El secuestro

La quietud del sol en su posición más elevada en un cielo al que hacía falta observar con catalejo para encontrar algo parecido a nubes se reflejaba en el pueblo. Los pájaros ni volaban, ni cantaban. A decir verdad, era dudoso que hubiese si quiera pájaros. Si acaso alguna gaviota posada en quilla de chalupa.

En el único bar abierto ese día, el pescado recién traído del océano y las cervezas frías, eran la tónica de las mesas ocupadas por las gentes del lugar, viajantes de paso con polvorientas furgonetas y una caterva de personajes acostumbrados a consumir hachís de la cercana África atolondrados al sol.

No había cerca periódico alguno, ni la radio contaminaba el ambiente con sus ruidosas tristezas. Sólo música, risas, conversaciones tranquilas y entrechocar de vasos. Tonalidades meridianas, perfectas, para terminar la lectura de una novela a la par que el cuerpo digiere, el hielo flota en el vaso del café, y el cigarro humea en la mano derecha. Noticia de un secuestro. Gabriel García Márquez. La única “noticia” recibida en los últimos días, empaquetada en capas violetas, desteñidas, sucias y en hojas guardando el testigo de muchas manos pasadas. La historia: principios de los años 90, Colombia, periodistas secuestrados, tejemanejes políticos, guerrillas, balas, Pablo Escobar.

La sorpresa fue mayúscula luego, respetando los límites de velocidad difícilmente en rectas interminables escoltadas por arena a ambos lados, rumbo a la incivilización. Escuchar las voces enlatadas de los locutores radiofónicos era transición obligada y fue ahí cuando apareció la casualidad, que cuando a uno no le afecta, tanto da, pero hace gracia o al menos llama la atención: dos ciudadanos españoles liberados tras un secuestro en Colombia.  El interés, por tanto, mayúsculo. Subir el volumen y escuchar atento las declaraciones de los secuestrados, buscando el paralelismo literario con la novela recién leída. La decepción, del tamaño de un petrolero.

“Cabe destacar que a su llegada al aeropuerto, el hombre llevaba una camiseta de la selección española”, retransmitió la alcachofa de una emisora cualquiera, en directo. En el aire quedaban las expresiones de las caras de los recién llegados, los gestos, la dirección de las miradas, los equipajes viajados, los miedos y las angustias de las arrugas de la piel o quizás el detalle de los nervios tiñendo el pelo de color plata. Lo más importante era la camiseta de la selección. Más tarde la rueda de prensa, una nueva oportunidad para afilar las plumas y el ingenio: ¿cómo actuaron las autoridades colombianas una vez liberados? ¿Conocieron los secuestrados más tarde si el gobierno del país de Gabo realizó gestiones y de qué se trataron? ¿Qué acento tenían los delincuentes? ¿De qué hablaban? ¿Cuántas voces diferentes pudieron escuchar? ¿Cabría la posibilidad de recrear el lugar dónde estuvieron? ¿Tenían los ojos vendados todo el tiempo? ¿Cómo era el régimen “carcelario”? ¿Pudieron ver el tipo de armas? ¿Qué comían? ¿Cómo los vistieron? ¿Los visitó algún jefe? ¿A qué olía alrededor? ¿Dónde los liberaron y a qué hora? ¿En qué ocupaban las horas del día? ¿Dormían en el suelo, en un colchón, juntos o separados? ¿Los golpearon? ¿Tuvieron algún momento bueno?  Y mil preguntas más a realizar por cualquier journalista podían haberse escuchado si no se hubiese infiltrado ese tipo de preguntas de dudosa creatividad, cómo para las que se preparan respuestas igual de fáciles los futbolistas al terminar un partido.

El tiro de gracia al Periodismo: “¿Volverán a Colombia?”.

 

 

Fuente de la imagen: terra.com.mx

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