Canción de cuna: de la última estrofa pirata

Este relato está “basado” en una figura real: el pirata tinerfeño Cabeza de Perro, nacido en el año 1800 en el pueblo de Igueste de San Andrés. Último pirata muerto por la ley junto al Castillo Negro de la capital de la isla, otrora escenario de gestas militares como la que se llevó al fondo del mar, junto a una bala de cañón, el brazo del almirante de la Real Marina Británica lord Horacio Nelson. Por ello, aunque parte de los hechos se basan en la historia, no pretende ser un retrato histórico ni se ajusta a los criterios de esta ciencia. Solo son los delirios de quien creciese a ratos en aquel pueblo y se imaginase, sin saber que el futuro se lo confirmaría, que las aguas que veía cada mañana habían sido el reino de un temido pirata. 

Texto: Ayoze Álvarez

Ilustración, colores, pinceles y alma: Lucas Galván

Corrección, sabiduría y consejos: Pablo Sánchez

El grito del niño cayendo al océano desgarró la noche. El Audaz se hundía entre llamaradas y explosiones de la pólvora de su bodega. Desde el alcázar de El Invencible, Cabeza de Perro observaba impertérrito como su último sacrificio al mar que él reinaba era engullido por la furia de sus aguas.

La tripulación al completo murmuraba mientras los dos cuerpos tosían y escupían agua en cubierta. ¿Era posible que fuesen supervivientes del Audaz? El bergantín había partido el miércoles desde La Habana. No había llegado a puerto. En Nueva York solo se recibió el rumor, caprichoso y sin piedad: había sido abordado y hundido. Viendo a la mujer y a su hijo bajo las mantas de pulgas que había mandado a traer para que recuperasen el calor, el capitán no lograba imaginar que aquellos dos débiles seres hubiesen sobrevivido al cañonazo, al degüello, a las hileras puntiagudas de los tiburones del Caribe, al frío y al ahogo.

–         Capitán Leonardo Siracusa. Siéntase a salvo en mi nave, señora. ¿Me permite conocer el nombre de quien ha burlado tantas condenas?

–         Milagros, capitán.

No pudo evitar una mueca irónica al escuchar entre toses y gemidos aquel bautizo con premonición de vida. ¿Y el niño? ¿Cómo había sobrevivido el pequeño enclenque? Los renglones del destino a veces se escribían torcidos, o a mala letra.

–         Bienvenida al Centauro, señora de los Milagros

Si el pueblo tenía que ser de alguna forma, sería como su recuerdo le obligase

La brisa bajaba alegre acompañando por entre las piedras al agua clara que descendía por el barranco. Se enredaba en las flores de las tabaibas,  acariciaba el amarillo brillante de los mangos, el naranja de las papayas y el verde serio de los aguacates. El sol suave de noviembre lo calentaba y de camino a los brillos azules de la playa negra, chocaba y silbaba en la casilla blanca enferma de salitre. Frente a ella, una pequeña chalupa que solo resistiría el peso de un niño, orientaba su proa hacia el acantilado. El pequeño Ángel subió a ella, sintiendo la frescura del agua en aquella mañana invernal en otras latitudes, pero no allí, donde el clima antojadizo decidía que nadie lo encerraba en estaciones. Era un clima pirata. Ángel agarró con fuerza los remos. Las gaviotas lo escoltarían hasta la Cueva del Agua. Allí, en su refugio libre, se sentaría a mirar su rostro en la fuente de agua cristalina que emanaba del interior de la roca. Hundió los remos entusiasmado, cerró los ojos un momento, sonrió y disfrutó del estado de calma. Sintió un dolor golpeándole la cabeza. Cayó al fondo de la barca medio inconsciente. Vio la piedra y las gotas de sangre que salían de la brecha abierta en su frente.

–         ¡Cabeza de Perro! ¡Cabeza de Perro! ¡Monstruo! ¡Monstruo! ¡Vamos! ¡A ver si se ahoga! –festejaban los niños del pueblo, gozosos por haberle dado caza un día más a aquél ser deforme.

