Los musiquistas: el asesinato. Palabra de Simone

Texto: Ayoze Álvarez

Ilustración (y mucho arte): Lucas Galván

Correción ortográfica (y paciencia infinita): Pablo Sánchez

¿Cómo se podría explicar que ese ruido llene un vacío tan profundo? El chin, chin, chin, de una moneda cayendo sobre otra. La primera no suena pero provoca un momento de suspensión, como cuando pica un pez o una ola arrastra mientras se recoge antes de romper. La alegría se va multiplicando con cada una de las siguientes, y nosotros sonreíamos. También asentíamos mudos para dar las gracias. ¿Cómo explicarlo? Más aún cuando estábamos en un país que olía a fado, en una ciudad de azulejos, frente a un río que moría, y en un lugar como el Cais das Colunas, a un metro sobre el nivel del océano cercano, con una gaviota que no dejaba de mirarnos. ¿Cómo podría yo explicar, después de todo lo que nos había pasado desde que salimos de París, sin un duro en el bolsillo, lo que significaba que cayese cada moneda en la funda de la guitarra de Evaristo mientras los ocho tocábamos tan lejos de casa?

Lo que más me cuesta describir es la mala premonición, el escalofrío oscuro, los dos hombres andando rápido hacia allí mientras a mí se me desbocaba el acordeón y los niños bailaban frente a nosotros y Evaristo reía. Todo era diferente antes del estremecimiento maldito.

Me venían a la cabeza frases sueltas de su Cuaderno de bitácora: “Nada más salir de la Rue de Silly tuvimos que volver a por el violín…”. “Llovía, estábamos calados…”. “París empieza a dejar de ser un coágulo en mis venas…”.

Solo unas líneas más abajo, estaba la clave del asunto, pero en ese momento no lo sabía. La frase que me abofetearía desde entonces y hasta hoy. “Nos han multado nada más llegar a Baiona…”. Así comenzaba. En ese instante, viéndolo casi haciendo volar la guitarra mientras chapurreaba una canción en portugués a carcajadas, clavándole con sus pupilas la complicidad en las de ella, ¿cómo darse cuenta?

De lo único que yo podía estar seguro era de que, pese a todo, él estaba por fin en el umbral previo a la felicidad. Me lo había dicho por la mañana mientras afinábamos: había vuelto a componer. La frustración que arrastraba desde que salimos de París había topado con el revulsivo que él esperaba encontrar durante el viaje a Galicia. Fue allí donde lo encontró, y ahora, ese “revulsivo” lo miraba radiante desde el público.

Para describirla lo mejor es leer lo que Evaristo escribió en el Cuaderno aquella noche atlántica en la que la conocimos, la noche del concierto: “La piel traía tonos coloniales de café y marfil. Pero su olor, su olor era de colores brillantes, de frutas, de menta y de luna, de vino, de claveles, de puerto. El suyo tenía que ser el olor de la libertad fría de la neblina del amanecer”.

Creo que en el momento en que tuve el escalofrío, los dos hombres estaban ya muy cerca, y creo que ella también sintió algo parecido. Se le reflejó en la cara. Evaristo debió de darse cuenta de que algo no iba bien por ese reflejo nefasto. Se equivocó de acorde durante un segundo pero siguió tocando, arrastrándonos a todos en una canción desenfrenada.

Lisboa brillaba amarela

lukas

Barthélemy me miró cuando se me heló la espalda. Los dos hombres estaban entonces a unos diez metros de nosotros. Yo también lo miré. Nos miramos de la misma forma que en el instante anterior a que le pegasen fuego a la furgoneta de Barthe la noche del concierto en Galicia. Durante ese cruce de miradas regresó un recuerdo ardiente e intenso, una hoguera a la que se le echa gasolina: “Es curioso que la primera vez que estoy en este país sea encerrado aquí detrás, sin poder ver hacia donde me dirijo. Lo escribió Evaristo a la altura de Coimbra, en la parte trasera de un camión de carga del que salimos escondidos la noche del concierto que nunca fue. La vieja Renault Traffic se había convertido en un amasijo calcinado.

