Susurro de druida, cantar del pastor

Si eres un pobre agricultor en un pueblo perdido de la India, para tí no hay esperanza. La gente lo sabe perfectamente. Lo sabe desde tiempos inmemoriales.

Ryszard Kapuściński, “Los cínicos no sirven para este oficio”

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Fuente: Ayoze Álvarez

La hiedra viste las piedras grises del último bastión. De allí han huido muchos, se respiran sueños dormidos y en absoluto hay silencio. Un griterío continuo: zumbido de abeja y tábano, relincho de caballo y burro, croar, chirriar de insectos, pájaros y trinos, mugidos, graznidos negros como los cuervos, el águila que se alegra de rendir culto a la muerte, el aullido del lobo en el escalofrío de la memoria…

El último bastión resiste a los empujes del monte, que baja en busca de lo que fue suyo. Las herramientas, que no vieron pasar por ellas la evolución de los siglos (nunca les hizo falta progresar, tenían la sabiduría de antaño) se oxidan o se ahogan en un mar de telas de araña.

Los pocos que quedan tienen que apartar millones de recuerdos antes de llegar a los de su juventud. Un pueblo que rinde culto a lo que se avecina: la desaparición y el polvo, pero que resiste. Con manos duras. Tan duras que hará décadas que no saben lo que es la suavidad. Con párpados cansados e historias para llenar la Biblioteca Nacional. Armados con la destreza de observar en vez de mirar, de calcular cada movimiento, de lidiar con animales de casi una tonelada de peso hablándoles, de encontrar la comodidad en el cansancio.

El monte baja, ellos lo saben. Los prados verdes, de donde se saca el alimento para los rebaños, se van cubriendo año a año, día a día, minuto a minuto. Un avance lento, pero seguro y firme. La dureza de la montaña ancestral es un elemento para el que hay que estar preparado y sobre todo, ser fuerte y joven. Algo que la gran mayoría no está dispuesta a conocer. Ellos lo saben. Los últimos del bastión, con setenta u ochenta décadas de brega en la espalda. Toda su vida han luchado contra el monte, pero tuvieron que hacerse monte para entenderlo, y fue ahí cuando perdieron. Ellos lo saben.

Los escucho mientras hablan con palabras parcas. Describirlos me llevaría páginas y páginas. Sólo sé que son tan profundos como la piedra y el árbol centenarios donde se sientan y apoyan sus espaldas. Cuando caigan ellos… No quiero ni pensarlo.

Enfoco en la mente durante  un momento todas aquellas caras que me pueden ilustrar “la sociedad” de hoy. Las veo cansadas, frustradas y tristes, peleándose a degüello por ocupar un puesto en una oficina, rodeados de plástico, frente a una pantalla, un trabajo cómodo, según me cuentan. Cuánta falta harían en el bastión… Pero la mayoría aquí no sobreviviría y los pocos que llegasen a pasar la dura prueba, se harían monte y perderían. Para siempre. Ellos lo saben.

Susurro de druidas, cantar del pastor, azul arriba y verde alrededor. ¿Cuántos inviernos blancos más aguantará el bastión? En uno de los últimos rincones sagrados miro al río y me imagino el aullido del lobo. Escalofrío.

(Fotografía de portada propia)

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