–         Capitán… Capitán… -la voz de Darío Muerte lo sacaban de su ensoñación del pasado. Aun así seguía notando el dolor irreal en la frente. Con los ojos cerrados le gruñó a su primero de abordo para que lo dejara en paz-. Capitán, no soy uno de sus piratas. Vuelva en sí.

Cabeza de Perro abrió los ojos. Con el primer reconocimiento a aquella cámara que no era la suya sintió desasosiego. Luego, recordando por qué estaba allí, suspiró. La suerte estaba echada.

–         Perdóneme Abad, por un momento creí que estaba en El Invencible de nuevo y no en esta… -la palabra luchaba por salir: “cárcel”. Se contuvo. Tenía que aprender a callarse en su nueva vida, y no olvidar que le debía al Abad la oportunidad brindada.

“Aunque un poco cara, todo hay que decirlo”, se rió mentalmente, recordando la tonelada y media de oro que había dejado para la Iglesia en Cuba a cambio de un salvoconducto. Él ya no necesitaba tales riquezas. Tenía lo suficiente para retirarse al pueblo que lo había visto nacer y vivir tranquilo. Comer las frutas de los árboles y ver el mar a diario desde tierra. Además, la Cueva estaría a tiro de piedra. Podría visitarla cuando quisiera. Sin embargo no pudo evitar una sonrisa socarrona con sus dientes amarillo sol con huecos negros de hueso ausente, muescas de guerra. ¿Sería para los desamparados el oro? No. Poco a poco volvería a las manos malvadas a las que se lo había arrebatado. A los ricos, bellos y poderosos. A los pobres solo los trataba bien él. A las bestias de Dios él les daba orgullo, enrolándolos en su tripulación temida por los comerciantes y los gobiernos de tierra adentro.

–         Tranquilo capitán, me hago cargo –la sonrisa, si se podía llamar así, de Cabeza de Perro lo había descompuesto, pero se repuso rápido recordando que Dios lo había elegido a él para ayudar a los desamparados, aunque a su vista tuviesen alma y huesos podridos-. ¿En qué pensaba que lo ha alejado tanto de aquí?

–         En ese niño y en su madre que descubrieron mis hombres en las bodegas del Audaz. Estaban allí escondidos. Los arrojamos al mar y… -hizo una pausa. Se percató mientras hablaba que nunca hubiese podido decir lo que iba a decir a su primero de abordo, o lo hubiera tomado por débil-… Me alegro de que haya muerto.

–         ¡Válgame Dios, Capitán! Lo perdono de sus delirios porque sé que su vida de pillaje lo ha confundido pero…-la sangre se le subió a la cabeza. ¿Había hecho bien tramitándole un salvoconducto a aquel monstruo que no lo era solo por fuera sino también por dentro? Pero el oro… ¡Era tanto oro! ¡Lo que se podría hacer con él en Roma!-.

–         No hay peros que valgan, Abad. Los niños son el reflejo de sus mayores. Los perdonamos porque creemos que son faltos de entendimiento, pero la realidad es que descubrimos en ellos todas nuestras vilezas y mentiras. Me alegro de que haya muerto porque jamás se hará un pirata ladrón, como usted y los suyos.

Levantó de la silla su enorme cuerpo deforme, pero no exento de fuerza. Mientras volvía a verse a la luz del candil su precaria dentadura en una mueca que infligía terror, el Abad se dijo, mientras lo veía salir al exterior, que pese a no llevar ni su ropa de sangre y mugre ni su espada de segar vidas, por mucho que lo hubiesen intentado camuflar con ropas de monje, aquel hombre gritaba mudo que era un pirata. Que era un hombre libre, pensó el capitán alongado a la barandilla en el exterior. Aunque lo intentasen disfrazar, a la legua se sabría que él no era como los demás. En la noche de rara paz atlántica, ambos hombres tenían el mismo presentimiento. Contemplaba la línea del horizonte desde la popa de la cárcel de madera que lo llevaba a su isla natal. No sabía que allá a donde dirigía su mirada, un tercer hombre se hacía eco en su cabeza de aquellos augurios. Cabeza de Perro sería apresado nada más pisar puerto. Lo olerían. El capitán Darío Muerte, sujetando un cabo en las gavias del palo mayor y con los ojos clavados en el horizonte, ponía a El Invencible rumbo a las costas de África. Llegaría a Tenerife un día después que su antiguo capitán. A Cabeza de Perro un brillo lo sacó de su ensoñación. ¿Un barco? No, la luz había desaparecido, pero algo le decía que… No, imposible. Observó a los hombres de guardia. Lo miraban nerviosos. El brillo del terror inundaba sus ojos.