Al día siguiente nos hicimos con un periódico. La noticia era delirante. Nos quedamos boquiabiertos. Decían cosas como “la Benemérita, con un despliegue que rozó lo heroico, paralizó una importante red de financiación de terroristas y sublevadores”. Evaristo transcribió un párrafo a su Cuaderno, no sé que con qué intención, pero allí estaba:

“Bajo el irónico sobrenombre de Xornadas pola vida de verdade, los delincuentes habían ocupado por la fuerza la antigua parroquia de la localidad, atrincherándose en su interior, desde donde respondieron con un auténtico arsenal de pistolas y fusiles de asalto a la llegada de los agentes. Uno de los guardias ha resultado herido con quemaduras leves después de que los anarquistas incendiaran una hilera de coches, seguramente robados a ciudadanos de bien, para formar una barricada desde donde disparar”

Escapamos gracias a Agurne.

Lisboa brillaba amarilla y el aire era café vivo. Esa misma mañana, cuando decidimos que tocaríamos en aquel lugar, recordarla me había producido dos sentimientos muy diferentes. Ella fue mi bienvenida a Egiara cuando cruzamos la frontera por los Pirineos. Llegamos de noche, la vi por la mañana y la conocí en los destellos de luz blanca bajo el rectángulo que la ventana abierta dejaba caer en su piel. Estábamos en la buhardilla de la taberna de Epifanía. Los demás estaban abajo, mezclándose entre vino, calores y música. Ella tarareaba en el colchón, vistiéndose y arreglándose el pelo. Yo fumaba desnudo mirando por la ventana…

-Vienni con noi? -le preguntó mientras ella cogía un taburete de la esquina de la habitación. Lo colocó debajo de una viga que atravesaba el techo y se subió encima.

-¡No! -se rió. Metió la mano en el hueco que quedaba entre la viga y una de las pequeñas tablas que cubrían el interior del tejado-. ¿Qué os pasa a los hombres de hoy en día? ¿Creéis que por echar un polvo nos vamos a enamorar y a dejarlo todo por vosotros? No, mi novio se enfadaría. Yo voy a recuperar vuestra furgoneta.

-Ma, che? -un escalofrío de miedo e incomprensión le recorrió el cuerpo y lo sacudió, sacándolo de la paz en la que estaba sumido hasta ese momento-. Dove cazzo é?

Ella le sonrió para calmarlo. Se acercó hasta él y le acarició el pelo como a un cachorro. Mientras Simone buscaba alarmado la furgoneta había aprovechado para sacar de su escondrijo la Herstal de nueve milímetros y escondérsela en la parte trasera de su cinturón. “Me ha encantado conocerte”, le susurró. “Eres un espíritu bueno. Te deseo mucha suerte. Yo debo irme ya, vosotros deberíais hacer lo mismo”. Lo estrechó con sus brazos contra su pecho y se besaron en los labios, sin lengua. Luego lo besó en la frente y salió veloz, bajando por la trampilla en el suelo de la buhardilla. Simone estaba confuso, confuso y desnudo, pensó y se vistió. Mientras lo hacía vio cuatro faros que se acercaban por la carretera. Eran dos furgonetas y reconoció la Renault Traffic de su grupo. Ambos vehículos estacionaron en paralelo y Simone pudo adivinar la sombra de Agurne saliendo desde el edificio desde el cual él la contemplaba. Dos hombres descargaban algo de la vieja Renault y lo subían a la otra. Terminaron rápido, apagaron los faros de la furgoneta de los músicos y la aparcaron en el mismo sitio donde en un principio había estado. Agurne se había subido ya a la otra junto al otro hombre, avanzaron, recogieron al tercero y se perdieron en la noche.

