I. La Roca

Nota del autor

Lo que aquí se cuenta y se contará, durante las siguientes semanas o meses, son sólo palabras para leer. Yo no quería escribirlo, pero en la vida ciertos pactos, por mucho que cuesten, y aunque su origen sea nebuloso, hay que cumplirlos. Pase lo que pase. Es por eso la advertencia con la que comienzan estas líneas, porque la historia, la historia como tal, es sólo para mí precisamente eso, una historia. Llegó a mis oídos a través de los labios de otra persona, que a su vez me la leyó y lee de un diario. Un diario que no es suyo, sino de alguien que según él, lo vivió todo en primera persona siempre. En definitiva, yo sólo transcribo lo que alguien en su día escribió con mucha más profundidad, con conocimiento de causa e imaginación propia. Lo real y lo irreal, por lo tanto, quizás sean aquí la misma cosa. Sobre los personajes, pese a que me han intentado convencer de que son reales, personas de carne y hueso, tengo mis dudas. Intentaré hacerlo lo mejor posible. Por todos los que aparecerán en estas líneas, existan o no, mi copa al viento.

La roca

Incluso bajo dosis de fuerza mínima, conseguía rozar los asteroides visionando el futuro

Incluso bajo dosis de fuerza mínima, conseguía rozar los asteroides visionando el futuro

Por fin, después de todo, cerré los ojos.

Cuando desperté, no recordaba qué era lo último que había visto. La luz entraba por las rendijas de algo que me asfixiaba. Me llevé la mano a la cara, tenía un sombrero de caña puesto. No me lo quité, mejor así de momento. A mi derecha debía haber una barca jubilada. Sí, ahí estaba. Me llegó el humo de un cigarro. Él no se había movido de allí, sin duda. Mis músculos volvían a sentirse fuertes. Levanté el sombrero, el puerto descansaba firmemente amarrado. Una silueta de una espalda enorme se recortaba frente a mí, y bajo unas gafas de sol, de sobra conocidas, unos ojos (eso lo sabía sólo yo) buscaban respuesta en el infinito. Reflexionando. ¿Sobre qué? Quizás sobre el teorema infinito de algún mono, tan lejos de las montañas. A miles de kilómetros, en las puertas hacia un nuevo mundo que yo conocía vagamente, que siempre me había forzado a rodear y que a ambos nos tenía paralizados.

La razón, o mejor dicho, las razones de que estuviésemos en aquel puerto olvidado, se habían ido construyendo, sólidas, años atrás. Se habían enmarañado tanto, que construían un bloque de imágenes extrañas, confusas en el conjunto, pero nítidas si se puntualizaban. La primera impresión es la que cuenta. Yo, o mi yo de entonces, se quedó petrificado al verlo por primera vez en la universidad, un circo pomposo y burdo en la que la palabra excelencia no podía ocultar lo que había en sus entrañas. Él era una de aquellas canas que aparecían, cuando ya se creía que no estaban, en el cabello embadurnado con tintes de supermercado industrial, tirando por la borda toda pretensión. Parecía un oso. Ocupaba lo mismo que tres personas como yo, y andaba como un tanque de guerra en medio del desierto, seguro, pero siempre alerta. Se plantó ante mí, la pregunta fue como un bofetón: “¿qué hora ye?”. La respuesta, un balbuceo estúpido. Luego vinieron nevadas, lluvias, cielos azules, el lento desnudo de las mujeres que olvidaban los abrigos y se acordaban de las faldas según le caían hojas al calendario. Una y otra vez. Y en el medio, cuentos para no dormir. La refriega en el arrabal, donde mi espalda había chocado tras un empujón en una verja metálica y mis ojos veían como el golpe mortal venía como una avalancha justo antes de cerrarlos, y al volver a abrirlos, él tenía a mi contendiente y al suyo inmovilizados en el suelo y cargaba contra ambos con furia de toro de lidia arrinconado. Las carreras por el casco viejo, tras la mano que se había alargado en botella rota, perforándome el costado, para darle caza. Corrió solo la sangre justa por mis costillas por el mero hecho de que, en vez de mi abrigo, llevaba el suyo, varias tallas más grandes que mi espalda y su grosor impidió al vidrio lo que mejor sabe hacer. O las notas repetitivas en la corrala asfixiante, a cualquier hora, con el acordeón en mano que me sacaban de quicio y que a él le daban un aire de pobre ambulante. De otras historias prefiero no dejar constancia escrita. Además, aprendí de él que en el pasado tampoco se encontraban tantas respuestas. Siempre hacia adelante, para atrás ni para coger carrerilla.

En sus orígenes la losa de la realidad no tuvo piedad. Ya hace algunas primaveras de eso. La realidad se antojó tan clara que hería. Bajo la lluvia perpetua, olía a muerte. A muerte mal enterrada. A leyendas silenciadas y a hogueras que no se apagaban nunca, recordando a quienes habían descendido a las profundidades y no habían vuelto. Una conjura transportada a lo largo de los años por el aire, en los susurros de las brujas en los montes, que se depositaba en los monstruos metálicos que vigilaban desde el aire, decrépitos, con sus garras a ochocientos metros bajo el suelo, a quienes sabían lo que de verdad valía la vida.

Sí, estaba claro que eran aquellas las razones de que estuviésemos en el puerto, en silencio. Tan lejos de casa, pero tan cómodos en el suelo de hormigón como si del hogar se tratara. Callados, las palabras sólo se escuchaban cuando de verdad eran necesarias. Como un día en el pasado, frente a la estatua donde el soldado disparaba al frente mientras cargaba con el amigo herido de fatalidad y metralla. Sí, era aquella la razón por la que él estaba allí, velando el  sueño y la quietud del puerto.

Nunca se abandona a un compañero

Segunda nota del autor

En el diario original, al final de esta historia, hay manuscrito un poema. La caligrafía es diferente e ininteligible, por lo que debe pertenecer a otra persona. No se aclara quién es el autor, sino que están extraídos de “una roca”. Los últimos versos (los únicos que se entienden) son los siguientes:

“¡Callái!
¿…Sentís cantar el aire?
Sí, son nomes.”

Texto: Ayoze Álvarez

Ilustración: Lucas Galván

Corrección ortográfica: Pablo Sánchez

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