–         Ante el pueblo libre de la Santa Cruz de la isla de Tenerife…

¿Por qué le habían atado las manos? ¿Temían que sus dedos deformes arrancasen de un tirón la gruesa cuerda que le rodeaba el cuello?

–         …hijo y heredero de la Corona de Castilla…

¿Hijos de quién, aquella muchedumbre desgraciada que se juntaba ahora para verlo morir? ¿Estarían allí los malditos críos que lo habían descubierto en el puerto? ¡Monstruo! Habían gritado al ver su cara. Se miró las botas. Le habían hecho resbalar al perseguir a los mocosos. Los guardias, al ir en su ayuda, lo habían descubierto. Un error infantil, pensó.

–         …y por el poder soberano que esta otorga a los altos tribunales en nombre del Rey…

Repasó sus rostros. Miedo, asco, admiración. Las palabras le llegaban a sus oídos, entre los latidos insistentes de su corazón que sabía que dentro de poco dejaría de funcionar, y que se afanaba, acorralado, en seguir bombeando sangre. Dejó de pensar en los niños y pensó solo en uno, en el que había arrojado al mar antes de hundir al Audaz. No se convertiría en un adulto como los que lo miraban. Atemorizados de vivir, atrapados bajo palabras rimbombantes que los convertían en esclavos. No, aquel niño no se convertiría en rey.

–         …debemos condenar y condenamos…

Condena. Esa era la palabra que siempre había arrastrado. Condenado por ser monstruo, condenado por navegar solo. Por idolatrar al viento y no a un Dios que no lo salvaría de la muerte. Lo condenaban por matar aquellos que mataban.

–         …a Ángel García…

Ese era su nombre. El nombre que sus padres le habían puesto. El olor de las plataneras y los mangos lo inundó. Sintió una sensación cálida en el estómago. Estaba más cerca que nunca de su casa, y a la vez, más lejos que cuando atracaba en Cuba. Antes de atracar en el puerto había visto, en lo alto del acantilado, la Atalaya de los Ingleses, que vigilaba a su pueblo desde arriba para avisar de la llegada de los piratas como él. Volvió a helarse.

–         …conocido por su nombre criminal como Cabeza de Perro…

Así lo habían bautizado los demás niños cuando él daba sus primeros pasos por el mundo. El nombre que lo había perseguido hasta exiliarlo en el mar.

–         …por sus delitos de piratería, asesinatos, chantajes, pillajes, blasfemias, robos, herejía…

Palabras cobardes. Recordó a su tripulación. Despojos que otros habían tirado al mar y él había recogido. ¿Serían ellos también condenados por aquellas palabras o morirían defendiendo lo que él les había otorgado?

–         … a la muerte en la horca…

La libertad. Una campana  repicó a la vez que se le nublaba la vista. Sus pies caían al vacío pero un dolor que le desgarraba la garganta, que tiraba de su cabeza hacia arriba impedía que cayera. Un estruendo de latidos asustados taladraba sus últimos instantes. Era consciente. Logró escuchar una última voz que gritaba, asustada “¡Se acerca un navío con velas negras! ¡Es El Invencible!”.

 La muchedumbre asustada dio un paso atrás al ver, como en el último suspiro de su agonía, la desfigurada boca de Cabeza de Perro se abría en una sonrisa de locura que recordaba a las imágenes del diablo. Sabía que moría pero también sabía que su primero de abordo estaba llegando. Sus ojos se abrieron de par en par y con su último aliento, ante el silencio de todos los que veían morir, anunció quien llegaba:

 –         Muerte.

 El sonido que llegó del mar, como una salva, era el primer cañonazo de El Invencible.

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