El milagro de Nanterre

En un momento del deporte en el que, como buen reflejo de la sociedad, las desigualdades entre unos y otros aumentan sin ningún atisbo de cambio, cada vez es más difícil ver a modestos triunfando sobre los más ricos. Por ello, milagros como el del Nanterre, club modesto de la liga de baloncesto francesa (LNB) que se ha proclamado campeón de liga, merecen todos los reconocimientos posibles.

Para comprender la importancia de este mérito hay que situar al lector en el contexto de este modesto equipo. Este equipo, de la ciudad a la que debe su nombre, situada en la región’ Île de France’, a apenas 13 kilómetros de Paris, ascendió de la Pro B a la Pro A francesa hace ahora dos años. En su primer año como club de la máxima competición francesa de baloncesto, no pasó del undécimo puesto, aunque se quedó a dos victorias de entrar en los Playoffs por el título.

La temporada 2012/2013 el objetivo era consolidar el proyecto, aunque en lo económico no había esperanzas para ello. Los 2.6 millones de euros de presupuesto –el penúltimo de la liga- no dejaban maniobrar al club a la hora de conformar una plantilla competitiva. Sin embargo, una mezcla de norteamericanos (Warren, Oliver, Lighty y Meacham) y franceses (Nzeulie, Judith, Corosine, Passave-Ducteil, Brum y Diarra), ninguno de ellos conocido, con la salvedad del colombiano Juan Palacios, que llegó entrada la temporada, ha sabido competir desde un primer momento y dar la mayor sorpresa de la historia del baloncesto francés.

Aunque para hacer honor a la verdad, cabe reconocer que una vez empezada la temporada, las expectativas se volvieron bastante altas. Sobre todo después de llegar a la final de la Copa de Francia para finalmente perder pro sólo 3 puntos -77-74- ante sus vecinos del Paris Levallois.

A pesar del varapalo, supieron aguantar el tipo en la segunda parte de la temporada y clasificarse ‘in extremis’ para los PlayOffs en última posición. Enfrentados a los primeros clasificados, el Gravelines-Dunkerke, volvieron a dar la sorpresa, endosándoles 101 puntos en la ida y ganando de 20 puntos en Nanterre.

En semifinales, el rival era el Elan Chalón, vigente campeón de la liga y que tenía el factor cancha a favor. Pero apareció el americano David Lighty, promediando 26 puntos entre los dos encuentros y siendo muy importante en la prórroga del segundo encuentro, que se llegó el Nanterre con dificultad.

La final, que había cambiado de un partido único al mejor de cinco encuentros, daba favorito en todas las apuestas al Strasbourg, segundo clasificado y con el factor cancha a su favor. Una vez más, los pupilos de Pascal Donnadieu volvieron a superarse, ya que, tras perder el primer envite por 35 puntos, encadenaron tres triunfos seguidos para llevarse el título, dominando con cierta comodidad al equipo entrenado por el seleccionador francés Vincent Collet, gracias al emergente Jérémy Nzeulie, clave en los dos últimos partidos.

El Nanterre ha conseguido dar el sorpresón no ya del baloncesto francés, sino del europeo, en un continente cada vez más acostumbrado al dominio de clubes de fútbol con sección de baloncesto y capacidad por tanto para asumir grandes costes. En definitiva, una bonita historia que demuestra que a veces el dinero no lo es todo. Ni en el deporte,  ni en la vida.

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