Que se vayan

[Prepararos para la celebración, no en plan cumpleaños de los hijos de Ana Mato; con descorchar unas botellas de sidra El Gaitero bastará]. Ha llegado el día que creíamos que nunca llegaría. Por fin ha dimitido un miembro del Gobierno. No es un ministro, ni nuestro querido y respetado Mariano ‘ya tal’, pero por algo se empieza.

Que un político español dimita es más insólito que un periodista con trabajo (de periodista). Antes se va el Papa que cualquiera de los corruptos ineptos que nos gobiernan, pero en un país coherente, el fracaso político suele llevar aparejada la renuncia al cargo.

Esta misma semana, el ministro de Finanzas portugués, Vito Gaspar, principal predicador en tierras lusas de la doctrina austericida dictada por la Santísima Troika, ha presentado su renuncia. ¿El motivo? El mismo que llevó a su homólogo griego, Evangelios Venizelos, a hacerlo el año pasado: haber dejado el país más seco que el cerebro de Alfonso Rojo.

No son los únicos casos. En Holanda, el gobierno dimitió ante la imposibilidad de imponer un paquete de recortes para cumplir con el objetivo de déficit. En Rumanía y en Bulgaria renunciaron en bloque por la presión de las protestas ciudadanas. Boiko Borisov, primer ministro búlgaro, se negaba “a participar en un Gobierno bajo cuyo mandato la policía está golpeando al pueblo”. Uno se pregunta qué pensará la señora Cifuentes cuando oye estas declaraciones, y se contesta que seguramente acusará a Borisov de ser ETA.

british

Nuestros vecinos también han visto despedirse a varias figuras de la calaña gubernamental por su implicación en diversos escándalos. El primer ministro checo (colocó a aduladores profesionales en los consejos de empresas estatales), la ministra de Deportes italiana (no pagó el Impuesto de Bienes Inmuebles de varias propiedades), el titular de Turismo croata (recalificó terrenos para beneficiar a familiares), el de Hacienda de Bélgica (trato de favor al banco Dexia) y el de Francia (tenía una cuenta secreta en Suiza), constituyen los ejemplos más recientes.

Y en otros países ha hecho falta mucho menos para expulsar a los políticos de su poltrona. Un diputado británico tuvo que decirle adiós a la Cámara de los Comunes cuando se descubrió que había gastado casi 2.000 euros de dinero público en construir una casa flotante para su pato, y el ministro de Energía dimitió por atribuir a su mujer una multa de tráfico suya. En Alemania, la ministra de Educación dimitió por plagiar su tesis doctoral, algo que ya hizo en 2011 el ministro de Defensa germano por el mismo motivo, y el presidente de Hungría en 2012.

Aquí la decente ha sido Beatriz Viana, directora general de la Agencia Tributaria, que no ha tenido mucha notoriedad pública salvo el día que, hablando de la amnistía fiscal, los micros le pillaron confesando que no sabía ni lo que había dicho –tranquila guapa, a tus compañeros de partido les pasa a menudo-. Viana ha presentado su renuncia en medio de la polémica por la “accidental” atribución de unas fincas a la “honrada” infanta Cristina. El dueño de la cartera de Hacienda, Montoro Burns, señaló el viernes que “ha dejado el cargo a petición propia y es de una profesionalidad y honorabilidad extraordinaria”. Que se aplique el cuento.

roto

Daniel Vega

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