¡Mister Terry, dispárame!

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¡Bambam! Estás dentro, acaba de introducirte en su 35 milímetros. Eres tú. No hay pose ni atrezzo. Terry lleva vaqueros y una camiseta de Morrison Hotel, el conocido quinto disco de la banda The Doors. Es un hombre tranquilo que no busca razones concretas para su fama. Un estilo y una cámara: era lo que tenía y es con lo que se mantuvo.

Terry O'Neill

Terry O’Neill. Fuente propia

El mundo entero abrió las puertas a Terry O’Neill: desde Sean Connery en la intimidad de una bañera con Jill St. John en Diamonds are forever a Goldie Hawn dormitando en A girl in the soup. Interrumpidos, pero no molestos, parecen decir: “Vamos Terry, deja la cámara, ¿qué opinas de lo que te estaba contando?”. El fotógrafo que congeló en su metraje a los más sonados del momento en el cine, la música, la moda y la política, logró ser un ente integrado sin por ello acaparar ni una pizca de atención.

De percusionista de jazz salta a la efervescencia cultural y social de los años 60 londinenses, donde empezó el trabajo de verdad, cuando el mundo empezaba a explotar. Y de ahí a Beverly Hills, con Peter Cook y Dudley Moore como largarto al sol en su piscina con un café posado sobre su estómago y una bata algo desoclocada. Hombres y mujeres despreocupados conviven con un objetivo de 35 milímimetros que voltea el sentido de la fotografía. Ya no hay tensión ni apariencia, el instrumento no es un peligro si está en sus manos.

Para Mister Terry la fotografía no se enseña, es algo que procede de dentro, dependiente del momento y la persona. Él recuerda de entonces lo siguiente: “Nos ayudábamos entre nosotros, esa era la gran cosa. Quisiera volver atrás”.

La exposición, que desde el viernes puede visitarse en la Fundación Telefónica, recoge 50 años en 62 disparos. Comisariada por Cristina Carrillo Albornoz la retrospectiva comienza con el último documento gráfico de Winston Churchill y finaliza con la imagen oficial del Mundial de Fútbol que se celebrará con sede en Brasil en 2014.

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Con veintiún años conoció a los cuatro de Liverpool, pasó treinta años con Sinatra y llegó hasta el lado más cálido de Muhammad Ali junto a su madre. No era un indiscreto en las formas, todo lo contrario, era casi invisible. Pero se integró en el mundo que deseaba fotografiar, se hizo querer, forjó relaciones y se ganó la confianza de las más altas esferas. Terry O’Neill escogió un ángulo seguro desde el que disparar, entonces -una vez con el matiz que deseaba de la víctima en el objetivo-: ¡Bambam! y las máscaras del carnaval cayeron…

Imágenes slideshare: imágenes de las originales en la Fundación Telefónica.

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