IV. Lo inacabable

“De todas las islas visitadas, dos eran portentosas. La isla del pasado, dijo, en donde sólo existía el tiempo pasado y en la cual sus moradores se aburrían y eran razonablemente felices, pero en donde el peso de lo ilusorio era tal que la isla se iba hundiendo cada día un poco más en el río. Y la isla del futuro, en donde el único tiempo que existía era el futuro, y cuyos habitantes eran soñadores y agresivos, tan agresivos, dijo Ulises, que probablemente acabarían comiéndose los unos a los otros”

Roberto Bolaño, Los detectives salvajes

Nota del autor

En una página del diario original está escrita la siguiente frase Hoy me ha escrito Ana. Me pregunta cómo me va. No sé que contarle. Ahora vive en Barcelona, el remite pone Carrer D’ Adalbert Romeu, nº 47. No hay fecha, ni día, ni mes, ni año.

No le conté nada a quien me dio el diario, simplemente me dirigí allí. Un nombre y una dirección es algo que no abunda en el cuaderno. Quizás esa persona tuviese algo que pudiera aclararme algo sobre quién escribió estas páginas que me desasosiegan desde que empecé a estudiarlas.

Patricia Núez, terraza del piso segundo del número 37 del Carrer D’ Adalber Romeu, Barcelona.

¡Qué historia tan interesante! No, aquí no vive ninguna Ana. Yo soy nueva en la ciudad. Vine aquí para estudiar, ya sabes. Soy de Cartagena. Me vine a Barcelona porque la ciudad es tan, tan… ¡Ya sabes! ¡Es preciosa esta ciudad, me encanta! Me mudé a este piso a principios de este mes y estaba vacío. Si quieres puedo darte el teléfono de la casera y ella igual te ayuda. Quién viviese aquí antes que yo se dejó esta lámpara, ¿a qué es mona? Sí, tuvo que vivir aquí alguna mujer, la casa es un encanto. También se dejaron libros, yo no creo que los lea, les eché un vistazo y no me van, no soy mucho de leer, ya sabes. Igual te pueden ayudar, puedes llevártelos si quieres.

Elvira Guifré, en una terraza cerca de la Plaça d’Urquinaona, Barcelona

Sí, yo soy la propietaria del inmueble 37 del Carrer d’Adalber Romeu y efectivamente la señorita Ana contrajo conmigo un contrato de alquiler en el segundo piso del edificio. No tengo queja alguna, se veía que era una muchacha responsable pero poco más puedo decirle. Se marchó hará cosa de tres semanas, pero no sé si también se iba de la ciudad, comprenderá que los asuntos privados de las personas no son de mi incumbencia a menos que ellas mismas decidan libremente compartirlos conmigo. Pagaba siempre en los días que correspondía, aunque yo siempre he sido flexible en estos asuntos con la gente que lo merece, tengo muy buena vista. La muchacha se esforzaba, supongo que no tendría un duro en el bolsillo pero estudiaba y trabajaba a la vez, en este mismo periódico que tenemos sobre la mesa, de hecho. Ya le digo, diligente y puntual, aunque no hubiese habido problema si un mes no hubiese tenido el dinero.

Amadeo Barrios, responsable de Recursos Humanos, sede del diario Progresista, Barcelona

