“Una historia para los Modlins”: misterio y documental

Portada del documental

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El misterio es el recurso más eficaz que tiene el arte para captar al espectador, y los creadores de Una historia para los Modlins lo saben. “Fabular es lo que hacemos para dar sentido a nuestra vida” afirma Sergio Oksman, el director de la película. Este cortometraje documental se presenta como un cuento lleno de giros de guión sin desenlace. Una voz en off es el personaje principal que conduce la mirada del espectador a través de la narración, más verosímil cuando ha sido ficcionada que en su versión histórica. Pero es que la realidad siempre supera la ficción y este corto documental sin pretender crear un discurso “objetivo”, palabreja ya muy pasada de moda, pero apoyándose en un material recuperado, o quizá mejor sería decir rescatado, consigue mantener el misterio a la largo de toda la obra.

Dejar al espectador que confabule, que se pregunte quiénes fueron los Modlins, es el objetivo principal de los creadores. Una invitación a seguir investigando, a rodar un largo o a escribir una novela, deja entrever Sergio Oksman. Su elección artística adquiere más y mejores resultados precisamente en la brevedad de la obra. Porque “toda historia es buena, solo hay que encontrar su dispositivo” y realizar un cortometraje es cuestión de ir cortando y cortando, no hay nada de arbitrario en él. Saber sacrificar historias y descartar información es esencial para realizar una pieza de estas características, para dejar lugar a la aportación del vidente. “Hay material que puede echar la historia abajo”, opina Emilio Tomé, uno de los guionistas, intentando convencernos de que palabras como “verdad” a estas alturas no tienen cabida en un comentario sobre el género documental. En esta idea hace hincapié el título del cortometraje: “una historia” que nos incita a soñar otra.

“El trabajo sólo está acabado cuando no sobra ningún plano, cuando ningún momento en toda la obra invita al espectador a desviar su atención de ella”. Pero que la duración de cada plano haya sido acuradamente medida no quiere decir que el autor, en su proceso creativo, no haya dado espacio a la emergencia de la espontaneidad; a que apareciera en el momento menos esperado ese torrente de imágenes desconocidas y hasta ese momento inconscientes que podemos llamar sueño consciente, o incluso visión interior. El mismo creador declaraba que durante el proceso de elaboración del cortometraje el 95% del tiempo no tenía ni idea de lo que estaba haciendo. “Toda película tiene su metraje” y todo proceso de creación su tiempo. En este sentido no es de extrañar que Sergio Oksman renunciara a la figura del productor, aspirando a una mayor libertad creativa. Esta libertad creativa es la que permite al espectador adentrarse, entrar a formar parte de la obra. Porque la maestría de su autor nos ha convencido de que no existe un sólo modo de contemplación, un discurso cerrado, sino que más bien se trata de una pregunta con respuesta abierta, de un juego surrealista, y en él, el misterio es la cualidad fundamental.

Precisamente el misterio es el nexo de unión entre el trabajo artístico que el documental está retratando y el propio cortometraje. En esta Historia para los Modlins aparecen algunas de las obras pictóricas de Margaret Modlin, uno de los personajes del cuento. Éstas se caracterizan, entre otras cualidades, por un tono místico que nos recuerda a la obra de Di Chirico, Salvador Dalí o Max Ernst, tal como recalcó Henry Miller, en una reflexión sobre la pintora. Diferentes perspectivas en un mismo cuadro, superposición de planos, personajes oníricos y figuras simbólicas son elementos que nos recuerdan a la estética surrealista. Frente a los cuadros de estos pintores, igual que ocurre con los de Margaret Modlin, nos sentimos atrapados, absortos. Lo mismo le sucede al espectador de cine: no puede apartar los ojos de la pantalla; y quizá el motivo principal de este fenómeno sea la consideración que se le tiene al mismo, el papel activo que se le otorga. El espectador tiene un espacio propio en la pantalla, un lugar desde el que imaginar cuya puerta de entrada está regida por elipsis, preguntas sin resolver y respuestas ambiguas. Y probablemente la inquietud que despierta este umbral sea el atributo que mantiene al espectador en vilo durante los 27 minutos que dura el metraje.

Ainamar Clariana
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