II. El estado de las cosas

Nota del autor

En el diario original, la siguiente historia no está constituida como tal. A lo largo de todas sus páginas, aparece intermitentemente la descripción de una mujer. Confusa en diferentes momentos, siempre inconclusa y con tachaduras. Por lo tanto, lo que aquí relato es sólo una reconstrucción inacabada y nebulosa.

Todas las puertas esconden algo. El momento en el que una persona abre y descubre aquello que tanto imaginó, es un instante maravilloso

El estado de las cosas

A mí me hubiese gustado que se llamara Pandora, pero ella le había robado el nombre a Mafalda.

Siempre pensé en qué bonito hubiese sido que conversáramos. Sin embargo, cuando nos encontrábamos, nos cargábamos de silencio. Era una sensación extraña. Yo podría haberle contado días sin fin y narrado noches enteras, pero pronunciar un segundo cuando la tenía frente a mí, se me antojaba imposible. No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy, me repetía, y gasté un lustro posponiendo. La factura fue muy cara. De propina: bocas cerradas, mudas, cómplices, ante los tirones de la distancia en direcciones opuestas pero sin dejar de mirarnos.

La encontré de casualidad muchos años después de que empezáramos a no conocernos, en una casa céntrica del barrio más bonito de la ciudad, donde yo solía recalar como invitado errático de vez en cuando. Mientras cocinaba la escuché entrar y su voz se convirtió en tango para mis nervios. Una melodía suave, con aroma a almizcle, de tonalidades celestes, con la entonación de un ruiseñor. Si ella fuese un pájaro, sería un ruiseñor. Su acento me cegaba el alma y dentro de la cabeza se huracanaban imágenes: una estrella de mar, una costa infinita, el desierto, la danza de los coyotes.

Me había prometido a mí mismo que leería a todos los maestros de América del Sur para intentar describirla, conocer todas las palabras del diccionario capaces de dibujarla en un texto. Una amiga poeta me convenció de que no lo hiciera. Era posible encajarla ya en las novelas de García Márquez, de Vargas Llosa, de Cortázar. Incluso en las de Bolaño. Y ellos, si la hubieran conocido, frustrarían sus propias creaciones y enloquecerían. Nunca, me repitió varias veces, intentes escribir sobre ella. No cometas esa imprudencia, o acabarás chalado.

Pero yo quería hablar con ella y hablar de ella, y en esa hora del reloj en la que estábamos frente a frente, dejé que mis pies se despegaran del suelo.

Me lancé por el precipicio, olvidé todo lo que tenía que perder. Que pasara lo que tuviera que pasar, plata o plomo. Creo que ese era su mayor poder: el canto de sirena. Las golondrinas me acompañaron en el vuelo y eso permitía olvidar por momentos la caída, que como siempre, iba a tener la dureza de la palabra “penúltima”, pegajosa de caña de azúcar destilada. Y me contó. Me contó de sus vacíos, de sus sueños pintados por sus manos en las paredes, de sus éxitos, del esfuerzo para no perder la sonrisa eterna, de sus sobrevuelos.

Trabajaba en un museo. A mí los museos siempre me parecieron tétricos cementerios esterilizados color hospital, pero imaginándola a ella en la proa de uno, vi un carnaval esquizofrénico de pinceles, luces y calaveras pintadas bajo los efectos del peyote. Al sol. Retando a la muerte huidiza a que diese la cara. Yo soy más muerte que tú, muerte. Ella era capaz de eso.

Luego intenté hablar yo. No podía expresarme, me volvía a nublar, me escuchaba distante, preguntándome qué permiso le había dado yo a mi boca para que dijese tantas estupideces… Oscuridad… Abandono y flaqueza… Sus ojos taladrándome, su cara inexpresiva… Su embrujo en risotadas malignas obligaba a mi pensar a ponerse de rodillas y ella sentada, tranquila, mirándome. ¿Dónde estoy?

Sonreía, siempre sonreía, haciendo malabares con la vida.