Lo primero es que no tengo mucho tiempo, oiga, llevamos un día de perros. Ana sí, estuvo aquí al menos dos años, una muy buena chica, pero no pude darle más que un trabajo de becaria, pero lo hacía sin rechistar y mejor que muchos de los inútiles que tenemos en plantilla, se lo aseguro. Pero los tiempos son los tiempos y es lo que hay, o lo tomas o lo dejas. Un contrato de becario es mejor que ningún contrato, ¿no opina usted lo mismo? Claro, claro, ya se lo que me va a decir pero fíjese en qué tiempos corren, lo sabrá usted muy bien. Yo le di trabajo y lo hacía estupendamente. Al principio nos hacía más caso, luego se fue soltando más, le gustaba la cultura, la cultura en general, fíjese, pero no había hueco para ella en nuestras páginas de cultura, que son muchas eh, no se crea. Sí, se que me va a decir que en otros periódicos hay más pero nosotros tenemos una política seria en cuanto a eso. Hay sucesos que no se pueden dejar de cubrir y la política amigo mío, es la política. Aun así nos traía ideas, para reportajes y entrevistas y se sabía mover en el mundillo pero a mí un vándalo que pinta paredes no me va a dar de comer, ¿entiende? ¿Lo entiende, verdad? Pues eso, se marchó, una pena, pero por lo visto quería volver a Madrid y reencontrase con un grupo de poetas, o escritorzuelos, fotógrafos, artistas zarrapastrosos y gente así, “existencialistas ausentes” o algo parecido se autodenominan, ya sabe, esos “colectivos” que están tan de moda ahora. No sé muy bien quiénes son ni que hacen seguramente lo mismo que todos, mendigar, ¿sabe usted? Aquí tenía un buen trabajo no sé por qué se fue.

Robin de los Mares, existencialista ausente, Plaza de la Villa de París entre las calles General Castaños, García Gutiérrez y Marqués de la Ensenada, Madrid

Ana es azul. Bastante honda, aunque sale a la superficie con frecuencia. El tono infantil, de infante, la rodea. Recuerdo cuando compartíamos línea de metro, cada cual destinada a una de sus direcciones. Yo, enfrente, la miraba saltar de una baldosa a otra, sin pisar jamás las líneas y arremetiendo sin ser consciente contra cualquiera que se interpusiese en su actividad. El pie tenía que encajar. Era un momento en el que se abstraía de su alrededor.

Ana es serena, pero cae con facilidad en la locura transitoria. Es la perfecta compañera de viaje: cogería cualquier tren contigo sin preguntar por qué o a dónde. No le gusta planear, no le gusta el acto de repartirse, de destinar sus días a un lugar, pero sin embargo necesita tenerlo siempre bajo control.

Ana es tan pronto puerto como marea. Es puerto al que llegar, atracar y descansar. Te ofrece té, se sienta a tu lado y te mira relajada. Entonces puedes volar tan alto como quieras porque ella te acompaña, te impulsa. Quiere saber de ti y quiere aprender a que sepas de ella. Lo consigue. Cuando es marea se retira. Ahí es una luz que se apaga. Vive en un piso de pequeñas dimensiones y lo comparte con compañeros molestos llamados dudas, preocupaciones, ansias… En ese instante lo notas, notas que le impiden dormir con sus fiestas, que sus grandes ojos de gata sólo quieren recostarse.

Ana sufre, y cuando lo hace sufre de verdad. Pero es una vividora nata, de esas que se emocionan con cualquier proyecto, hasta con el más pequeño. Ana está ahí siempre, nunca te descuida. Nunca. Y sobre todo, Ana enloquece, Ana me enseñó a enloquecer. Ella es lo necesario para despojarse de la incómoda cordura, para reír hasta llorar. Ana es una mirada, es mi mirada cómplice. Creo que nunca la dejas de conocer y me parece muy pretencioso intentar definirla más allá de mis sensaciones.

Pero no, no sé dónde está ahora ni se de quién es el diario del que me hablas.

