Tejiendo ciudades

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Ana Pérez Martín

Hace unos años en el soleado, a la par que gélido, Estocolmo sentí envidia de un árbol y su traje de lana tan adecuado para la ocasión. Así conocí, sin darme cuenta, el “yarn bombing” o “bombardeo de hilo”, una corriente de arte profano que, tiempo después, se revela como un movimiento que va mucho más allá de lo anecdótico. No había un cartel debajo que señalara qué era, quién lo había hecho y por qué de repente la ciudad llevaba trajecitos de punto. No encontré ninguna flecha que me señalara que aquello que miraba se puede considerar arte. Como cualquier otra persona que se haya encontrado con ganchillos que cubren papeleras, mantas que arropan árboles o punto de cruz que crece en aburridas verjas, aquello me pilló desprevenida, me pareció bonito, ingenioso y divertido. Pensé que las suecas tejen tanto –digo sólo suecas porque sólo vi mujeres en el metro con agujas y ese incesante tejer de guantes y bufandas para el invierno- que ya no sabían qué hacer con tanta producción y habían decidido decorar un poco la ciudad.

Señal stop. Fuente: bathroomreader

Señal stop. Fuente: bathroomreader

No iba muy desencaminada pero es más que eso. Magda Sayeg, la primera que sacó el ganchillo a la calle, dice que lo hizo impulsada por un “deseo egoísta de añadir color a mi mundo”. Es la dueña de una tienda de ropa en Texas y en 2005, aburrida de repetir siempre los mismos patrones, decidió hacer una cobertura para el pomo de la puerta de su comercio, más tarde decoró una señal de Stop, ambos adornos tuvieron muy buena acogida en el vecindario. Poco después, o quizá al mismo tiempo, en Dinamarca al grupo Knitted Landscape se les ocurrió empezar a tejer paisajes.

Con su idea, tanto el grupo escandinavo como la estadounidense, reinventaron el uso de los tejidos de punto. Los despojaron de su función práctica. Los sacaron de las cuatro paredes de los hogares y los marcos de cuadros de punto de cruz. Se quitaron la obligación de tejer algo útil y dejaron volar su imaginación en trabajos destinados a darle un toque de color a sus ciudades. Empezaron a hacer lo que se denomina cosies, una de las ramas del yarn bombing según Lauren O’Farrell, fundadora del grupo inglés Knit the City que lleva regalando puntadas al mundo desde 2009, y que consiste en hacer coberturas para objetos que se encuentran en la calle con el fin de sorprender, divertir y embellecer el paseo de la ciudadanía.

O’Farrell comenzó con el yarn bombing después de superar un cáncer. Tejió durante su enfermedad y cuando supo que estaba “limpia” colgó una bufada gigante del León de Trafalgar Square en Londres. De esta manera inauguró en 2007 su actividad en esta disciplina de arte callejero para después reunir al grupo Knit the City dos años después y dar un paso más allá en el bombardeo de hilo. Pasaron de las ropas para mobiliario urbano a las historias contadas con amigurumi, una disciplina japonesa que consiste en tejer muñecos. Lo primero que hicieron  fue una enorme tela de araña  llamada Web of Woe en el la estación de Waterloo, en Londres. Después han ido dejando historias por todo el mundo, desde las ovejitas del puente de la playa bretona hasta los calamares gigantes que devoran cabinas telefónicas.

Museo Militar de Desden. Kristina Kromer y Barbara Niklas en colaboración con otras 60 personas. Fotografía de: Chauncey Photography

Museo Militar de Desden. Kristina Kromer y Barbara Niklas con otras 60 personas. Foto: Chauncey Photography

Además de adornos y cuentos, que devuelven la mirada de la población a las infraestructuras de su cotidianeidad que han dejado de ver por la serialización y la falta de creatividad, el yarn bombing también ofrece mensajes más explícitamente reivindicativos. Así sucede con los cañones que aparecen cubiertos con tejidos multicolor, dulcificándolos, dándoles una nueva cara que les permita olvidar para qué fueron hechos. En la misma línea de apaciguar la violencia a Kristina Kromer y Barbara Niklas se les ocurrió cubrir un tanque del Museo Militar de Dresden, Alemania, en el aniversario de la destrucción de la ciudad durante la Guerra Mundial. Durante seis meses –entre septiembre de 2012 y febrero de 2013- sesenta personas, entre las que había supervivientes de los bombardeos y jóvenes, se reunían los martes y los miércoles para tejer la pieza de 36 kilos que luego cubriría el arma.

Si algo tiene el yarn bombing es su facultad para crear comunidad. Primero para recordar a la ciudadanía que esas calles que pisan cada día son suyas, pero también para hacerles ver que hay más personas que comparten su afición por el punto y sus ganas de poner color al entorno que compartimos. Y no sólo sucede en grandes ciudades y bajo el amparo de museos. En la pequeña villa de Avilés, el grupo Urban Knitting Avilés cubre árboles y fuentes, como hicieron en la pasada Noche en Blanco reclamando que el arte no sólo se esconde en los grandes núcleos urbanos.

El elefantín del Parque del Muelle de Avilés, Asturias. Urban Knitting Avilés

Parque del Muelle de Avilés, Asturias. Urban Knitting Avilés

Más pequeña que Avilés es la ciudad de Bushey, Inglaterra, en la que la artista de yarn bombing que firma bajo el seudónimo The Fastener, colocó en una farola dieciséis flores de ganchillo con un cartel bordado que decía “coge la tuya”. Duraron pocas horas y, a juzgar por los comentarios de las personas que las recogieron, lograron alegrar el día a quienes se hicieron con ellas. Finalmente, una forma de regalar color a quienes, aún siendo desconocidos, son vecinos y, por tanto, parte de un mismo todo.

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