V. La carta

No sé cuando llegó, hacía tiempo que no miraba el buzón, pero podía haber llevado ahí mucho tiempo. No traía remite pero no me hizo falta. Rápidamente comparé la caligrafía del destinatario con una página al azar del diario para convencerme, aunque en mi interior ya sabía, con toda certeza, de quién era la carta.

La carta

Querido amigo,

Si me permites llamarte así, porque la licencia de tutearte ya me la he tomado. Estoy seguro de que ya me conoces, después de todo lo que has leído de mí. Toda la reseña de una vida, o el extracto de un tomo de ella, al menos. A ti apenas te conozco, pues en esta historia, yo te he ofrecido el pasado, lo que normalmente más cuenta para hacerse una idea, o varias, depende de la imaginación, de una persona, y tú a mí solo el presente, que es el único que engaña.

Cuando escribí eso que tú llamas el diario, el diario original, y que jamás tuvo esa intención funcional, no imaginé que suscitara congoja en alma alguna. No quería que sufriera nadie, y menos tú, que como ya te he dicho no te conozco, ni te conoceré, pero puedes creerte que ya te imaginaba. Eran historias que no me pertenecían, pero que yo viví e hice mías por ello, pero quizás estuviese equivocado y ese error, un error cruel, se te ha colado en las entrañas. Una disculpa, dicen los avezados en la moral, nunca es mal recibida aunque llegue tarde, pero disculpar mi pasado a tu presente sería como matar un árbol. Algo fácil, sin duda, pero que durante un instante, paraliza y ahoga, oprime luego y mancha de negro después. No existe nada poético, nada literario en ese pasado en el que estás buscando algo más que saldar una deuda, o un pacto, como aseguraste en un principio. O quizás sí, quizás sea esa tu única intención, no te juzgo y te comprendo, pero por tu bien te invito a que no vivas en el pretérito que escribí. Yo, pasado, te exonero de esa responsabilidad. Ese diario no sólo son historias, son también cadenas y brújulas, que pesan en demasía pero sin las que uno jamás puede averiguar dónde está el norte. Y para hacerlo tiene que estar pensando, para eso son las cadenas, no son malas sólo por llamarse así, son malas según el sentido que les damos. Si te sirve de consuelo, cuando cerré ese diario fue porque las cadenas estaban oxidadas y se rompían solas, y porque por lo menos, ya había logrado encontrar, por mi cuenta, dónde estaba el sur.

El pasado es una temática recurrente. Supongo que eso fue lo que te atrajo para asomarte al diario, revivir lo que ya fue vivido, saber, conocer, entender, sin embargo, como cualquier baúl, o pozo, pues ambos sirven para guardar cosas, la ida en la misión de búsqueda puede significar volver con las manos vacías, herido, o peor: no volver. Cuando escribí el diario yo era presente y tú, para mí, aún no existías. Eso lo reitero. No tienes la culpa, grábatelo en la memoria, pero sólo a corto plazo. No puedes ser, aunque te obligasen, aunque más bien creo que fue una decisión tuya, propia, a la que buscaste justificación con el mandato de un tercero, partícipe de los errores o de los triunfos que ahí están escritos, porque tú no los viviste. No existías, y eres un producto posterior. El pasado duele, pero no está pensado para doler en el futuro. Eso nadie lo piensa, todos se dan cuenta muy tarde, cuando el daño está hecho. Y si las páginas ya están escritas, ¿qué sentido tiene volver a reescribirlas? Mucho menos a rescribirlas, a destinatarios que ya no están y que ya recibieron la misiva de una forma más nítida, real, en un primer momento, cuando ni siquiera las palabras estaban escritas, sino que se hacían, nacían. Eso es lo bonito de vivir, nacer a diario en una búsqueda del futuro que el pasado entorpece con unas trampas terribles, medievales, y peor, construidas por nosotros mismos.

Tengo que confesarte, aunque creo que ya lo sabes, que lo sabías desde un primer momento, que las historias y los personajes son reales. Precisamente por eso, no hace falta que los vuelvas a inventar. Por mucho que la nostalgia apriete, o que te sorprendan las hazañas de esas personas, que se que hay muchas que has leído y te atrae poderosamente la idea de escribirlas, esas hazañas y esas personas ya fueron leídas.

Esto es solo un saludo y un agradecimiento por intentar limpiar un pasado que se que hoy, a ti que eres presente, te estrangula. Luego, tú eres libre de decidir, recuerda que yo solo soy pasado. Pero recuerda, que el pasado, no tiene esa oportunidad maravillosa, sino que siempre es, sin poder elegir qué volver a ser.

Se que te puede resultar brusca mi despedida, pero sólo se me ocurre la única palabra que los mortales asocian irremediablemente al tiempo que se muere, por eso:

Adiós,
Puedes firmar esta carta tu mismo, las cartas no pueden ir sin firma. Ahora, ¿te atreverás?

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