Un sórdido déjà vu

"No me miréis así, puedo dejarlo cuando quiera"

“No me miréis así, puedo dejarlo cuando quiera”

Los últimos movimientos del excelentísimo Nobel de la Paz, Barack Osama, en el siniestro tablero de ajedrez en que se ha convertido Siria desde hace dos años hacen presagiar lo peor. La guerra a escala internacional parece inminente.

Resulta llamativo que la mayoría de los medios achaquen esta fatalidad a razones geopolíticas y humanitarias, desechando la cuestión económica porque ciertos ‘expertos’ aseveran que el país carece de recursos naturales significativos.

Queridos amiguitos, os voy a revelar un secreto que quizás vuestros profesores, la tele y los políticos se han olvidado de contar. Todas las guerras entre países de la historia, desde los tiempos en que Wert lucía una melena perrofláutica hasta hoy, todas,  han estado motivadas por causas económicas.

Es cierto que las reservas sirias de petróleo y gas son minúsculas en comparación con las de las superpotencias energéticas. Su valor, reside en su situación geográfica (centro de Oriente Próximo), que lo convierte en un punto clave para el paso de hidrocarburos.

Irán, Líbano (a través de la milicia Hezbolah) y Rusia son los aliados de Siria. Además de su antiamericanismo fehaciente –que les deparó la denominación de ‘Eje del Mal’ por parte del ínclito George W. Bush-, las tres naciones comparten unas excelentes relaciones comerciales con el país dirigido por Al-Assad, especialmente en aspectos energéticos y armamentísticos. Más del 10% de las exportaciones de material bélico ruso, el segundo mayor vendedor de armas del mundo –¿quién será el primero?-, van a parar al arsenal sirio.

Por otro lado, los mayores interesados en el derrocamiento de Bashar Al-Assad son Arabia Saudí, Turquía y Catar, adalides de la democracia y los Derechos Humanos comparables a los socios del autoritario líder sirio. Estos países, que mantienen una profunda y, sobre todo, desinteresada amistad con las élites financieras anglosajonas, llevan varios meses nutriendo de armas a los rebeldes sirios.

Siria es un suculento caramelo para estos musulmanes pro-yanquis, ya que un gobierno islamista manejado por la Liga Árabe que lideran –o por el Tío Sam, como ya sucede en Irak, Yemen o Afganistán- les permitiría establecer a su gusto una red de oleoductos que abarataría sobremanera los costes del transporte de los hidrocarburos y que, hoy por hoy, es impensable en el régimen laico de Al-Assad.

De hecho, el monarca alauí ha firmado recientemente un acuerdo con Irán, Líbano e Irak para construir un gaseoducto de 6.000 kilómetros que abastecería de gas iraní toda la antigua Mesopotamia y buena parte de Europa, algo que a Catar y Turquía, dos de los mayores exportadores mundiales de este combustible, les hace menos gracia que los chistes baratos de La que se Avecina.

Francia y Reino Unido son los únicos países occidentales que han declarado abiertamente su apoyo a un ataque de Estados Unidos. Escudados en un discurso repleto de términos como “democracia”, “libertad” y tantos otros conceptos que se tornan vacuos al ser pronunciados por políticos, intentan camuflar su verdadera intención: proteger su lucrativa relación con los opositores de Al-Assad, Rouhaní y compañía. Su inoperancia ante los 110.000 muertos que ya se han contabilizado desde 2011 y los dos millones de refugiados, olvidados en paupérrimos campamentos mantenidos a duras penas por Acnur, da buena fe de las prioridades de la diplomacia anglo-francesa.

Afortunadamente, el Parlamento británico ha tumbado su participación en la guerra y le ha recordado a David Cameron que los intereses de Shell y British Petroleum no son los intereses de los ingleses, y es que lo mejor para las grandes empresas no suele ser lo mejor para la ciudadanía, ¿verdad, Mariano?

Hollande, en cambio, está decidido a seguir adelante de la manita de los americanos, pese a que dos tercios de los franceses se opongan a la intervención militar. En cualquier caso, la monarquía saudí ha querido premiar la fiel devoción del presidente galo por la paz en Oriente con un contrato militar de 1.000 millones de euros.

Por último, nos encontramos al país de las barras y estrellas, amo y señor de la política internacional mundial y acérrimo garante del bienestar de todos los pueblos de la Tierra desde Guantánamo hasta Nagasaki, pasando por Guatemala, Managua, Granada (la caribeña), Trípoli, Darfur, Kosovo, Faluya o Kabul, ya sea a través de la OTAN o por puro altruismo unilateral.

El secretario de Estado, John Kerry, que no hace tanto compartía íntimas veladas de cinco tenedores con el presidente sirio al que ahora compara con Hitler, considera el uso de armas químicas en Siria –que la ONU aún no ha certificado- una “obscenidad moral” que exige  bombardear el país por el bien de sus ciudadanos (obviamente los sirios se sentirán mucho más libres y felices cuando vean llover los explosivos). Lo que el mandatario norteamericano no ha aclarado es si el apoyo norteamericano a Sadam Hussein cuando las utilizó contra Irán en los 80 o su uso durante el derrocamiento del presidente iraquí en 2004 también le parecen cochinadas éticas dignas de una reprimenda bélica.

Los intereses estadounidenses en Siria van más allá de contentar a sus socios en la zona que, entre otras cosas, le compran más de la mitad de las armas que exporta (sólo en los últimos meses ha recibido pedidos de países de Oriente Medio que suman 13.000 millones de dólares). El objetivo de los dirigentes de la nación norteamericana (corporaciones como Halliburton, Goldman Sachs, Exxon, Chevron, etc.) es alcanzar el control total de la región más rica (en recursos energéticos) y convulsa del planeta.

En 2007, el general retirado y exComandante Jefe de la OTAN, Wesley Clark, reveló la estrategia de la administración Bush tras el 11S para lograr su libertario propósito: atacar siete países en cinco años. Una intrépida aventura con aroma hebreo que empezaría por Afganistán e Irak y culminaría con Irán, auténtica fístula purulenta incrustada en las codiciosas y sobrealimentadas nalgas del Tío Sam.

Con el objetivo de conseguir el plácet de la opinión pública para saquear liberar el país, Estados Unidos fabricó la mayor campaña de manipulación informativa conocida hasta la fecha. Los grandes medios bombardearon durante meses los telediarios con ‘informaciones’ que aseguraban la existencia de armas de destrucción masiva en la potencia petrolífera.

Diez años y más de un millón de iraquíes muertos –además de 70.000 soldados americanos- después, las armas siguen sin aparecer, pero Financial Times calcula que la guerra más privatizada de la historia ha generado unos beneficios de 140.000 millones de dólares repartidos entre unas pocas compañías. A su vez, la deuda pública norteamericana, por la que tienen que responder todos sus ciudadanos, ha pasado de seis a 16 billones de dólares. Pero eso sí, la gasolina allí está baratísima.

Hoy, la amenaza está en Damasco, según nos cacarean unos periódicos e informativos que hacen gala de una retórica sospechosamente similar a la de aquella primavera de 2003. Barack Osama ha repetido hasta la saciedad que Siria no es Irak, pero al sustituir en su discurso  ‘armas químicas’ por ‘armas de destrucción masiva’, un sórdido déjà vu anticipa otra guerra que, una vez más, tiene mucho de económica y muy poco de humanitaria.

Daniel Vega

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