El arte de la multi-respuesta

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Ana Pérez Martín

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Hyuro lo pone difícil. Salta a la vista que sus murales no persiguen sólo una finalidad estética, el mensaje está bellamente enmascarado detrás de un simbolismo que roza lo desconcertante. Asaltan las preguntas pero al lado de su obra no se puede recoger ningún catálogo de repuestas. En las calles no hay comisarios que nos guíen por el mundo interior de los artistas, ni libros que nos contextualicen sus obras, no hay exposiciones llenas de letras y más letras, entrevistas, diarios y reflexiones. Desaparecen las palabras, no hay más que una firma, un seudónimo. Liberado del texto el arte se hace paso abriendo puertas oxidadas, esas que no tienen respuestas concretas y que hemos llegado a menospreciar. Liberados del texto, nos colocamos en solitario delante de Hyuro y se hace el silencio, se establece un vínculo y escuchamos, en exclusiva, la única explicación válida: la nuestra.

Invito ahora a hacer un alto. Me retiro para permitir que os coloquéis delante de estas pinturas sin palabras ajenas, sin ruido y podáis escuchar vuestra propia respuesta sin intermediarios y si después la queréis compartir… ¡sentíos libres de hacerlo! Os dejo el enlace a su flickr y un vídeo de uno de sus murales. Más abajo comparto lo que a mí me transmite su obra porque, al final, aquí estamos para dialogar sobre nuestra visión de las cosas, ¿no es así?

He escrito pensando en ocasiones en obras concretas las cuales enlazo en el texto para que podáis seguir la reflexión más fácilmente. 

El paso de la vida, la entrega tradicionalmente femenina al cuidado de los otros, el vínculo madre-hija, un afecto que no pierde nunca el contacto: sostiene, acaricia, abraza. Nostalgia, compromiso social y dulzura. Tres constantes de la obra de Hyuro con las que me topé ya desde mi primer encuentro con esta artista a través del mural “Ciclos”.

Ciclos

Pero “Ciclos” es una pintura hecha a color, algo excepcional dentro de la obra de Hyuro y que cambia la sensación que transmite. Inspira calidez, invita a observar la degradación, el triste paso del tiempo, como un proceso que, pese a estar envuelto en un haz de melancolía, esconde también belleza.  A las demás imágenes parece que no les diera el sol. En blanco y negro las escenas se vuelven más duras. Como si cada pincelada se deshiciera de una preocupación, un grito de rabia o una lágrima. Monocromas ganan fuerza, recuerdan a las ilustraciones de Persépolis, de Marjane Satrapi, capaces de contener desgarro y ternura al mismo tiempo, con una seguridad y una presencia que no dejan impasibles.

A los murales de Hyuro les veo gesto de pérdida. De dichas arrebatadas: libertad, identidad, vida, amor, naturaleza. La privación de derechos se expresa alto y claro. La tradición pesa sobre las mujeres, sujetando ciudades, atadas a la casa, llevando sobre la espalda no sólo el peso del hogar sino las sombras de las familia –otra vez el cuidado del otro-. La denuncia se eleva hasta la mujer objeto y la prostitución. Parece estar constantemente planteando la pregunta ¿por qué así? ¿Por qué tienen otros que decidir quién soy yo ?

La queja por el patriarcado resuena en los murales de Hyuro pero no se estanca en victimización sino que elogia la fuerza y la importancia del papel de la mujer y le devuelve la batuta para que se haga cargo de su situación, no se deje llevar por lo establecido, asome la cabeza y elija su camino.

La privación de libertad une mujeres y animales. La naturaleza, sometida por el ser humano como la mujer por la tradición, tiene un espacio constante en la obra de Hyuro. El espectáculo que observamos sin ver la destrucción que enseña. Llegamos hasta el absurdo de tener que fabricar una nueva naturaleza. ¿Qué nos quedará cuando acabemos con ella? Carreteras. Como la que aparece en el vídeo de “In/between”. Antes de que el asfalto se convirtiera en protagonista y obligara a colocar ese panel gris para evitar el ruido, por allí quizá corrían ciervos que no necesitaban de la velocidad de un coche para animarse a correr entre los árboles.

A pesar de la adversidad y la crítica, los murales de Hyuro conservan la dulzura. Como la madre al cuidado de su hijo cuando el viento viene en contra. La forma de deslizar el pincel, casi como una caricia a los animales a los que quiere devolver la vida, tiñe de delicadeza y ternura los dibujos. La pintura de Hyuro es amable, acoge las miradas atraídas por la belleza de sus trazos en blanco y negro. Pero una vez mordido el anzuelo, surgen las preguntas, el laberinto de símbolos, la complejidad de las siluetas simples que obligan a volver a conversar con ellas, una y otra vez, para poder escuchar todas las respuestas posibles. Tantas como personas. Tantas como momentos.

 

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