III. Los otros colores: “Invierno, en Lisboa”

“En el atardecer del verano caminaré por los senderos
picoteado por el trigo, pisando la hierba menuda.
Soñador, notaré su frescura en los pies
dejaré que el viento bañe mi cabeza desnuda
y no hablaré, ni pensaré en nada
pero el amor infinito invadirá mi alma
y partiré lejos, muy lejos, como un bohemio
en libertad y feliz, como en compañía de una mujer”
Eugenio Genero

Captura

Me pregunto qué veía cuando no miraba. Me pregunto quién lo ha visto, y sobre todo, quién lo ve.

Los días en los que resucitó (páginas 267-298 del diario original)

Invierno, en Lisboa (última página de Los días en los que resucitó en el diario original)

Tenía constancia de que había abandonado los puertos genoveses encharcados de deshielo hacía al menos una semana. No había motivo para pensar, por tanto, que no llegaría a la estación de trenes a la hora más temprana del día, justo cuando las luces nuevas hacen mayor daño en los ojos.

Hacía frío. Llegué allí con los últimos retales oscuros del cielo, cuando las vías y los andenes empezaban a despertar, esperando a los que viajan con la noche. Los motores viejos de los armatostes de hierro y chapa ronroneaban tranquilos. Era algo que me sorprendía de aquel lugar, el pasado no le había dejado paso a los presentes que se vivían a muy pocos cientos de kilómetros. Aguantaba agripado de historias acabadas que cada vez le cerraban más los ojos, y a mí eso me gustaba.

Si los minuteros oxidados no mentían, llegaría en una hora. Busqué sin prisa el mejor lugar para esperarlo. Saqué algo que fumar recostado en la madera del banco para concentrarme en pensar sin prisa y con desgana que pronto tendría que moverme de allí para no helarme. Un operario de vías se aproximó. Él también esperaba, pero tiritaba más demora que yo. Me pidió fuego, se lo di. Me dio los buenos días y se marchó. Cerré los ojos tranquilo, la llegada del tren cansado me despertaría.

No fue así. Lo que me despertó fue el empujoncito en mi hombro, de comprobación, y la carcajada casi silenciosa que tanto conocía. Una mole blanca ocupaba la vía, cansada pero exhibiendo su dignidad de gran máquina incombustible. La niebla ya casi lo había rodeado todo y los últimos rezagados en salir de los vagones se confundían a lo lejos con las familias de turistas chinos. Las paredes desconchadas de azulejos azules de los edificios colindantes se mostraban agotadas, saludando a extraños al amanecer, despidiendo fugitivos a las diez en punto de la noche. Volvió a comprobar con su índice, esta vez en mi brazo, si yo seguía dormido. Un perro moribundo siempre prefiere cerciorarse de lo que come antes que dejarse arrastrar por la ansiedad del hambre. Su mano derecha rodeaba las asas viejas de la peculiar maleta de cuero falso, anacrónica. Te he traído un regalo, a ti y a Laura. Le contesté preguntándole si quería café. Sí, mejor que sean varios y luego nos vamos a dormir.

Los días en los que se perdía en sí mismo (página 299 del diario original)

Eran bastantes. A veces salteados, a veces por temporadas, y en algunos casos para siempre. No había motivos palpables ni responsabilidad que lo impidiese, no había ciclos lunares ni ninguna estupidez similar. Si un día alguien marcaba su teléfono y no contestaba, no lo iba a hacer en los cien intentos posteriores. Suponíamos que no era difícil dar con él, que sabíamos dónde estaba, pero nadie intentó nunca encontrarlo. Algo lo impedía, una sensación severa en la nuca, que obligaba a resignarse y esperar a que él volviera. Todos se enfadaban, a mí me hacía gracia. Lo imaginaba imaginándose a sí mismo ensimismado en su propio paraíso verde y azul, caminando siempre hacia delante, cruzando vallas y cercas de púas sin darse cuenta, con la inocencia del que deambula en vez de caminar con rumbo fijo. Aprendiendo de sus propios chamanes y druidas, fumando la pipa de la paz con los jefes indios de su universo, bañándose en las orillas de los lagos de sus recuerdos, correteando con los jabatos al son de cualquier tambor inexistente. Vigilado por los robles animados al pasar entre ellos, siempre con la vista perdida en el suelo, encontrando tesoros. Un buda dorado, una quiniela sin premiar, las frases sin principio ni final de un pedazo de carta que alguien rompió, un candado sin llave, el cartel de un bar que quebró… Era eso lo que transportaba en su maleta de chiste, trozos de vidas que no eran la suya, formando un puzle con los que se podía construir su propio retrato. Un retrato con los otros colores, los que nosotros no veíamos. Él decía que los confundía, que era daltónico. Yo siempre he pensado que realmente él veía la vida pintada diferente al resto. Siempre de aquí para allá, saltando como una pulga en un mapa escolar.

A veces aparecía por la ciudad y nos enterábamos días más tarde, cuando ya se había marchado de nuevo. Todos se enfadaban. Yo me reía. Imaginando cómo los demás lo imaginaban imaginándose a sí mismo. Siempre presente en las conversaciones, en los martilleos del chocar de los vasos, sin ser el protagonista, en un segundo plano que jamás se podía obviar o el primero carecería de sentido. En realidad era él el que no desaparecía nunca.

Siempre imaginándolo imaginarse. Imaginando que por ahí estará, silbando con sus únicos abrigo y pantalón, intercambiando los tesoros a los que otros no supieron dar valor.

Espero verlo pronto.

Nota del autor

En el diario original las páginas están manchadas de tierra. Huelen a tierra y a barro.

Teniendo en cuenta que en este extracto del “capítulo” (páginas 298 y 299), que comprende desde la página 267 a las 299 del diario, así como en el resto del dicho “capítulo” no aparece un nombre que defina a esta persona, es difícil encajarlo en otras descripciones que aparecen a lo largo del manuscrito. Aun así, la naturaleza del personaje que se describe aquí no parece coincidir con la de ninguno de los otros personajes sin nombre de los que también se cuentan historias en el resto del diario original. Parece ser que el autor se encontró con esta persona en diferentes lugares o ciudades, como indican los subapartados (Invierno, en LisboaEncuentro en el Norte de la Ruta de la Plata; El extraño suceso del neón del metro de Madrid; y La Viña del Señor). La elección de Invierno, en Lisboa para su publicación en estas páginas se debe simplemente a que es el más corto.

En la página 299 hay pegada con celo una especie de misiva. En realidad sólo se trata de un trozo de papel mal recortado en el que pone “Cuídate, y sigue cultivando el Aguacate”. Esta frase, por tratarse de una caligrafía diferente a la del autor y diferente a las hasta ahora aparecidas en el diario, aparte de por el lugar en el que se encuentra, hace sospechar que puede ser del protagonista de la historia. En cualquier caso, una hipótesis que me atrevería a apuntar es que este personaje tampoco existió, y que simplemente el autor del diario inventó las 24 páginas a raíz de este recorte encontrado que seguramente, ni siquiera fuera para él.

Texto: Ayoze Álvarez

Ilustración: Lucas Galván

Corrección ortográfica: Pablo Sánchez

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