Los mundos infinitos de las aceras

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Ana Pérez Martín

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Saltemos dentro del cuadro y sumerjámonos en el universo imaginario del artista. ¡Alto viajeros! No hagan aún sus maletas. Todavía no podemos “introducirnos” en una pintura y pasar a formar parte de la escena representada al son de canciones pegadizas de palabras incomprensibles como el “Chim Chimení” o el “Supercalifragilisticuespialidoso” con el que Mary Poppins y sus niños descubren las pinturas del artista callejero Bert en la famosa película de Disney. Nuestros ambiciosos deseos de infancia no acaban de cumplirse pero sí podemos acercarnos un poco más a su consecución a través de los murales que con tiza o pasteles dibujan artistas callejeros en las aceras de las ciudades.

Podemos mantener el equilibrio mientras se hunde la céntrica plaza de Estocolmo Sergels Torg, ser atacados por un caracol gigante cuando descansamos tranquilamente en un banco, tomar un descanso en nuestro paseo para broncearnos al borde de una piscina espontánea o acariciar un delfín en pleno centro de la ciudad.  Con la pintura en tres dimensiones, el espectador ya no es sólo parte imprescindible de la obra en tanto que es necesario que alguien lo contemple para que exista el arte, sino que se convierte en un elemento de la misma, tomando el papel de personaje principal o dotándola de significado –no hay sensación de vértigo si no hay un sujeto que esté a punto de caerse, no hay ladrón si no hay un hombre con una cartera que robar-.

¿Cómo se consigue este efecto? La respuesta es un bizarro vocablo: anamorfismo o anamorfosis. O lo que es lo mismo: deformar la imagen utilizando un procedimiento matemático para hacer que sólo sea perceptible desde una perspectiva concreta.  La misión del espectador es más evidente que nunca: de su acción depende que pueda o no “introducirse” en la obra. La barrera entre el artista y su público se derriba: ambos contribuyen de forma activa y visible al resultado final.

En las fotos podemos ver cómo son las imágenes si no se observan desde la perspectiva correcta.

Engañar al ojo para que crea ver una figura en tres dimensiones donde hay un dibujo plano es un recurso utilizado desde hace siglos. Ya en la Grecia antigua se usaba el trampantojo –otra palabreja a anotar-, que consiste, como el anamorfismo –que deriva de esta otra técnica-, en jugar con la perspectiva y el sombreado para conseguir efectos de realidad y volumen. Parrasio, pintor que vivió entre los años 440 y el 380 a.C., consiguió engañar a los espectadores con una cortina pintada que intentaron abrir, como si se tratara de un objeto verdadero.

Después lo han utilizado muchos. Desde pintores a los que se contrataba para que convirtieran techos de catedrales en cúpulas profundas, hasta aquello que hacían salir a los personajes de sus cuadros o pintaban bodegones que parecían poderse servir de tentempié. Otros han optado por utilizar este efecto para ir más allá de la realidad y engañar a la razón con perspectivas imposibles como las cárceles sin salida de los grabados de Piranessi o las escaleras sin final de Escher.

Y no es lo único que no es nuevo. Pintar trampantojos en la calle con tiza es algo que ya hacían en la Italia del siglo XVI los llamados Madonnari: artistas ambulantes que pintaban en las aceras Madonnas (mujeres destacadas: vírgenes, nobles, santas…) y vivían de las donaciones de la gente de la calle. Algunos de ellos, contratados para decorar el interior de monumentos religiosos con sus murales, completaban su salario reproduciendo la misma pintura en la calle, lo que la convertía, aunque con poca intención reivindicativa, en algo público y efímero y lo sacaba de la institución para la que estaba hecho.

También en Inglaterra cultivaron desde bien temprano, y en la calle, los trucos de la visión. Allí los artistas que pintaban en las aceras se llamaban screevers, término derivado de la caligrafía que utilizaban en los proverbios y poemas con carácter moralizante que acompañaban a sus pinturas. Con esta combinación de texto e imagen, los artistas podían dirigirse a todas las esferas de la sociedad: a aquellos que no podían leer o escribir mediante los dibujos y a los que sí sabían con las palabras. Y eran muy populares, tanto que en 1890 había más de 500 screevers que se ganaban la vida con este arte en Londres.

Quizá fuera más por necesidad que por afán de trasgresión pero lo cierto es que estos primeros artistas ya cumplían con algunas de las ideas del arte callejero: la democratización de las obras colocándolas en la vida cotidiana de toda la población sin distinción de posición económica o nivel de formación y la caducidad de la obra de arte. El material utilizado para estas pinturas –generalmente tiza o colores pastel- acrecienta esta característica: en el peor de los casos la lluvia y en el mejor las miles de pisadas acabarán con el trabajo artístico en cuestión de pocos días.

El arte se convierte así en un bien imposible de consumir o atesorar. Algo que pertenece al momento y al lugar y a las personas que estaban allí para disfrutarlo. Idílicamente sería así: una expresión caduca, que permanece en el recuerdo y que está alejada de los circuitos comerciales. Pero todo el mundo tiene que comer y también nuestros artistas por muy profanos que quieran ser. La pintura en 3D a pie de calle atrae mucho la atención del público y los publicistas no han tardado en darse cuenta. Por eso, la mayoría de estos artistas colocan sus anamorfismos al servicio de las marcas, incluso crean murales sobre telas que se extienden provisionalmente en el suelo durante una campaña y pueden volver a utilizarse eliminando así lo caduco del arte: la expresión de un momento concreto e irrepetible. Lo dicho: hay que ganarse el pan.

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