En Egiara escuchamos también a cuatro abuelos hablando en su lengua. Decían que su idioma estaba hecho de cadenas de piedra. Nos contaron un cuento. Eguzkia begiratu nahi zuen ogroa ona zen, el ogro bueno solo quería ver el sol. Debido a un maleficio de una bruja, no podía ver el sol, o moriría. Vivía con sus amigos y familiares ogros en una cueva. Ellos no lo entendían, él era sensible. Una noche encontró a un hombre que tocaba la guitarra. Le dijo que lo envidiaba y se dispuso a comérselo. Pero el hombre fue listo y rápido y, primero, intentó convencer al ogro de que estaba equivocado, improvisando una desgarradora canción sobre sequías que arrancaban la piel de la tierra, flores marchitas, desiertos sin agua ni vida bajo el sol ardiente, la sed. Luego cambió los acordes y la entonación y cantó una alegre canción sobre la espléndida luna llena, el fresco del rocío nocturno, la libertad que ofrecía la oscuridad. El ogro no se lo tragó. Pero el hombre fue agudo de nuevo y le prometió una solución si lo dejaba vivir. La noche siguiente, donde había estado el hombre había un cuadro. El ogro lo observó: era un hermoso paisaje, con un lago azul rodeado de prados verdes con flores rojas y montañas marrones y blancas coronadas por un sol amarillo. Estuvo horas absorto mirándolo. No se dio cuenta de que la noche llegaba a su fin y siguió mirando el cuadro. Por fin amaneció y el ogro se quedó petrificado, con la misma cara de sorpresa y regocijo, y el cuadro bien sujeto entre sus manos, frente a su cara. ¿Cuál es la moraleja?

Cuando quise avisar a Evaristo, el escalofrío ya estaba en su última fase. Fue la gaviota la que me sacó de la ensoñación, agitando sus alas con su peculiar canto. Guilláume estaba de espaldas, con el violín en el hombro. Aheyad abrazaba el laúd con los ojos cerrados y Barthélemy estaba paralizado de pie junto al contrabajo. Del resto no tengo un recuerdo cierto. Evaristo se reía, bailaba con los niños. Los hombres estaban ya a menos de dos metros y uno echaba mano a algo que guardaba bajo la chaqueta. Lo vi levantar el brazo apuntando a la cabeza de Evaristo. Todo cobró sentido, la frase del Cuaderno: “Nos han multado nada más llegar a Baiona…lo extraño es que dos policías hablasen español”; la mentira del periódico “la Benemérita sospecha que a través de fundas de instrumentos, los terroristas camuflan armas para pasarlas a través de las fronteras francesa y portuguesa”; Agurne avisándonos en Galicia “íbamos hacia Francia, hemos desandado el camino para avisaros, os han confundido con nosotros, tenéis que salir de aquí”; nuestra furgoneta robada y devuelta en Egiara… Evaristo me miró, yo tenía el pánico en la cara. El hombre dio dos pasos más, con la cabeza de Evaristo encañonada. Uno de los niños saltó, inocente, colgándose del mástil de la guitarra. Evaristo tropezó y cayó por el peso del pequeño que quería ser una estrella del rock. Sonó el disparo. Decenas de miradas se volvieron hacia nosotros. Gritos. Y un chillido, un chillido de muerte y terror, y plumas desprendiéndose del cuerpo de la gaviota abatida cayendo al agua, atravesada por una bala que no era para ella.

Los hombres desaparecieron a la carrera. Evaristo en el suelo se reía, no se había enterado de nada y rasgaba la guitarra a cuatro manos, junto a las del enano que le había salvado la vida.

¿Cómo explicar que el muy cabrón no haya compuesto aún una canción de toda esta historia?

Sin duda faltan muchas cosas que contar de esta historia. Por eso, creo que debemos empezar por el principio…

Lo que aquí se cuenta es el testimonio traducido del acordeonista italiano Simone Giubino, miembro del grupo musical francés Les chiens bleues

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