El silencio se apoderó de Santiago de Compostela

Ana Pérez Martín

Esta tarde sonaban las gaitas bajo un orbayo que no era capaz de aminorar el ambiente festivo de la ciudad. Se tomaban fotos idénticas en todos los idiomas, al fondo la catedral que esperaba los fuegos artificiales por los que algunos ya hacían cola desde por la mañana. Las calles abarrotadas de gente volvieron repentinamente la cabeza a sus teléfonos móviles y, entre susurros, se empezó a hablar de un atentado, del independentismo, mientras se miraba a un lado y a otro por si acaso levantar la voz podía agravar la situación. En la superficie todo seguía igualmente turístico y volaban las siguientes rondas pero íbamos alejándonos de la muchedumbre, sin confesar el miedo que hemos cultivado en los últimos años, buscando la manera de salir de allí y volver a casa.

Todavía no era de noche cuando ya habíamos descartado el atentado. Internet se colapsaba y había más policía que ayer a estas horas pero todo podía parecer normal en vísperas del día del Apóstol. La ciudad se seguía moviendo a un ritmo entre vacacional y agitado por la ansiedad del turismo exprés cuando emprendimos nuestro camino hacia la curva alejándonos del bullicio del centro que aún no había digerido la noticia.

Pasaban las ambulancias calle arriba, curiosamente discretas, como pasmadas. Nos guiábamos con indicaciones de caras consternadas. Un hombre de la Cruz Roja nos anunció que ya estaba casi todo recogido, que ya sólo sacaban heridos leves pero que en las vías aún reposaban los que se habían ido. Era más de medianoche, más de cuarenta muertes, cuando vimos aparecer el camino tenuemente iluminado por el que iban y venían grupos de personas con la misma cara de expresión ausente.

Confieso que no me esperaba tanta gente pero, sobre todo, no podía esperarme semejante silencio. No sonaba el metal, no sonaba la policía, no se escuchaban apenas palabras porque no podían encontrarse. Flotaba en el ambiente un respetuoso silencio por la tragedia de rostros desconocidos. Más de un centenar de personas se encaramaban a las vallas para poder ver desde arriba cómo había quedado todo. Se escuchaban pocas voces pero todas hablaban gallego, como mínimo en el acento.

Una pareja narraba sus sospechas sobre que no fuera un atentado, los vecinos habían escuchado una explosión y no acababan de fiarse: quizá negarlo sea una estrategia del gobierno para no crear alarma en un día tan concurrido como hoy en Santiago. Más adelante una chica de veinte años hablaba para una televisión. Tenía la mirada perdida y los ojos más abiertos de lo que sus cansadas órbitas podían soportar. Contaba que estudió un curso de primeros auxilios, que vive cerca del lugar donde se ha producido el accidente y que fue una de las primeras en bajar a socorrer a las víctimas: “Este día no lo voy a olvidar en mi vida” y continuaba comparándolo con todas las anécdotas desestabilizadoras que le han ocurrido en su corta vida en una verborrea que, confesaba, no había podido contener desde que conoció la tragedia.

Las noticias contaban más de cincuenta bajo las sábanas blancas que podían verse a lo largo de la vía. Los vagones destrozados testificaban una situación que sólo pensamos posible en la pantalla. La policía seguía entrando y saliendo de ellos, imposible ver si sacaban a alguien, quizá imposible mirarlo. Los vecinos seguían jugando su carta de testigos. Unos decían que habían sentido temblar sus casas y continuaban pensando en el atentado, qué sino iba a hacer saltar por los aires el vagón. Otras se dedicaban a desmentirlo reduciendo el supuesto estallido a un estruendo causado por la colisión del tren. Una señora recordaba un sonido de tren que no solía escucharse en este tipo de vehículos abriendo así el debate de si el maquinista conducía demasiado rápido en esta curva peligrosa.

Hablaban, pero no hacían ruido. Sólo un hombre nervioso en pijama que agarraba con fuerza su móvil logró romper por un instante el tiempo congelado. Abandonamos el lugar. De frente apareció una grúa inexplicablemente muda contra el asfalto. Sus operarios se movían despacio pero con efectividad, con una suavidad casi invisible colocaban los focos que auguraban una larga noche de trabajo en las vías.

Hoy la ciudad no duerme y dedica su pausada energía a personas desconocidas. Se ha quedado sin fuegos artificiales y, evidentemente, nadie se acuerda. Esta noche Santiago guarda silencio.

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