apéndices a la valla y sin duda la primera vez tuvieron que sonreír satisfechos por su buen trabajo: por allí no pasaría ni el aire. El invento duró una noche. En la orilla las personas lo comentaban, siempre entre risas. El decano de la playa, un señor que nadie recuerda cuando apareció pero que estaba allí antes que nadie y que en los últimos catorce años nunca se ausentó un día de su principal cometido de vigilar que el orden natural siguiese así, en orden, sentenció esa tarde que no se le podían poner puertas al mar. Se equivocaba.

Después de la valla vino una puerta. Robusta, pesada, enorme. De color ocre. Asfixiante. Cadenas gruesas rodeando un candado que bien podía haberlo puesto San Pedro. Las batallas se endurecieron hasta que, convencidos ya los hombres y mujeres libres de la isla convencidos de que no había triquiñuelas para burlar al cancerbero de metal, la noche se llenó de chispas. Fieles al dicho de que cuando una puerta se cierra otra se abre, escondidos en el anonimato nocturno y justificados y espoleados por el buen samaritanismo, un soplete o una radial, quien sabe, fundió el metal y en el gran portón se recortó una abertura del tamaño de una persona. Vía libre para pisar la arena, para pescar, para matar la melancolía a base de paseos húmedos, para mostrar el cuerpo tal y como es al mundo, confraternizar con el mejor amigo canino, fotografiar puestas de sol, fumar libremente aquello que mejor se supiese manufacturar, en definitiva, para ejercer la filosofía que siempre rodeó a la playa: la libertad.

En el suelo, frente al portón mutilado, unas letras amarillas narraban una plegaria certera: Vuestro cemento será nuestra tumba, comenzaba. Las rocas de al lado fueron soporte para que rápidos trazos dibujasen un pájaro que planeaba dejando tras de sí un rastro con un mensaje difuminado: la felicidad es una aptitud. Llegó el invierno plomizo, metálico, reflejando su gris en el agua enrabietada, y el quiosco rojo seguía allí, en pie, pero cerrado, muerto y varado. Si se aguzaba el oído se podía escuchar su grito de angustia, como el de la ballena encallada.

Pasaron las estaciones. La guerra se había estancado en una tregua tensa. Del quiosco-ballena olvidado ondeaban telas blancas, playa sin valla, raídas por la indiferencia. El mundo siguió su curso y las mareas llegaban y se marchaban puntuales. Los guardianes del lugar, esas personas que siempre sintieron la playa como suya, seguían encontrándose allí, saludándose desde la lejanía como vigías veteranos. La bandera de la Unión ya no ondeaba, había sido sustituida por un harapo negro con una calavera y dos tibias blancas.

Hoy, con un pie cruzando el umbral del verano que nos invita a todos a pasar, la guerra ha terminado. Ya no quedan vallas, ya no hay portones, ni candados, ni cadenas. Tampoco hay quiosco. En su lugar, una ladera de tierra yerma y tres palmeras cohibidas, exigiendo perdón y comprensión pues no fueron ellas quienes decidieron el destino del corazón de la playa. El quiosco rojo no está. Charly tampoco. Un capítulo del desfallecimiento de la cala, de su muerte anunciada, se ha acabado. Ahora muchas más personas pueden disfrutar del acceso al mar en ese punto, y es de eso de lo que se habla alegremente. Pero en las piedras amontonadas bajo la montaña, donde se sientan los hombres y mujeres libres de la isla, las sonrisas se ven enturbiadas cada vez que los ojos reposan en la tumba que cavaron los decretos del Ayuntamiento y los oídos escuchan, viniendo del pasado, las palabras amigas de un hombre de piel morena y camisa blanca mezcladas con el aullido, hiriente, de la ballena que se prepara para morir.

La guerra, quizás, no haya terminado.

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