Flor de Mar, amiga íntima, Calle de las Delicias, Madrid

Qué más quisiera yo que poder decirle donde está… Llevo aproximadamente una semana sin verla. Cuando supe que quería volverse yo también decidí coger el tren. No entiendo muy bien por qué esa decisión repentina, me lo ha intentado explicar, pero yo sigo sin comprenderlo. Creo que es algo demasiado íntimo y a la vez es algo público, social, como un jardín. El jardín es el alma de quien lo cultiva, sin embargo cualquiera que pase y lo vea percibe algo que le cambia el estado de ánimo inconscientemente, lo acopla a su ser, lo perturba. El jardín es un regalo propio y a la vez a los desconocidos… Ana es como un jardín, o como un elemento de ese jardín. Como un insecto, una mariposa. Ella no lo dice, no lo reconoce ni lo admite en público, la desconfianza inicial con desconocidos le espanta la viveza, la vuelve vergonzosa, pero en la intimidad, a menudo se convierte en una mariposa. En esos momentos y sin saberlo, con una mirada azul pálido, ruega ser capturada en una red, pero su cuerpo te alerta: todos saben que si lo hacen ella puede enfadarse, y aunque sea uno de esos enfados que solo buscan reclamar más atención y su grito pueda ser tan estridente que disuada, por ver un instante esa sonrisa que no sale en las fotos vale la pena intentarlo. Es una mariposa que se duerme en los laureles. Le encanta dormir y se enfada si no la dejan. No importa como la despiertes, ni las horas que lleve durmiendo, no le gusta ser despertada, no le gusta el despertador y odia tener obligaciones por la mañana. Sin embargo, y por muy inverosímil que parezca, nunca está enfadada cuando se despierta, por poco que duerma, sea la hora que sea, se acurruca entre las sábanas, como si estas fueran una suerte de caparazón, y se vuelve a dormir, a soñar. Su obsesión por el sueño va mucho más allá y a media noche la ataca una necesidad imperante de dormir, y se duerme, aunque esté bailando, aunque esté leyendo, o incluso aunque esté hablando. Simplemente se duerme. Cae en un sueño cálido y profundo, lleno de espasmos. Cada uno levanta ligeramente su pequeño cuerpecito del suelo y con la misma dulzura vuelven a posarlo. Y mientras sueña se arrastra muy despacio encima del colchón, sin hacer ruido, cual serpiente, y se enreda, se mezcla con mi cuerpo, con absoluta naturalidad y sin el menor ruido. Y cuando me susurra, bajito, siempre deja espacios entre cada sílaba a propósito, para darme tiempo a robarle un beso. Entonces, en ese instante en el que se lo que debería hacer, no puedo, todo dentro de mí se queda helado, justo en ese punto en el que va a iniciarse el deshielo, ese momento en el que parece que la gravedad tiene un sentido inverso, cuando el estómago sube hasta la garganta…

Cuando la vea le diré que la andas buscando, pero no sé cuándo volverá.

Segunda nota del autor

Ante lo que comenzaba ya a perfilarse como un periplo sin un final acorde a mis pretensiones, las de encontrar a esta mujer, decidí cambiar de estrategia ante mi falta de tiempo, pues después de la última entrevista realizada en Madrid me quedaban algo menos de veinte horas en la ciudad, y los aviones no esperan. La estrategia a seguir fue dejar de buscarla a ella directamente (si quería esconderse de mí ya estaría más que sobre aviso  así que, como ya había contactado con los supuestos “existencialistas ausentes”, al menos con una de ellos, cambié de estrategia. Perseguí el rastro de uno, lo encontré, y le pregunté por Ana, le pregunté por él, por el diario, por todo lo que tuve a bien preguntar atropelladamente y con prisa, un fallo de cazador novato desperdiciando todos los cartuchos a las primeras de cambio, pero el reloj mandaba. Lo único que hizo fue reírse, levantarse y comenzar a alejarse. Lo perseguí, le di mi correo electrónico. Creo que entendió la súplica. Días más tarde, en mi bandeja de entrada tenía  un correo anónimo, con una fotografía.

Palabras ausentes

Palabras ausentes

 

Texto: Ayoze Álvarez, Robin Quiroga y otros

Poema: Alejandro Panés

Corrección ortográfica: Pablo Sánchez

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2 responses to “IV. Lo inacabable

  1. Mañana cuando vaya al puerto preguntaré por ella, quizás haya cruzado ya el mar. Gracia por estas letras. Acá, la ciudad y yo las hemos disfrutado.

  2. Pingback: V. La carta | Semanario digital·

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