Las últimas bestias del circo

Texto: Ayoze Álvarez y Javier Arantzueta

Ilustraciones: Lucas Galván

Extracto de la novela Las víctimas de los inocentes del periodista, novelista e ilustrador Javier Arantzueta (editorial Sol Nueva)

Manuela Villena era el núcleo. La duquesa. La excelentísima abogada excelente. La ministra del Diablo. Esos eran los adjetivos de sus logros. Pensó. Sabía que era fruto del delirio, pero si se concentraba, lograba acordarse de lo que se sentía al acariciarse el dedo corazón. El tacto metálico de la sortija con la que ella y Guillermo atrancaron su amor. Sus vidas; sus familias y sus negocios. “Ha sido bueno para el país”, cacareaba papá. Ya no tenía aquel anillo. Ni siquiera tenía el dedo. Guillermo por lo menos seguía a su lado. Aunque siendo justos, eso ya daba igual. Ya no era él.

No recordaba la última vez que habían hablado en las últimas semanas. Sin embargo, lo más duro era no preocuparse ya el uno por el otro. La irrealidad de la situación les había arañado el cariño de un zarpazo. Ni siquiera lo veía como un hombre. Quizás ahí radicase todo. Lo abstracto, en lo que habían gastado sus vidas, eso le daba igual. La mutilación, en cambio, no. Nunca volverían a follar. Por su parte, ella tampoco controlaba ya su propio cuerpo, lo que era a la vez martirio y libertad. Lo tenía tan destrozado que no podía defenderse, ni siquiera refugiarse en él. Lo último que le quedaba era marginarse en sus continuos pensamientos torturados por la falta de sueño. No poder cerrar los ojos era una tortura cruel.

No oía los gritos. Ni le dolían las pedradas. No la perturbaba ser escupida. Tampoco olía la podredumbre de todo lo que le llovía encima. Solo notaba la rabia. La reconocía fácilmente. La había visto pueblo por pueblo, cárcel por cárcel. La rabia. Ante la rabia no se puede razonar. Sobre todo ante la de los niños.

Le hubiese gustado explicarles que si había firmado órdenes de ejecución, había sido por piedad. Por evitar que aquellos pobres desgraciados sufriesen lo que ella ahora. Un tiro, y se acabó. No, ella no sabía nada de eso. Mientras el Presidente estuviese a su lado podría coser, pero nada más. ¿Acaso aquellas estúpidas mentes cegadas de odio no veían lo que él había hecho por el país? Él era el único Presidente que había valido en aquella barraca putrefacta de país. Cualquiera mínimamente educado se daría cuenta. ¡Viva el Presidente único! ¡Viva Guillermo Terrón! Se sorprendió del grito desafiante y mudo que acababa de volver a su cerebro, proveniente de más allá de los recuerdos.

La historia que de verdad nos interesa: Las últimas fieras del circo

Capítulo 1. Día décimo de mayo. Temprano.

Antes de que cantaran los gallos, los perros ya habían empezado a ladrar.

Maquillaje

Elías Fiador se revolvía en el catre de la sacristía sudando océano. Los últimos sueños tempranos se le habían revuelto puñeteros. Lo último que necesitaba era levantarse cansado. Era un día marcado con saña de calendario e iba a necesitar todo su coraje. Y también que Dios le prestara del suyo. El cura saltó del aturdimiento, vestido y con las botas puestas.

Tambores 

-En el pueblo de Río Gris solo hizo falta que estuviesen dos horas para que la gente enloqueciera. Hubo disturbios, ¿entiende? ¡Disturbios! –se secaba el sudor de la cara- A la mínima que ocurra aquí algo, mando abrir fuego.

La condición de escorpio del alcalde hizo que se enfureciera al escuchar al capitán. Sus viejos zapatos de expoeta y expreso político lo sostenían en pie:

-Aquí los tiros se acabaron hace tiempo, ¿oyó? Métase en su cabeza de mula que ya no da las órdenes. Ahora se me va a la calle y me requisa cualquier cosa con la que alguien pueda matar a esos desgraciados.

De todo lo que sus guardias requisarían esa mañana, lo que su buen olfato de Capitán le dictó a Eleuterio Espadas que entrañaba más peligro fueron los libros de la Biblioteca Pública, los Santos de la Iglesia, cuatro gallinas pintas y una vajilla siciliana.

El escenario

Hasta Doña Lupe, con su siglo recién cumplido y  por primera vez sin su luto eterno, estaba allí. A las farolas, en vez de bombillas, les habían salido niños encaramados. Los funcionarios públicos habían deshojado los árboles para que a quien se sentase en sus ramas nada le importunara la vista. Un rumor eléctrico recorría la muchedumbre. Todo el pueblo esperaba.