Segunda nota del autor

Hay que aclarar que, aparte de inacabadas, las descripciones del diario original, del mismo tenor que la anterior, están escritas con pulso firme en un principio pero luego, como si la mano desfalleciese, la caligrafía se pierde en trazos casi lineales. Sacar en claro algo más es tentar a la suerte. Me siento en la obligación de transcribir (con el objeto de ampliar la visión de esta mujer misteriosa) una conversación sobre este personaje, que el escritor del diario llama Mafalda. La conversación la mantuve con la persona que me puso la pistola en el corazón para que escuchara lo que el diario original contenía. Las preguntas, sobra decirlo, pues algún as tengo que tener en esta partida, las hago yo.

– ¿Conociste tú a esta mujer?

– Sí. La conozco. Mucho mejor de lo que él la conociera nunca.

– ¿Y se ajusta esta descripción a la realidad?

– (Silencio)… Se ajusta en el sentido de que es como él la contempló durante muchos años. No se puede decir que fueran buenos amigos, no eran confidentes ni nada de eso, pero él la respetaba hasta tal punto que, como bien dice ahí, enloquecía al verla. De hecho la palabra respeto yo la sustituiría por miedo.

– Miedo, ¿miedo de qué? ¿Era un asunto de amor? ¿De atracción?

– En absoluto. A él le fascinaba la profunda feminidad de ella, pero era sólo eso, fascinación. Yo viví todos sus escarceos con las mujeres, las conocí a todas, y en sus noches de lobo herido y mojado, cuando aullaba como un cachorro, me hablaba tan profundamente de ellas que los retratos que yo me hacía mentalmente eran como fotografías reales. Pero no, con ella no caben esos términos. Es verdad que a él le gustaban mucho las mujeres, pero entiende que no era un mujeriego, sólo le encantaban las mujeres. Se sentía como un pez en el agua nadando entre lo más profundo de cada una, le deslumbraba la oscuridad del secreto femenino, el lado oculto de la luna. La belleza de la malicia. Creo que fue eso lo que le ocurrió, que ella no dejó entrever su maldad y a él no le interesó nunca el lado brillante. Él quería llegar a las entrañas de la inmundicia del ser y bucear entre sus cloacas y telarañas, pero ella era, y es, una fragata difícil de hundir.

– ¿Una fragata? Explícate.

– Su mirada es aterradora. Tiene unos ojos preciosos, pero su mirada… Jamás podrías averiguar qué hay detrás de esos ojos que se te clavan como garras de buitre. Transmite una seguridad que deja exhausto, y él siempre rehuía mirar directamente a nadie. Se sentía débil, creía que todos podían colarse por sus cuencas y leerle el cerebro como si este fuera una enciclopedia. Con ella estaba seguro de que eso ocurría, él creía que ella se metía dentro de su cabeza, eso me lo contó más de una vez. Estaba loco, sin duda.

– Yo también empiezo a creerlo… Tampoco hay ninguna descripción física de ella, parece extraño ¿no?

– Por un lado me alegro, hay demasiados psicópatas sueltos y él, aunque sabía que se podía defender muy bien ella solita, siempre se preocupaba por la fragilidad de las personas. Yo no te voy a contar cómo es, sólo que cuando uno la mira a los ojos siente entrar en otra dimensión cognitiva. Si algún día te ocurre eso adivinarás que es ella. No hay demasiadas mujeres así por ahí.

A decir verdad, no me creo mucho de esta historia. Dudo que esa mujer exista, seguramente sería un producto de una imaginación alucinada.

– (Sonrisa helada). Nadie te ha obligado a creértela, pero recuerda que tanto la vida como la muerte son palabras femeninas.

Texto: Ayoze Álvarez

Ilustración: Lucas Galván

Correción ortográfica: Pablo Sánchez

Advertisements

2 responses to “II. El estado de las cosas

  1. Pingback: III. Los otros colores: “Invierno, en Lisboa” | Semanario digital·

  2. Pingback: V. La carta | Semanario digital·

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s