El sonido misterioso

Ana Pérez Martín

Parecen platillos volantes o conchas de tortuga futuristas pero esos objetos metálicos de forma redondeada que sujetan en su regazo músicos callejeros de todo el mundo tienen nombre propio, “hungs”, son instrumentos de percusión muy difíciles de conseguir que sólo dos personas en todo el mundo producen de manera artesanal.

Su sonido metálico y dulce es capaz de crear una atmósfera de repentina armonía incluso en lugares muy concurridos, como son los parques o las calles. Es fácil verse cautivada por una melodía que parece posarse en el aire y envolvernos en su reverberación. Puede hacernos caer en un estado de relajación  y serenidad aunque también tiene la capacidad –quizá menos explotada- de hacernos bailar, así como lo hace el minimal o la electrónica más suave, contagiando un vaivén casi mecánico.

Steelpan a partir de la cual se creó el hang

Steelpan a partir de la cual se creó el hang

El hang es un instrumento rodeado de misterios. Desde su sonoridad, hasta su precio pasando por su proceso de fabricación y la forma de conseguirlo. Sus creadores y únicos fabricantes, Felix Rohner y Sabina Schärer, dos “escultores de sonido metálico” suizos, como ellos mismos se autodenominan, lo inventaron en el año 2001 mientras trataban de fabricar steelpans, también llamados “tambores metálicos de Trinidad y Tobago”, esa especie de sartén metálica que acostumbramos a relacionar con países de tradición budista y músicas de meditación.

Experimentando con el material, crearon el primer hang, un instrumento que se toca con las manos, sin guantes ni baquetas, para favorecer el contacto entre el músico y su instrumento y no dañar el metal. Este primer hang producía ocho notas, una escala. En la que sería la cúspide de la bóveda que forma el instrumento suena el Ding, la nota de referencia, y a su alrededor se producen las demás. En la parte de abajo hay un agujero de resonancia llamado Gu que al taparlo da lugar a una nota continuada, a modo de bordón con un sonido grave y oscuro.

Entre 2001 y 2005 Rohner y Schärer produjeron Hangs casi a nivel industrial. Fabricaban unos 850 por año, más de dos al día. Tenían un distribuidor internacional que comercializaba el instrumento en múltiples países del mundo que iban desde Japón a Canadá pasando por España e Israel y además disponían de una página web desde la que vendían también los instrumentos.  La demanda aumentaba pero las manos para producir hangs seguían siendo cuatro, muy diestras, pero con un límite. Los creadores se dieron cuenta de que no podían continuar con ese ritmo que, además de ser ingobernable, no les dejaba tiempo para dedicarse a la investigación y así poder mejorar su instrumento.

Por ello en el invierno de 2005 decidieron parar y reflexionar. De su tiempo de investigación surgió otro modelo de hang, que tenía otra tonalidad y era menos susceptible a desafinarse. El instrumento mejoró pero ello implicaba que aún necesitarían más tiempo para fabricarlo. Decidieron cambiar su negocio: dejaron de trabajar con el distribuidor internacional y cerraron su página web.

Rohner y Schärer son artesanos que se vieron envueltos en el ciclo capitalista de producir y producir para satisfacer una demanda exigente y así hacer más dinero. Pararon a tiempo y dieron un paso atrás. Desde su casa a la orilla de un río decidieron que quien quisiera un hang debía ir a buscarlo a Bern, Suiza, donde ellos dedican su tiempo a producirlos. Acorde a esta decisión de volver a lo artesanal, estaba el nuevo modelo de hang que habían creado y que reproducía ocho notas, pero no pertenecientes a la misma escala. De manera que cada hang podía producir sonidos diferentes y cada músico podía elegir el que mejor se adaptara a sus necesidades, algo muy complicado si no iban a buscarlo a la casa.

Zwolle, Holanda. Foto: Clara Pérez Martín

Zwolle, Holanda. Foto: Clara Pérez Martín

Quizá no se esperaban la reacción pero lo cierto es que mucha gente empezó a visitar a la pareja en su casa suiza. Por eso decidieron establecer un nuevo procedimiento para poder conseguir un hang: quienes quieran comprar uno ahora tienen que escribir por correo postal (no contestan emails) para solicitarlo y armarse de paciencia  porque la respuesta tarda meses en llegar y los hangs se venden en momentos determinados, por ventanas –sí, como la amortización de las hipotecas-. Los fabricantes se ponen en contacto por carta con las personas que pueden ir a la casa a comprar su hang con unos meses de antelación y escriben a quienes no podrán hacerlo para que se olviden.

En un principio los enviaban también por barco pero han descartado esta opción: quieren conocer a las personas que compran su instrumento. Así, los elegidos, visitan la casa de Felix Rohner y Sabina Schärer, prueban tantos hangs como quieran y se vuelven a casa con su caparazón de tortuga metálico a la espalda. No hay listas de espera, los fabricantes deciden quién puede y quién no puede comprar un hang. Muchos se enfadan porque por mucho que lo intentan no logran conseguir uno. Hay que tener en cuenta que ahora se producen unos 400 hangs en un año y se reciben 10 cartas al día solicitándolos, eso serían unas 3650 peticiones.

Otra gran curiosidad es que no se producen los viejos modelos de hang. Primero producían una escala de notas, después ocho notas diferentes que podían variar según el ejemplar. Pero el instrumento tenía un problema: se desafinaba. Al golpearlo se modificaba la forma y ello hacía que perdiera el tono. Con el tiempo sus creadores desarrollaron un nuevo material menos susceptible a la deformación con el que han logrado producir el nuevo hang, el que se comercializa ahora, que no necesita ser afinado y que reproduce siempre las mismas notas. Los demás modelos ya no están a la venta.

Pero como se puede imaginar, ante un producto tan demandado y complicado de conseguir, se crea un mercado de segunda mano. Y, cómo no, la pareja de artesanos volvió a topar con el capitalismo, esta vez con la especulación. En 2007 los hangs se vendían por un precio que podía llegar a ser seis veces mayor al original. Si en la fábrica se podía adquirir por unos 1.200 euros, en Internet sus precios oscilaban entre 2.500 y 6.000 euros. Aún hay páginas donde se pueden encontrar por 4.000 euros, pero los fabricantes desde 2010 obligan a los compradores a firmar un contrato que estipula que no pueden revenderlo por un precio mayor al de compra que ahora ronda los 1.900 euros.

La historia continuará, porque Rohner y Schärer siguen tratando de mejorar sus instrumentos y siguen, en su pacífica casa suiza, fabricando ese instrumento al que han entregado su tiempo en la última década. Os dejo con algunos vídeos de gente que ameniza las calles con las misteriosas notas del hang y con un último apunte: los artesanos cuentan en una de sus declaraciones que reciben muchas cartas de gente emocionada con el sonido de este instrumento que han escuchado, cómo no, en la calle.

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