Doña Lupe conservaba su calma de décadas

Doña Lupe conservaba su calma de décadas

Capítulo 2. Día décimo de mayo. Un poco más tarde.

Acto primero

Tuvieron que bajar de la mula a Don Elías pues una piedra que no estaba libre de pecado le había abierto una brecha en la frente y sangraba mareos. Había salido a la carretera a impedir, apelando a la piedad cristiana, la llegada de la esperada caravana que ya se contorneaba nítida. Volvió entre abucheos y anunció que a una de las bestias la había matado el miedo.

Eleuterio Espadas dio orden a sus guardias de prohibir el miedo en el pueblo.

Acto segundo

Eleuterio Espadas hacía de la terquedad disciplina (y viceversa)

Eleuterio Espadas hacía de la terquedad disciplina (y viceversa)

Primero llegaron los domadores de tigres a lomos de los felinos naranjas. Fueron recibidos por unos tímidos aplausos mientras pasaban de largo. Todos los vecinos seguían esperando a las bestias, elevándose de puntillas para poder ver más lejos. En segundo lugar aparecieron los elefantes, enormes. Solo algún niño se maravilló con aquellas trompas majestuosas. Los elefantes se miraban intranquilos, sorprendidos por la indiferencia de los cientos de miradas de reojo. Encima de ellos bailaban trapecistas representando una obra de teatro en la que se ahorcaban unos a otros con sus enormes corbatas de colores estrafalarios.

Eleuterio Espadas mandó a requisar de forma preventiva las corbatas de los caballeros presentes.

Acto tercero

Tras los elefantes, treinta bailarinas exóticas exhibían sus pieles tostadas color trigo. Sonreían y mostraban un equilibrio mayor que los trapecistas, moviéndose con soltura sobre unos enormes tacones de aguja que resultaron ser de acero cortante. Llevaban colgados en la espalda pequeños barriles llenos de ron de los que salían mangueras con las que regaban las bocas de los hombres, embriagándolos.

Eleuterio Espadas ya no tenía guardias a los que dirigir y tuvo que ir dama por dama requisando tacones entre bufidos de indignación y orgullosos mandobles de bolsos. Maldijo a don Elías por obligar a las mujeres del pueblo a llevar siempre una pesada Biblia en ellos.

Acto cuarto

Los niños se habían afarolado

Los niños se habían afarolado

Cuando las bestias llegaron a la altura de la muchedumbre el bufido general de rencor asustó a las pocas golondrinas que revoloteaban la escena. La gran jaula que era la carreta en la que venían, tirada por una piara de cerdos, estaba escoltada por negros africanos imponentes que daban latigazos al suelo para mantener a raya a la turba. Las paredes de la cárcel rodante, su techo, incluso el suelo, eran barrotes sin una sola tabla donde sentarse o resguardarse de los enfados del sol de diciembre y los vengativos torrentes de lluvia de agosto.

Eleuterio Espadas ordenó a sus hombres a formar alrededor de la jaula, por delante de los negros. El rebrote de ira de los vecinos se convirtió en empujones, golpes y patadas al muro de guardias que tenían que contenerlos mientras recibían en sus espaldas y talones los latigazos incesantes de los negros custodios. Frutas y hortalizas podridas comenzaban a llover sobre la jaula para alivio del hambre de las bestias famélicas.

Los cerdos pararon ante la imposibilidad de seguir avanzando. Dentro de la jaula, espalda contra espalda, las bestias observaban asustadas la rabia que los rodeaba. Los machos estaban sumisos: los habían castrado. A las dos hembras les habían cosido los párpados para que no pudiesen cerrar los ojos al horror de las violaciones múltiples de a día completo a las que las enfrentaban. Aquellos seres ya no tenían nada que ver con lo que un día fueron: el Primerísimo Presidente y su corte de ministros.

Extracto de la novela Las víctimas de los inocentes del periodista, novelista e ilustrador Javier Arantzueta (editorial Sol Nueva)

Los alaridos de Emiliano Berthel lo sobrecogieron, sin embargo, se alegraba por él. Sus días de sufrimiento habían acabado. La pregunta era, ¿irían uno a uno hasta llegar a él? Lo salpicaron varias gotas de sangre del antiguo ministro de Justicia y Ley. Alcanzó a ver a unos niños corriendo con un brazo del hombre que mayor lealtad le había prestado nunca, como si fuera un trofeo.

Primero los guardias, sin fuerza, y luego los negros, incómodos por proteger a las bestias que ellos mismos odiaban, se echaron a un lado.

Tras tambalearla entre decentas de manos, consiguieron derribar la jaula.

