En el pentagrama de los silbidos del aire

Psilocybe semilanceata. Hongos del norte. Un elemento más del monte, milenario, intrínseco, como el árbol o la hiedra, a fin de cuentas: natural.

Una mano tendida del entorno, como los frutos pendientes, para que cualquiera termine de acoplarse a él. Algo así como una invitación a cruzar el vano abierto tras el que uno deja de sentirse y actuar como en una cadena de montaje (mira hacia el semáforo, espera que cambie de color, verde, cerciórate, mira a la derecha y a la izquierda, cruza, baja las escaleras por ese lado, no corras, tampoco te pares, saca el abono, introdúcelo en esa ranura, espera, avanza) y se inmiscuye tímido primero, como un jabato en barrizal después, en la percepción ancestral de sí mismo. El reino de las injustamente sentenciadas pequeñas cosas: las miles de fibras del aire, unas cálidas, otras heladas, que erizan millones de pelos en el cuerpo o una cantidad infinita de poros que se desperezan y saludan al sol, como un campo de girasoles al que la vista no consigue enjaular. Y lo mejor de todo: sentirlo todo, vello a vello, poro a poro, a la vez. La arena que transporta el viento desde la playa hasta el pinar para que se refresque en la sombra de los gigantes de madera que casi rozan el azul, corretea y se desliza por los pies. Los oídos son la parte más rápida: dejan de oír ruidos y se deleitan escuchando el rumor. Y así, segundo a segundo, estas pinceladas conforman trazos que a su vez… Misticismos.

En medio de aquél jolgorio, sentados en dos sillas de plástico rojo, con un café helado y regado con un chorro justo, de mano avezada y curtida a décadas de llenar vasos, de crema de avellana, estábamos mi viejo compañero de batallas Amadís de Gaula y yo. Para los enjambres de personas que zumbaban festejando por el pinar, debía parecerles que no hacíamos nada. Sentados, en actitud relajada, parapetados bajo gafas de sol, sin hablar… Sólo dos sonrisas fijas, como de mármol, nos delataban.

En un momento dado de la mañana, reparamos en que nos reflejábamos en otras dos caras igual de risueñas que nos observaban como si ya nos conocieran y se alegraran de vernos. Una masculina, otra femenina. Nos llamaron, fuimos. Acomodamos las cuatro sillas para tenernos siempre a la vista y conversamos.

Rondarían el trampolín de los treinta. Quizás ya se hubieran lanzado desde él y nadasen vida arriba, o a lo mejor aún estaban subiendo los últimos peldaños de la escalerilla. Incluso pudiera ser que se hubiesen plantado y decidieran no saltar, al estilo de huelga de Petar Pan. Ambos, guapísimos. Él con la coronilla a más de metro ochenta de separación del meñique del pie, con cabello y barbas lisos color trigo y con una fuerza juvenil compacta, sin definiciones, ni volúmenes, ni esas raras historietas que se compran en polvo o en cápsulas. Ella aún más alta que él, con el pelo color noche cayéndole por los hombros y la espalda como un aguacero de abril. Unos senos grandes, voluminosos y redondeados destacaban bajo su camiseta blanca en aquél cuerpo de delicia. Me hubiese enamorado de ella allí mismo si me lo hubiese pedido. ¡Qué digo! ¡Me hubiese enamorado de los dos allí mismo si me lo hubiesen pedido!

La conversación la empezó ella y yo de repente enmudecí. No estaba acostumbrado al terreno al que nos arrastró con la primera frase. Hablaba con una suavidad cándida y pasmosa, pero en su entonación no había dudas, ni titubeos, no había pausas, no le faltaban las palabras y exponía con tal seguridad y firmeza lo que decía que yo no quería que parase de hablar. Él sonreía, asentía, puntualizaba y recordaba, se le notaba que recordaba, y sonreía de nuevo. Conseguía transmitir la misma sensación que ella. No sé cuantas horas estuvimos allí, pero si me perdía en mis divagaciones ella me cogía de la mano y tiraba de mí serena y tranquila, y a mí me devolvía la sonrisa.

En ningún momento nos dijeron sus nombres, ni de dónde venían, ni hacia dónde iban. Nosotros a ellos tampoco. En el fondo, creo que ya nos conocíamos, por eso nos alegrábamos los cuatro de encontrarnos, sólo que no sabíamos que existíamos.

Se levantaron limpiamente, ágiles, gráciles y se despidieron, agitando las manos camino de la playa. Hubiese dado cualquier cosa por irme con ellos. Los vi alejarse, enredándose en carantoñas, en carcajadas, en besos. El vacío se apoderó de mí en ese instante y comprendí que aquellas dos personas tenían que ser la representación más exacta hasta el momento de los ángeles.

En ese momento volvió el frío pero se quedó una cierta temperatura cálida en el ambiente alrededor nuestro. Comprendí que ellos eran buenos, que no aparentaban ser buenos, que no aparentaban ser nada, sólo eran. No sé si un día los volveré a encontrar, pero me encantaría volver a ver a aquellos dos seres humanos, precisamente por eso, porque eran dos seres humanos.

Les mando un beso.

Fuente de la imagen de portada: Cospeta

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