Tres hombres por cada extremidad tiraban del cuerpo mientras la muchedumbre le apaleaba el cuerpo. Los ruidos de los huesos crujiendo como astillas llenaron los oídos de Guillermo Terrón. Los ruidos de sus propios huesos. El Presidente no opuso resistencia. Con un dolor inenarrable, pero sin gritar, se dejaba matar como un perro. Como una bestia. Que se pudrieran todos. Que se pudriera el país. A el ya le…

La cabeza de Guillermo Terrón se escurrió entre tantas manos y piernas histéricas yendo a caer frente a la mirada curiosa de un cerdo.

-ENTREVISTA A JAVIER ARANTZUETA-

Cuando a finales de 2013 le enseñé a Lucas Galván la novela Las víctimas de los inocentes de Javier Arantzueta se convenció él solo de que teníamos que trabajar sobre ella. Como mínimo homenajearla. Para mí iba a ser fácil: Javier ha sido un ídolo desde mi infancia y no miento si ha sido el autor que más me ha influido estos últimos años. La extensa obra del mexicano también en el mundo de la ilustración le permitió a Lucas adentrarse en un nuevo universo desconocido hasta el momento, y acabó convenciéndose por partida doble.

En un primer momento, la idea era adaptar la obra al teatro y representarla en una pequeña gira por pequeños teatros madrileños. A través de su agente literario, Sergio Lobo, nos pusimos en contacto, muertos de vergüenza por un lado pero tremendamente ilusionados por otro, con Javier. Cuál no sería nuestra sorpresa al saber que el Premio Bolaños de Literatura y Premio InternNacional América Latina de Novela Joven estaba en Madrid y nos invitaba a comer. Desde aquí, tanto Lucas como yo, queremos volver a agradecerle a Javier todo su apoyo, así como a Sergio Lobo y la Editorial Sol Nueva su colaboración. Transcribimos pues, las primeras preguntas de la entrevista. Colgaremos el vídeo con la entrevista entera en la web de Indiscretos en los próximos días. 

Ayoze y Lucas: La historia que narras en Las víctimas de los inocentes es una historia que viviste en primera persona y que te marcó no solo tu obra sino tu propia vida…

Javier Arantzueta: Sí… Tuve la suerte de que aquel día don Rómulo Pachecos, en paz descanse, director del Vespertín, decidió aumentar por un día la plantilla (risas). Me ascendió de repartidor a reportero, así que desde bien chico no tuve que preocuparme por nada (risas).

AyL: ¿Así, en frío, te convertiste en escritor?

JA: Más que en escritor fue en periodista. Rómulo me dijo “un periodista, se cae por las escaleras y si no se abre la crisma, se levanta y cuenta la heroica supervivencia. Para que los demás lo crean, sólo tiene que saber muy bien cuántos escalones había”. La frase no es exacta pero viene a ser eso. Nunca fui a la Facultad de Periodismo. Me parece una aberración en sí.

AyL: Las víctimas de los inocentes es un desgarrador retrato de tu país de aquella época. ¿Crees que fuera de las ciencias sociales, metiéndonos más en la ficción pura, puede ser un reflejo veraz de lo que pasó?

JA: Hombre, es mi libro y es muy subjetivo. Las palabras más certeras que leí fueron las del titular de un reportaje de una periodista francesa que nos vino a visitar esos días, cuando cayó la Presidencia: “No fue un asalto, a los hijos de puta los elegimos nosotros”. Lo más curioso es que esa declaración era de un pescador afiliado al partido de Guillermo Terrón (risas).

AyL: Eso de hijos de puta elegidos por el pueblo nos suena de algo. Eres descendiente por línea paterna de emigrados españoles…

JA: Vascos. Mi abuelo era vasco de Bilbao y emigró cuando la guerra aquí en España. Donde llegó primero fue a México y allí se dedicó a lo típico, enseñar y escribir.

AyL: ¿Te gusta venir a España?

JA: No. Para nada. No me gusta nada España, lo siento (risas). Cuando vengo, vengo a Euskal Herria, al pueblo de mis antepasados. Pero criticar a España, es algo como subversivo, ¿no?, que un latinoamericano diga esto. Eso dice mucho todavía de los españoles pero sobre todo de América Latina. Cada vez somos más los escritores jóvenes en todos los países americanos que le damos la espalda a España. Ya no nos interesa. No se ofendan, pero tenemos mejores letras ahora allí que la que ustedes tienen aquí.

AyL: Bueno, aunque no te guste estarás al día de la actualidad política… ¿Ves a los gobernantes españoles despedazados por la masa como en Las víctimas inocentes?

JA: Yo sí, absolutamente. La cosa es, ¿y los españoles?

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